Bautismo de más de un centenar de catecúmenos

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Ushetu, Kahama, Tanzania, 27 de abril de 2026

Hemos tenido la celebración de los bautismos de catecúmenos por dos fines de semanas seguidos en nuestra misión. Una gracia inconmensurable, un gran regalo de Dios a los misioneros. El 19 de abril, en la parroquia de Ushetu se bautizaron, confirmaron, y recibieron la primera comunión, 23 catecúmenos. Ayer 26 de abril en la parroquia de Kangeme lo mismo sucedió para otros 85. Un total de 108 entre ambas parroquias.

Se trata de una gracia inmensa, pues es la primera vez que hacemos estas celebraciones, porque anteriormente hacíamos un año de catecismo para darles el bautismo, luego otro año para la comunión, y un tercer año para la confirmación. Ahora, por indicación del obispo y según el directorio de la diócesis, se hace la preparación de los catecúmenos durante tres años, y al terminar ése período se les administran todos los sacramentos en la misma ceremonia, como se hace en el bautismo de adultos. Por esta razón es que ha sido la primera vez que hacemos esta celebración, y ha sido una gran alegría especialmente para los sacerdotes que pudimos administrar estos sacramentos. En el caso del P. Johntin, quien celebró la misa de Ushetu, él mismo agradeció a Dios al final de la misa por haber podido hacer estos bautismos, luego de haber estado varios años en Italia y no haber realizado tantos bautismos como en ése día. En mi caso, después de haber hecho la misa en Kangeme, puedo decir que es la primera vez que administro la Confirmación a tantas personas.

Ha sido una gran alegría ver entre los bautizados, no solamente una gran cantidad de niños, sino también jóvenes, y varios adultos, incluso varias abuelas. En Ushetu tuvimos el bautismo de la “abuela Joyce”, que siempre venía a pedir alguna ayuda, pues es viuda y los familiares se preocupan poco de ella. Pero el hecho de que ella venía siempre a la parroquia, y los beneficios que recibía, aunque sean pocos y pequeños, los ha recibido con gran agradecimiento, la hicieron cercana a la misión. La abuela venía a pedir ayuda, caminando desde su casa, como a cinco kilómetros de la misión de Ushetu. Después de que pidiera el bautismo, el catequista se acercaba hasta su casa para darle los rudimentos de la fe católica. Finalmente, con gran alegría la abuela Joyce, de unos 90 años, se bautizó, confirmó, y recibió a Cristo Eucaristía por primera vez. Su alegría era notable.

En la parroquia de Kangeme se destacó la cantidad de catecúmenos. Estaban muy bien preparados, y hubo buena participación de los padrinos y de los papás de ellos. Algunos de los chicos que se bautizaron son hijos de padres paganos, y sin embargo han venido estos tres años al catecismo por voluntad propia. Muchas veces teniendo que insistir y pedir permiso a sus padres para poder asistir el sábado al catecismo y el domingo a la misa o la celebración de la palabra en sus aldeas. Y ayer estaban incluso sus papás, en algunos casos la mamá solamente, que son paganos, pero vinieron para este gran acontecimiento en la vida de sus hijos. En Kangeme también se bautizaron algunas abuelas, de más de 80 años, que hicieron los tres años de preparación para bautizarse.

Con tantos sacramentos para dar en una sola ceremonia, se imaginarán que fue bastante larga, a pesar de esforzarnos por hacerla lo más ágil posible. La misa duró tres horas y media, y luego habíamos organizado un festejo para todos, para 550 comensales. Como siempre, mucha alegría en la entrada al salón, bailes, regalos, y fotos.

Esperamos que como este fue el primer año, en los años próximos el número de catecúmenos irá en aumento en ambas parroquias.

Ahora, si me permiten, quería compartirles algunas reflexiones de estos días, ayudado también por los escritos del P. Llorente, el misionero del Polo Norte. Lo primero que se me ha venido a la mente en esto días es que debo escribir sobre las cosas cotidianas que vivimos en la misión, y esto ya se ha transformado en una obligación. Y digo esto porque me sucede que después de tantos años escribiendo crónicas de Tanzania, pienso que ya los lectores están cansados de escuchar lo mismo.

Además de que todos estos años, un poco más de trece, he estado en el mismo lugar, es decir, en la misma parroquia y por lo tanto no hay demasiadas novedades que puedan ser interesantes. Las actividades de cada año se repiten, entre escuelas, campamentos, catecismo, pascuas y navidades, bautismos y visitas a los enfermos… es la ley de la vida misionera. Pero más que nunca se transforma en una obligación el escribir, no tanto por gusto propio, sino porque es un deber dejar constancia de los trabajos apostólicos que se realizan. Pienso que le sirve al mismo misionero el escribir, o buscar qué escribir, para que se dé cuenta de que la vida misionera no consiste en hechos sorprendentes o admirables exteriormente, sino en lo sobrenatural de lo cotidiano. Pero finalmente, tampoco se escribe para uno mismo, sino para toda la gente que nos pide que no dejemos describir, que estas pequeñas historias les hace mucho bien, y por eso mismo, aunque más no sean un par de personas, para ellos van especialmente estas líneas, que a veces el misionero hace tanto bien con su misión, como con sus escritos, y a veces, tal vez mucho más con estos últimos, que hoy en día llegan a miles de personas en cuestión de segundos gracias a las redes sociales.

Así he podido leer en estos días algunas cartas de Segundo Llorente, en las que dice, cuando ya llevaba catorce años en la misión: “Al cabo de tantos años de escribir sobre Alaska, no me queda nada nuevo que descubrir y no sé cómo diablos me las voy a arreglar para decir algo nuevo. Veremos dijo el ciego” (del año 1948). A un sacerdote le escribe, el mismo año: “Me sugiere que, cuando se me agote el tema alaskeño, vaya a China. Con gusto lo haría si así me lo ordenasen, pero no creo que llegue el caso. Y en lo de agotarme no tenga miedo: cuando no tenga qué escribir, lo inventaré”. Después de 25 años en Alaska, en el año 1959, dice a un amigo: “Me dices que quedas esperando mis crónicas en El Siglo. Cada vez escribo menos. De repente me ha dado por leer en vez de escribir. El primer artículo lo escribí en 1930, y todavía sigo con el mismo tema. Casi me da vergüenza publicar más repeticiones; pero el público parece que no se ha hartado todavía. Ni yo mismo lo entiendo.” El P. Llorente escribía en una carta a su hermano: «Misiono y escribo. Primero misionar. A eso vine. El aditamento de Superior, con tantos negocios anejos, me imposibilita escribir con detención y pausa, y ello acabará por arruinarme el estilo y el humor, quod Deus avertat» (Dios no lo permita).

En mi caso personal, en los primeros años por Tanzania escribía casi una crónica por semana, y algunos me preguntaban cómo hacía para escribir, siendo que estábamos con tantas actividades, con visitas a las aldeas, saliendo a la mañana y regresando al caer el sol. Es verdad que para escribir le debía sacar tiempo al descanso, sobre todo antes de ir a dormir, para poder escribir con las impresiones frescas de lo vivido. Ahora les digo que “no son lo mismo los 30 que los 50”, como diría el P. Llorente, y cada vez cuesta más escribir, por las razones enunciadas más arriba, y por esta tan simple de que escribir a la noche se me hace cada vez más arduo. Me ha causado mucha gracia encontrarme con algunas cartas del famoso misionero del Polo Norte, en la que advierte estos achaques que comienzan a mermar las fuerzas físicas, y los asume con gran humor, como es su costumbre.

Aquí van algunos textos como ejemplo:
A un amigo, en 1956: “Yo ando muy atareado con tantos viajes por este distrito tan vasto; casi siempre en trineo, que es un modo de locomoción bonito para jóvenes de 15 a 25 años, pero muy penoso cuando se anda por los 50. Mi correspondencia que en otro tiempo era muy abundante, va decreciendo visiblemente, porque ya no tengo tiempo ni modo de responder como antes; y así son muchas las cartas que no respondo, y claro está, no vuelven a escribir.” “Al empezar mis 22 años entre eskimales y al cumplir los 50 de edad, créeme que ya no ando para muchos trotes. Claro que en una comunidad o en un sitio de vida civilizada sería distinto y yo me encontraría como el pez en el agua y con muchos bríos, creo yo. Pero aquí donde estoy, vivo absolutamente solo y todo lo tengo que hacer yo. A los 50 años no es como a los 30 ni a los 40. Pero así y todo me las arreglo bien…”.

 

Al P. Juan Carrascal, S.J., compañero suyo en el tiempo de formación, misionero en China y quien escribiera el conocido libro “Si vas a ser misionero”, le dice: “Ya van para 15 años, -interrumpidos-, los que llevo en este distrito y aunque todo sigue su curso ordinario, se impone un cambio tarde o temprano. A los 50 años no es como a los 30. Que ya vamos para viejos, P. Juan, no lo olvidemos.”

De todos ustedes me despido con el consabido ¡Firmes en la brecha!, y ¡hasta cuando Dios quiera!
P. Diego Cano, IVE

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