San Luis Beltrán
La venida del Hijo del Hombre
1.- Trata nuestra Madre la Iglesia en todo este tiempo de Adviento de disponernos y aparejarnos para celebrar la fiesta de la Natividad del Señor, y con el deseo que tiene de que celebremos este sábado, y día de holganza para el espíritu también, como para el cuerpo, como verdaderos cristianos y buenos israelitas, entiende en todo este tiempo de Adviento, que es como víspera de aquella festividad, de disponer y aderezar nuestras almas con doctrinas espirituales, para que en aquel día se hallen vestidas de ropas dignas de tal boda y solemnidad. La tienda donde se sacan estas ropas es la Sagrada Escritura, que es tan rica, que la compara Cristo al tesoro : Todo escriba que se hizo discípulo del Reino de los cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo (Mt 13,52). Claro lo dijo San Pablo: Toda Escritura inspirada de Dios es propia para enseñar, para convencer, para corregir, para dirigir en la justicia: en fin, para que el hombre de Dios sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena (2 Tm 3,16). Son muchos los efectos de la Palabra de Dios, y hay en ella para todos, buenos y malos, justos y pecadores; pero todos estos efectos van a parar a un fin, que es llevarnos al cielo.
2.- Unos son convidados a las bodas, y otros son compelidos, como dice Cristo. No que fuerce a nadie su libre albedrío, sino conforme a la necesidad que tiene, así le trata: Lo ordena todo con suavidad (Sb 8,1). Y como entre los que duermen, unos tienen el sueño pesado, y otros no tanto, así son menester las voces mayores o menores para despertarlos. Así, entre los malos, a quien la Escritura una vez llama muertos, y otra vez dormidos, porque sueño y muerte [son] una misma cosa en el Evangelio. Unos hay que son más malos que otros, y así han menester mayor voz para despertarlos; y como entre los despiertos también unos hay más tibios, [y] otros más fervientes, así entre los buenos, unos van [por] el camino de Dios con más rigor que otros, y a los unos es menester exhortar que pasen adelante, y a los otros darles calor y avivarlos. Esta es la causa porque la Iglesia nos propone diversos lugares del Evangelio en diversos días, porque también nuestras necesidades son diversas, y unas veces con halagos, y otras veces nos lleva con amenazas: Os rogamos, también, hermanos, que corrijáis a los inquietos, que consoléis a los pusilánimes, que soportéis a los flacos, que seáis sufridos con todos (1 Ts 5,14). A cada uno lo que le conviene. Y con qué armas se haya de hacer eso, dícelo a Timoteo: Entretanto que yo voy, aplícate a la lectura, a la exhortación y a la enseñanza (1 Tm 4,13). Para este fin nos propone hoy la Iglesia, la majestad y grandeza con que ha de venir Cristo a juzgarnos, porque siquiera de miedo estemos despiertos y vivamos prevenidos para este día: ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Hb 10,31). Y a los que están tan profundamente durmiendo en el sueño del pecado, los despierte tan poderosa voz como ésta: Hermanos, ya es hora de despertarnos de nuestro letargo (Rm 13,11). Recuerden los dormidos a voces tan grandes, como las de los cielos, mar, y tierra, y trompeta , que hoy nos propone el Evangelio, y que dice así: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas. El propósito [por el] que dijo estas palabras del corriente Evangelio, consta por San Lucas y San Marcos.
3.- Natural deseo es del hombre de gozar de inmortalidad, de no acabarse y perpetuarse, y para cumplir este deseo buscaron siempre los hombres medios desde que pecó Adán. Pero no pudieron atinar por sus cabezas en el verdadero camino de alcanzarla. Pero no fue Dios tan cruel que no le descubriese luego al hombre en lo que estaba su vida o muerte. A Adán le dijo: Come, si quieres, del fruto de todos los árboles del Paraíso; mas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas (Gn 2,16). De manera que en el cumplimiento de la ley de Dios estaba la inmortalidad de Adán. Del desvarío de Adán en quebrantar la ley de Dios, y de otros desvaríos que después de él hubo, se vino a ofuscar y oscurecer tanto el entendimiento humano, que aunque quedó el apetito de vivir mucho y para siempre, no supieron atinar por donde conseguirían su intento. ¡Qué de disparates os contaría, si el tiempo lo sufriese, en que los hombres dieron, ocupados en este cuidado! [Por ejemplo], a Nemrod le pareció [bien construir] la Torre contra el diluvio, [por] si otra vez viniese; como si no tuviera Dios más de una manera para matar pecadores. [Y] el gentil decía, que ya que no se podía evitar la muerte, [al menos] en la memoria, después de sí, se conservaba la inmortalidad.
4.- Todos estos dislates y sueños son argumento y prueba de la grande necesidad que teníamos de que nos enseñase una verdad tan importante; y así, para enseñarnos ésta y otras muchas verdades, envió el Padre eterno a su Hijo. Así lo dijo por San Juan: Yo he nacido para esto y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad (Jn 18,37). Así como entre todas las verdades no hay ninguna más importante [como] saber en qué consiste nuestra vida e inmortalidad, porque es saber en qué consiste nuestra bienaventuranza, así no hay ninguna que más frecuentemente enseñe Cristo. Ésta, dicen los santos, que fue la causa porque comenzó aquel sermón del Monte: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,3). Por aquellas bienaventuranzas, como si dijera: ¡Ah, hombres, que andáis por saber cómo seréis bienaventurados e inmortales!
5.- Mas, ¿queréis ver en qué está vuestra vida?... Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn.14,16). Yo vine para que tengan vida, y vida abundante (Jn 10,10). Y por último: El que cree en mí tiene la vida eterna (Jn 6,47). Lo cual se entiende de la fe viva, que tiene obras; porque todos los lugares que dicen, que el creer es vida eterna, se han de entender como lo vertió Orígenes sobre la Epístola a los Romanos, capítulo 6, por estas palabras: Todo espíritu que confiesa que Cristo vino en la carne, viene de Dios. En este caso, sin embargo, no por el hecho de pronunciar estas palabras y de confesarlas públicamente, hemos de pensar que actúa bajo el Espíritu de Dios, sino cuando conforma de tal modo su vida y produce en consecuencia los frutos correspondientes que, por sus obras y sentido religioso, demuestre que Cristo vino en la carne, que está muerto al pecado y que vive para Dios 2. Pues como traía Cristo tan encomendado este negocio, no perdía punto para enseñar al mundo esta verdad todas las veces que se ofrecía. Y así, viendo que le alababan los edificios, tomó ocasión para manifestar su doctrina y levantarles el espíritu a más alta consideración, y diciéndoles la destrucción de aquel Templo y de Jerusalén, de lance en lance les viene a decir cómo se ha de acabar el mundo, y que se ha de deshacer esta farsa que los hombres andamos representando, para que apartemos de él nuestra afición.
6.- De este argumento usó San Juan para el mismo efecto: No queráis amar al mundo, ni las cosas mundanas; porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; lo cual no nace del Padre, sino del mundo. El mundo pasa, y su concupiscencia. Mas el que hace la voluntad de Dios, permanece eternamente (1 Jn 2,15-17). Y porque no se atreva nadie a decir, «pues si se ha de acabar, holguemos y gocemos del mundo», añade que ha de haber riguroso Juicio para todos, y que vendrá a juzgarnos el que nos redimió con su Cruz y muerte. En estas dos cosas se remata nuestro Evangelio, y así será nuestro sermón.
7.- Primeramente, pues, habemos de saber que ha de haber Juicio final y universal, [además] del particular de cada uno cuando muere. Consta esta verdad de muchos lugares de la Escritura. Con singularidad de aquél: El Señor está a tu diestra: quebrantará en el día de su ira a los reyes, juzgará a las naciones, amontonará cadáveres y quebrantará cabezas en tierras dilatadas (Sal 109,5-6). Y de San Mateo: Los habitantes de Nínive se levantarán en el día del Juicio contra esta generación, y la condenarán (Mt 12,41). Y de otros muchos. Pues no muriendo todos juntos, claro está que ha de haber día de Juicio para todos, y éste es el universal. Este día significa San Pablo todas las veces que dice el día del Señor, como lo escribió a los Romanos: Tú vas atesorándote ira y más ira para el día de la venganza y de la manifestación del justo Juicio de Dios (Rm 2,5). Y lo mismo repite muchas veces en sus Epístolas, y así lo confesamos en el Credo; y más latamente San Atanasio lo dice en el Símbolo de la fe: Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos; y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno 3 . Vendrá, dice, a juzgar [a] buenos y malos, y todos resucitarán en sus propios cuerpos para dar razón de sus obras; y los que obraron bien, irán a la gloria; y los malos al infierno para siempre.
8.- Allí se abrirán los libros de las conciencias de cada uno, y nadie podrá borrar, ni disimular ninguna partida, que no sea notorio a todo el mundo. ¡Oh, qué nueva ésta para los que ahora viven contentos, con imaginar que no se saben sus cosas! Allí serán públicas a todos, como dijo San Pablo: El Señor sacará a plena luz lo que está en los escondrijos de las tinieblas, y descubrirá las intenciones de los corazones (1 Co 4,5). Y Sofonías: Yo iré con una antorcha en la mano registrando Jerusalén (So 1,12). Aún de los pensamientos se ha de dar cuenta. ¡Oh día espantable y terrible! Así le llama la Sagrada Escritura: Día de la ira del Señor, dice San Pablo. Día en que echará Dios mano a la espada. Es día de auto de la majestad de Dios. Isaías dijo: Mirad que va a llegar el día del Señor, día horroroso y lleno de indignación, y de ira, y de furor, para convertir en un desierto la tierra, y borrar de ella a los pecadores (Is 13,9). Vendrá el día del Señor, cruel, lleno de indignación, ira y furor contra le pecador. Pues si ha de haber Juicio, ¿quién le ha de pedir? Si el Juicio es justo, ¿parte ha de haber? ¡Y cómo si la hay! Parte ha de haber tan fuerte, que no es posible escaparse. ¿Y quién es? La ley de Dios y tu conciencia, como dijo San Pablo: Los gentiles hacen ver que lo que la ley ordena está escrito en sus corazones, como se lo atestigua su propia conciencia y las diferentes reflexiones que allá en su interior ya los acusan, ya los defienden (Rm 2,15). Pues si tu conciencia acepta la sentencia, ¿qué esperanza queda de apelación? ¿Quién ha de defenderte? Para que no nos tome desapercibidos, no quiso que supiésemos cuándo será. Y nos juró que [así] sería: En verdad os digo, el cielo y la tierra pasarán , pero mis palabras no pasarán (Lc 21,32-33). El cuándo ha de ser, no nos cumple, ni nos aprovecha. ¿Queréislo ver?... ¿Qué viniera de saberlo, sino un descuido, como lo decía San Juan Crisóstomo? De una cosa nos avisó el Señor con aquellas entrañas de misericordia, que es de algunas señales, para que viéndolas, nos apercibamos. Así lo dice San Gregorio: Nuestro Señor y Redentor, deseando encontrarnos preparados, denuncia los males que seguirán al final del mundo.
9.- Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas. Explica estas señales San Mateo, y dice: El sol se oscurecerá, la luna no dará su luz, las estrellas caerán del cielo, y las virtudes de los cielos se conmoverán (Mt 24,29). Todo esto, dice San Mateo, sucederá, para darnos a entender que está ya cerca el día de la cuenta. Diréis, pues, ahora: «Si hay señales, no nos cogerá desapercibidos». No hay que descuidarnos en eso: lo uno, porque no sabéis si os moriréis antes que le veáis. El Espíritu Santo nos dice: Si el árbol cayere hacia el mediodía, o hacia el norte, doquiera que caiga allí quedará (Ecl 11,3). En el estado que murieres, apareceréis.
10.- Lo otro, por lo que se sigue luego en el Evangelio, es el efecto que estas señales han de hacer en los hombres: En la tierra ansiedad entre las naciones, por la inquietud. Ya veis qué maña se podrán dar a hacer penitencia hombres tan turbados, mayormente que habrá algunos tan engolfados en sus vicios, que aún pensarán escapar de allí, y no atinarán a conocer si son aquéllas las señales del Juicio. ¿Nunca habéis visto, cuando truena, el miedo de algunos, y el encomendarse a Santa Bárbara, y el propósito de ser buenos, y todavía se están en su mala vida? Así, pues, entonces... [Además], porque el día y la hora nadie la conoce. Nadie puede saber cuándo será determinadamente. Y así, aunque veamos señales, no se seguirá tan luego el Juicio, que podamos decir hoy o mañana será, como dice San Juan Crisóstomo. Será como la vejez en el hombre, que aunque dice que hay poca vida, pero no sabemos cuándo morirá determinadamente. Verán los que tuvieren señales del fin del mundo su vejez; pero no por eso verán cuándo se acabará. Con que se puede inferir de aquí, que con estar ciertos del tiempo, tornará a nacer en los hombres el descuido.
11.- Aparecerá, pues, el Señor cuando menos nos acatemos, como dijo San Pablo: Cuando los impíos estarán diciendo que hay paz y seguridad, entonces los sobrecogerá de repente la ruina, como el dolor de parto a la preñada, sin que puedan evitarla (1 Ts 5,3). Y San Mateo: Como fueron los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre (Mt 24,37). Vendrá como en los días de Noé, cuando todo será paz y seguridad en el juicio de los hombres. ¡Oh cristianos, no os descuidéis; velad, no perezcáis como aquellas cinco doncellas que se acostaron sin aceite, y a la medianoche se hallaron desprevenidas. Catad, que como dice el Evangelio, no sabéis si a la mañana, si al mediodía, si al canto del gallo vendrá el Señor (cfr. Mc 13,35). No se fíe nadie en [las] señales. Mirad lo que dice Abraham al rico avariento: Si no oyen a Moisés y a los profetas, ni aunque resucite uno de los muertos creerán (Lc 16,31).
12.- ¿Qué efecto esperáis que hagan en vosotros las señales?... Certificaos de la venida del Señor por su boca, y con juramento. Descuidados ahora, olvidáis luego el sermón, y pensáis que no os descuidaréis de las señales. Si a la Palabra de Dios no creéis, os hago saber que ni a los muertos creeréis, aunque los veáis resucitados. «¡Ah, Padre!, gran diferencia hay, que al fin estos sermones y estas señas, fíanmelo muy lejos, y tengo mucho tiempo para hacer penitencia; y entonces las señales me dirán que ya no hay tiempo que esperar, y así aprovecharme he»... ¡Ah, traidor alevoso, menospreciador de las riquezas y bondad de Dios, pervertidor de su Ley, tentador de su paciencia y el espejo que él te da para que tú te enmiendes! Porque no quiere que nadie perezca: No retarda el Señor su promesa, como algunos juzgan, sino que espera con paciencia por amor de vosotros, el venir como Juez, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia (2 P 3,9). Le tomas tú para acumular pecados y tener más que pagar; y por ventura, entonces, cuando tú piensas tener espacio para penitencia, no te lo darán. Piensas que esto de hacer penitencia cuando quisieres, que es cosa que traes en la manga, que la podrás hacer cuando se te antojare. Don de Dios es, y por ventura merecerán nuestros pecados que no nos lo comunique; y así, cuando oyeres la voz de Dios, comenzad luego a hacer penitencia.
13.- Dicho habemos el día del Juicio y cómo se ha de hacer. Resta que digamos, quién ha de ser el Juez. El Evangelio dice luego: Verán al Hijo del Hombre. El mismo que murió en la Cruz y subió a los cielos, ése será el que vendrá a juzgar (Hch 1,11). El Padre le ha dado potestad para juzgar, porque es el Hijo del Hombre (Jn 5,27). Y no hay que admirarse de esto, porque ¿quién más convenía para este juicio de los hombres, que el que fue injustamente juzgado por los hombres, que es Cristo? ¿Quién miraría mejor por el negocio de los hombres, que el que vino por ellos a morir? De manera que no hay poder tachar al Juez por apasionado.
14.- «Padre, grande esperanza tengo de hallar gran misericordia en él, aunque lleve mal pleito. Quien tanto me quiso, no me condenará». Engañado vives. Ya el día de la misericordia será pasado. Dos días hay: uno de misericordia y otro de justicia. Ahora es el de la misericordia; entonces será el día de [la] justicia. Se sufre ahora por la misericordia, y después [vendrá la] justicia. [Por eso] en el día de [la] justicia no se sufr[irá] misericordia. Así dice el mismo Señor por San Lucas a sus discípulos, que querían venganza de los de Samaria: No sabéis de qué espíritu sois. El Hijo del Hombre no ha venido a perder a las almas, sino a salvarlas (Lc 9,55). Porque la primera venida era de misericordia; pero en la segunda venida, dice él mismo, que vendrá con poder y majestad grande, para dar a cada cual su merecido: Retribuirá a cada uno conforme a sus obras (Mt 16,27). Obras han de ser perlas que se han de juzgar: si fueren de misericordia, [la] alcanzaréis; y si no, justicia: Porque aguarda un Juicio sin misericordia, al que no usó de misericordia (St 2,13).
15.- Ese camino por donde a vos os parece que Dios tendrá misericordia, por ahí será más terrible vuestro Juicio. Cosa es el amor que os tuvo. ¿Que lo que padeció por vos, para que habiéndolo vos todo menospreciado y no aprovechándoos de ello, esperéis que se haga misericordia con vos? ¡Oh blasfemo! ¿Y esto ha de pasar sin castigo? De ninguna manera, dijo San Pablo: Uno que prevarique contra la ley de Moisés , siéndole probado con dos o tres testigos, es condenado sin remisión a muerte. Pues, ¿cuántos más acerbos suplicios, si lo pensáis, merecerá aquel que hollare al Hijo del Hombre, y tuviere por inmunda la sangre del Testamento por la cual fue santificado, y ultrajase al Espíritu Santo, autor de la gracia? (Hb 10,28). Justicia, pues, ha de haber, y no ha de ser el juez que tuerza la vara por nada: No juzgará por lo que aparece exteriormente a la vista, ni condenará sólo por lo que se oye decir; sino que juzgará a los pobres con justicia (Is 11,3). Luego, ¿no habría diferencia entre buenos y malos, y por el mismo caso habría en Cristo iniquidad? Dice San Pablo: Porque si así fuese, ¿cómo sería Dios el Juez del mundo? (Rm 3,6). Diferencia ha de haber entre buenos y malos, porque los malos llorarán, como dice San Mateo: Se lamentarán todas las tribus de la tierra (Mt 24,30). Y con muy justo título, porque no conocieron el día en que Dios les visitó con la misericordia y el perdón. Y, por el contrario, los buenos se regocijarán, como dice Cristo: Cuando comiencen a suceder estas cosas, animaos y levantad vuestras cabezas, porque se aproxima vuestra redención (Lc 21,28). Lo cual explicó con la parábola de la higuera, que su florecer es señal de primavera. Quiera Dios nuestro Señor seamos de los buenos, para que tengamos en aquel día la bendición del Padre, que es la gloria. A la cual nos conduzca nuestro Señor Jesucristo. Amén
(San Luis Beltrán, Obras y sermones, vol. I, pp.10-14)