La anunciación de Jesús. 1,26-38
Este evangelio es de mucho uso en la liturgia, muy denso y está muy estudiado, como prueba la ingente bibliografía que existe. La narración de la anunciación de Jesús se desarrolla en el mismo plan literario de la anunciación de Juan; tenemos: a) La presentación del lugar y de los personajes: Nazaret, María y el ángel Gabriel (26-27). b) La aparición del ángel y el saludo (v.28). c) La turbación de María por efecto del saludo (v.29). d) El mensaje del ángel (v.30-33). e) La dificultad de María (v.34). f) La solución de la dificultad y la señal (35-37). g) La aceptación de María (v.38).
Aunque el cuadro general es parecido al de la anunciación de Juan, las diferencias particulares existen. En la aparición a Zacarías no existe saludo del ángel. En María el saludo tiene importancia grande, porque el nombre propio es sustituido por dos frases elogiosas. La turbación de María no se atribuye a la aparición, sino al saludo. La dificultad de María está expresada en forma parecida a la de Zacarías: « ¿Cómo conoceré esto?» (Zac). «No conozco varón» (María). El sentido es muy distinto. Zacarías duda del mensaje; María no duda. La solución del ángel consiste en explicar mejor la naturaleza de la concepción. La señal la da sin que haya sido pedida. La aceptación de María es original y no tiene paralelo en el caso de Zacarías.
26. Galilea: región septentrional de Palestina; por su distancia de Jerusalén, centro del judaísmo, y por su contacto con los gentiles era mal vista en los centros religiosos oficiales (cf. Jn 7,41). Era llamada «Galilea de los gentiles», gelil hagoyim (cf. 1 Mac 5,15). Nazaret no figura ni en el AT ni en Josefo. Las últimas excavaciones de los franciscanos nos dan un modo de vivir muy primitivo para los tiempos mismos de Herodes. Dios escoge lo humilde (cf. 1 Cor 1,26-31). La etimología moderna se resiste a derivarla de «neser», tallo, flor (Is 11,1), y prefiere «nasar», guardar. Nazaret significaría, según esto, «centinela», «guardiana». Lucas la llama «ciudad», pero realmente era una pobre aldea, que debe toda su importancia al hecho cristiano. El nombre de «nazarenos» dado a los cristianos es irónico y despectivo.
27. A una virgen: parqenon, virgo, sugiere la idea de frescura, verdor, juventud e integridad. En griego y en latín «virgen» se opone a «mujer». Equivale al hebreo bethûlah. De Rebeca se dice que era joven (na’ar) y virgen (bethûlah), que no había conocido a ningún hombre (Gén 24,16). Por sólo el vocablo deducimos que María era joven y que conservaba su integridad. El contexto corrobora esta conclusión: toda la narración de Mateo y Lucas prueba que José y María no habían tenido contacto carnal. La dificultad de María para la concepción es que «no conoce varón» (v.34). Lucas nos conserva el testimonio de María; Mateo el de José. Mt 1,23 recuerda también la profecía de Isaías sobre la Virgen-Madre (Is 7,14). Lucas acentúa el carácter virginal de María con la yuxtaposición de «virgen desposada» y la repetición «y el nombre de la virgen María». Desposada: este término, como su equivalente griego emnhsteumenhn, puede entenderse como «prometida» o como «casada». La tradición se divide en estos dos sentidos, y también la exégesis moderna. Holzmeister y Perrella sostienen que María era casada más que prometida y todavía no vivía con San José; Frangiane, Henze y Lattey, que estaba realmente casada y vivía ya con San José. Entre los hebreos, por el contrato matrimonial (desporio) el esposo se constituía en verdadero señor (baál) de la esposa, que era considerada como adúltera en caso de infidelidad o como viuda en caso de muerte del esposo. El uso del matrimonio en este tiempo prenupcial era legítimo, pero estaba mal visto. El matrimonio o las bodas tenían lugar con la conducción de la esposa a casa del esposo. Al tiempo de la anunciación, ¿existía entre José y María verdadero matrimonio (nissûin) o nada más que los desposorios (quiddushín)? ¿Era José verdadero marido y señor (baál), María verdadera mujer (ishsha) de José?
La respuesta no es cierta en ningún sentido, aunque hasta el siglo XIX la mayoría de los autores, con San Juan Crisóstomo, Santo Tomás, Suárez, Maldonado..., sostienen que existía ya el verdadero matrimonio. Del XIX en adelante empieza a prevalecer la sentencia de los simples desposorios. Hoy hay autores (Frangipane, Henze, Bover) que han reaccionado fuertemente en el sentido tradicional. Para la solución conviene tener presentes los siguientes puntos:
1º. Por el solo texto de Lucas nadie dudaría de que María y José estaban realmente casados. En 2,5 «desposada» tiene sentido ciertamente de «casada». Lucas no deja entrever ningún cambio legal entre la anunciación y el nacimiento de Jesús.
2°. La razón para dudar proviene de Mt 1,18-25, donde «a primera vista» parece que José no vive todavía con María. Pero para valorar su sentido objetivo conviene tener presente:
a) Mt 1,19.20 llama a José «marido» (o anhr) de María, y a ésta, «mujer» (thn gunaika) de José. Es decir, Mateo emplea los términos clásicos de «marido» y «mujer» al tiempo de las dudas. Coincide, pues, con Lucas.
b) Convenire (sunelqein) (v.18) es un eufemismo para expresar el uso del matrimonio, equivalente al de «conocerse». Dimittere, apolusai(v.19), es el término propio para expresar la disolución del matrimonio. El término más oscuro y que pudiera interpretarse mejor en la sentencia de los simples desposorios es el accipere, paralabein(v.20). Pero debe notarse que en el NT para la celebración del matrimonio se usa lambanein(accipere) y no el compuesto, para-lambanein, assumere, que indica más bien entrega y aceptación de un hecho o situación, adhesión (Jn 1,11; 1 Cor 15,1.3; Flp 4,9). Puede, pues, traducirse muy bien: retener, quedarse con, seguir con...
c) El marco literario de Mateo se mueve dentro «del sueño» (1,20), donde fácilmente pueden confundirse los límites de lo real e imaginativo, de lo objetivo y subjetivo. José, como dice el Crisóstomo, se ve separado de su mujer. Y el ángel le habla en este plano de su sentimiento e imaginación, diciéndole que tome o vaya por María, su esposa. No se pueden valorar los términos de la misma manera en un cuadro de sueños que en el de la viva realidad.
Por tanto, atendiendo solamente al estudio exegético de Lucas y Mateo, tenemos por más sólida la sentencia tradicional y antigua de que María vivía con José al tiempo de la anunciación. Las consecuencias morales son notablemente mejores en esta teoría: Jesús es concebido dentro del matrimonio; el viaje y estancia en casa de Isabel durante tres meses se explica mejor si María no es una simple desposada. También se explica mejor que nadie extrañe el embarazo en María cuando vuelve a Nazaret. El único que puede «extrañar» y se extraña de hecho es «su marido», porque ignora aquella concepción.
¿Qué edad tenía María? Entre los rabinos, la mujer se consideran a) Niña (tinóqeth) hasta los once años. b) Menor (qetannah) de once a doce. c) Mayor (gedulah, adulta), de los doce en adelante. Obligación de la ley. d) Núbil a los doce y medio. Esta edad se llama na'arah. Es el tiempo en que no ha alcanzado el pleno desarrollo físico. El tiempo propio para los esponsales es de doce a trece. En las inscripciones se habla de una mujer que muere a los treinta y cuatro años y es abuela de muchos nietos. Los primeros pasos para los desposorios de la Virgen se debieron dar de los doce a los trece años. Los desposorios duraban un año. Al cabo de este año era obligatorio el matrimonio, que el esposo llevara a su casa a la esposa.
José, hebreo Josef, que Dios añade, otros niños al que acaba de nacer. Según la etimología popular de Gén 30,23, deriva de 'asaf = quitar. Se encuentra también en textos egipcios. Era hijo de Jacob (Mt 1,16) o de Helí (Lc 3,23), de la familia de David (Mt 1,20; Lc 3,23ss), un obrero (tektwn); hombre justo, que cumple con toda la ley.
De la casa de David: el pueblo judío se dividía en tribus; las tribus, en familias (Mishpahót, patriae, familiae), y las familias, en casas (Batin, Batê, Habót, domos patrum). De José se dice expresamente que era de la casa y familia de David (2,4). ¿Se refiere también aquí a José o se refiere a María? Lagrange, Zerwick y la generalidad de los autores modernos lo refieren a José. Pero hay motivos para dudar. Gramaticalmente puede referirse el inciso a José, que es el nombre que precede inmediatamente. También la narración de Lucas podía así indicar la descendencia davídica, «según la carne», del Mesías, como dice Rom 1,3. Ireneo en el siglo II, Tertuliano en el III y el Pseudo Mateo en el V hablan del origen davídico de María.
María: los autores estudian el sentido de este nombre y distinguen entre lo que sonaba popularmente (a) y etimológicamente (b).
a) Lagrange nota que era un nombre frecuente entre la aristocracia femenina. En tiempo de los hasmoneos se pronunciaba Mariam y se relacionaba con la palabra aramea marya = señor. La intención de los padres pudo ser llamarla «señora», «princesa».
b) Etimológicamente, múltiples explicaciones. Bardenhewer cuenta hasta 75. En la Edad Media adquirió mucha importancia el significado de «Estrella del Mar», por la autoridad de San Jerónimo, que no escribió «stella maris», sino «stilla maris» (gota del mar). Mar en hebreo significa gota, stilla. El P. Bover propone el significado de «Iluminada, Iluminadora», apoyándose en 1,78.79, donde se alude al Oriente, a la acción de iluminar. El P. Zorell deriva el nombre del egipcio: Merit-Yam = amada de Yavé. De hecho encontramos con el mismo nombre a la hermana de Moisés. Recientemente el P. Ernesto Vogt ha revalorizado la explicación que dan la Poliglota de Alcalá, San Pedro Canisio, Estius, Alcázar, A Lápide: María = exaltata, exaltada. En los textos de Ras Shamra existe un substantivo m r y m, derivado de la raíz r w m, que significa lo mismo que el hebreo maron = altura, alto, alta.
28. Alégrate: caire, éste es el saludo de los griegos (Mc 15,18), que corresponde al saludo shalon, paz, de los semitas (Mt 26,49; 28,9). Jn 20,20-21.26 reproduce la fórmula semita de «paz». También Lc 24,36. ¿Qué fórmula usó el ángel?
a) Los autores generalmente (Lagrange, Joüon, Knabenbauer) piensan en la fórmula hebrea: shalon leka, pax tibi. Este es el saludo ordinario de Jesús, el de Pablo en sus cartas y el que ha quedado en la liturgia: pax vobis (shalon laken).
b) Toledo ve algo no común en el saludo del ángel, relacionado con el contenido de su mensaje, que era de gozo. Recientemente, el P. Lyonnet defiende como original el saludo griego de la alegría. Si la fórmula griega fuera traducción del saludo hebreo shalon, extrañaría este purismo griego en una sección esencialmente semita. El saludo sería la única palabra que Lucas no ha tomado de los LXX en el díptico de las dos anunciaciones, porque los LXX siempre traducen shalon con eirhnh. El mismo Lucas traduce así en el resto del evangelio. Caire en los LXX tiene sentido de alegría siempre, y en Sof 3,14; Joel 2,21; Zac 9,9 se refiere a la alegría mesiánica. En el culto y en la oración de los judíos, Ronni=alégrate, introduce una exhortación a la alegría mesiánica. El no temas de 1,30 corresponde a caire y qarsei de Sofonías y Joel, donde va en paralelismo también con caire. Así en el saludo del ángel tenemos el paralelismo: alégrate..., no temas. Por fin, los Padres griegos ven siempre un sentido trascendente en el saludo. Así lo explican hoy Gaechter, Huby, Maertens, Laurentin, Lyonnet.
Llena de gracia, kecaritwmenh. Es la palabra más importante del saludo. Nótese el oficio nominal que desempeña. No dice el ángel: alégrate, María, sino «alégrate, llena de gracia». Esta observación remonta a los comentarios más antiguos. Es como si Dios, por medio del ángel, cambiara de nombre a la Virgen. Y Dios pone el nombre en relación con el ser de la persona o su misión. «La gracia» afecta muy particularmente a María. Aunque el participio no lleva artículo, porque sustituye al nombre propio en este caso, se pudiera traducir: alégrate, la llena de gracia, pues el saludo afecta particularmente a María. Se trata de un participio de perfecto, que indica un estado. María posee la gracia cuando el ángel la saluda, y la posee de modo estable. El perfecto expresa una cualidad del pasado que persiste en el presente. Se trata de un verbo raro. Tres veces en el AT: Ecli 9,8; 18,17; Sal 17,26 (Símaco). En el NT dos: Lc 1,28; Ef 1,6. Lo extraño del término, su empleo nominal, el sentido sobrenatural que tiene en Pablo, maestro de Lucas; benevolencia de Dios y dones dimanantes de ella, nos orientan aquí en este mismo contenido teológico, así como el contexto inmediato del ángel y su gran mensaje; las alabanzas que poco después pronuncia Isabel por inspiración divina. La traducción latina más literal es la del Codex Palatinus (e) de la tradición africana: ave gratificata, que no ha prevalecido. Se ha impuesto en su lugar gratia plena, que estudia D. F. Stummer y tiene por muy exacta. El participio griego expresa estas tres ideas del latín «llena de gracia»: a) la idea de gracia; b) la idea de posesión, permanencia y estado; e) la idea de abundancia. Esta idea en griego no la da el participio de perfecto, sino tal verbo y en tal contexto literario. La traducción de la Vg latina ha tenido un gran éxito: se encuentra en la VL, en la Siríaca, en San Ambrosio, Jerónimo y Agustín. Los mismos griegos recurren a expresiones equivalentes a la nuestra latina. Es posible que la traducción latina haya sido influenciada por la siríaca. Con todo, la perífrasis de la Vg se ha impuesto sobre la otra de «gratificata», porque esta traducción en la lengua vulgar latina podía interpretarse mal, en sentido activo propio del deponente: «gratificari». La traducción de la Biblia de Jerusalén es considerada como muy exacta y clara: «tú que has sido y estás llena de gracia». De las consecuencias teológicas que derivan los mariólogos, la más fácil es la de la inmaculada concepción. La mediación universal y la realeza quedan más lejanas. En todo caso, el término admite toda la amplitud de gracias que la Iglesia atribuye a María.
El Señor es contigo: literal «el Señor contigo». Esta frase se relaciona con la exhortación a la alegría y con la plenitud de la gracia. El P. Holzmeister ha estudiado el contexto remoto: a) La frase en la Biblia sólo se aplica a personajes excepcionales puestos en ocasiones excepcionales. Cuando se les impone por parte de Dios una misión singular y difícil; cuando la realizan o van a realizar. b) La presencia del Señor siempre es activa y eficaz en el logro de la misión impuesta.
El contexto remoto no basta. Tiene más importancia el próximo, que concreta el sentido general. Aquí el contexto inmediato nos habla de alegría mesiánica y de plenitud de gracia. La presencia del Señor, el porqué de la alegría y de la gracia, determinan su carácter sobrenatural. Aunque las tres frases del saludo están coordinadas gramaticalmente, pero existe una subordinación lógica entre ellas. La Virgen puede alegrarse con la alegría mesiánica de los profetas, porque Dios se complace en ella y «ha obrado en ella grandes cosas», como prueba «la excepcional presencia de Dios». Esta presencia es un hecho cuando habla el ángel, el cual no dice: Dios estará contigo, sino Dios contigo, ahora y después y antes. La presencia de Dios es dinámica en orden a la persona y en orden a la misión.
Las palabras «bendita tú entre las mujeres» faltan en los manuscritos B S L 579 W 700 565, sah sipal arm. Se encuentran en CDOK, lat bo sir got georg, Diatesaron. Las omiten Tischendorf, Soden, W.-Hort, Nestlé. Las ponen con duda Vogels, Lagrange, Merk, Médébielle. Las admite Bover. La casi totalidad, con todo, de los modernos las atribuye a una armonización del v.42. Obsérvese que omiten estas palabras toda la familia alejandrina y dos códices (565, 700) de la Cesariense, pero se encuentra en la occidental muy extendida, ya que llega hasta el siglo II. Las primeras ediciones críticas se colocaron abiertamente en el lado negativo; posteriormente, Vogels, Lagrange, Merk, dudan. Bover afirma. Razón de orden interno puede ser el paralelismo. Pero E. Power las considera muy propias del contexto. Con certeza no se pueden rechazar. Por lo demás, esta frase se lee inciertamente en el v.42. La bendición tiene sentido superlativo-relativo: la más bendita de las mujeres.
29. Este verso consta de dos miembros relacionados entre sí. La reflexión de la Virgen sobre el sentido del saludo explica la causa de su turbación, que no se debe ni a la presencia del ángel ni a las alabanzas, sino al contenido del mensaje, en el cual entrevé una gran misión por parte de Dios. La turbación de Zacarías subraya el temor y se debe a la aparición. Aquí no se insiste en el temor, y la misma reflexión continuada (imperfecto) revela serenidad y dominio en la Virgen.
30. Este verso consta también de dos miembros subordinados gramatical y lógicamente. El segundo, porque has hallado..., da la razón de la exhortación que contiene el primero: no temas. Esta frase equivale al «alégrate» del saludo. En efecto, «encontrar gracia delante de Dios» es para alegrarse. «Hallar gracia delante de Dios» es frase frecuente en la Escritura (cf. Gén 6,8). Pero su sentido concreto depende del contexto inmediato. Aquí corresponde al «llena de gracia» (v.28) y tiene su efecto y manifestación en la elección para Madre del Mesías (v.31-33). Pero la elección no agota todo el contenido de «la gracia». Dios escoge a María porque se complace en ella. Esta complacencia divina se funda en algo más que los dones puramente naturales.
31 Estas palabras son eco de Gén 16,11 («hinnak harah», ecce concepisti); Jue 13,3.5 y sobre todo de Is 7,14, citado expresamente por Mt 1,23. La concepción virginal es clara si se atiende también a que falta toda mención al padre terreno. La concepción se presenta como futura gracia se ha presentado antes como presente. Nótese cómo la concepción y el parto se colocan en el mismo plano, como hace Is, que habla de la virgen que «concibe y da a luz un hijo». El paralelismo de Lucas con Is 7,14 es claro. En Is tenemos las mismas frases de Lucas: a) concebir y dar a luz un hijo; b) ponerle el nombre. El ángel habla en segunda persona (tú concebirás...). Isaías, en tercera (la Virgen concebirá... llamará). En Isaías el nombre es Emmanuel; en Lucas, Jesús. Jesús es forma abreviada de Yehóshuah = Yahô salva, salvó. La salvación es obra de Dios en la Escritura. Por eso, entre el Emmanuel de Isaías (= Dios con nosotros) y el Jesús de Lucas hay relación. En el AT se mencionan dos «Jesús» o salvadores del pueblo: Josué, que introduce en Palestina al pueblo, y el sumo sacerdote, que viene con Zorobabel del destierro (Zac 3,1-10; Ag 2,3.5). Jesús, pues, etimológica e históricamente simboliza la salvación, que en nuestro caso es la definitiva.
32. Este verso consta de dos partes: a) la grandeza del hijo; b) el reinado. «Ser grande» y «llamarse hijo del Altísimo» se corresponden y explican. En la mentalidad semita, «el nombre» se corresponde con «el ser». Por esto, «llamarse» equivale a «ser». Grande, así en absoluto, sin frase limitativa (grande delante del Señor, v.15), se aplica a solo Dios. Aquí coincide con «hijo del Altísimo». En el AT, «hijo de Dios» se aplica a los ángeles (Sal 28,1), al rey y ministros (2 Sam 7,14; Sal 81,6), al pobre y al justo oprimido (Sal 2,10). En Act 13,32-34, el Mesías es constituido hijo de Dios por la resurrección y ascensión (cf. Rom 5,4). La expresión puede explicarse con el sentido mesiánico, pero en todo su conjunto tiene un sentido más hondo.
El Mesías, según los vaticinios del AT (2 Sam 7,52; 1 Par 22,9s; Sal 88,36ss; Is 9,6; Miq 4,7; Dan 7,14), se considera como heredero del reino de David en la casa de Jacob o en Israel (Is 2,5; 8,17; 46,3; 48,1). La característica de este reinado es la eternidad, lo definitivo. La descripción del Mesías encuadrada en el AT no es invención de Lucas.
34. Aquí tenemos las primeras palabras de la Virgen, profundas y misteriosas, como prueba la variedad de explicaciones modernas. La respuesta consta de dos partes: a) La pregunta: ¿Cómo será esto? b) La razón de la pregunta: pues no conozco varón. La pregunta se refiere a su concepción y maternidad mesiánica. Esto se refiere a lo que ha dicho el ángel en los v.31-33. Cómo indica modo, manera de realización. No duda de la verdad del ángel, pero no ve el modo concreto como ella podrá concebir y ser madre. La Virgen piensa en el futuro: será. Y pregunta, no por pura curiosidad, sino por deber, ya que se trata de cosa que le incumbe a ella, que debe concebir y dar a luz. La misma pregunta supone un misterio en la Virgen y en Lucas, que nos ha dicho que «la Virgen estaba desposada». Si, como nosotros hemos explicado, la Virgen estaba «ya casada» y vivía con San José, la pregunta carece de sentido, si no existe el misterio de «la abstención» y propósito virginal. Si solamente mediaban los desposorios, la pregunta tampoco tiene gran sentido en el plano natural. Como se trata del futuro (será), bastaba con celebrar la boda. La razón que justifica la pregunta nos sumerge más en el misterio del alma de la Virgen y del propio San José. Si el Matrimonio o los desposorios de la Virgen con José fueran corrientes, no tendría por qué preguntar «cómo» ella iba a ser madre; si la psicología de la Virgen dentro del matrimonio o de los desposorios era la corriente, ella se hubiera explicado fácilmente «cómo» iba ser madre. La razón de su pregunta sobre el «cómo» puede ser madre es «su especial psicología» dentro del matrimonio o desposorio. «Ella no conoce varón». Varón es lo mismo que marido (2,36; Mt 1,16.19; Mc 10,12). «Conocer» tiene, dentro de este orden de la concepción, sentido eufemístico (Mt 1,25; Gén 4,1; 19,8) y significa el acto propiamente matrimonial. El tiempo presente no conozco significa propósito y voluntad, modo habitual de obrar, y afecta tanto al pasado como al futuro. Si solamente afectara al pasado y presente, la razón que justifica la pregunta carecería de sentido. Para una concepción futura (será) bastaba un conocimiento futuro. La respuesta del ángel se moverá también en este plano de la futura exclusión del acto matrimonial y apelando a la futura acción de Dios. Es decir, que el ángel responde en el mismo plano en que se mueve la dificultad o razón de la duda de la Virgen. No se trata de hacer uso del matrimonio para esta concepción y nacimiento, porque todo se deberá a la acción exclusiva de Dios. Es posible que María hubiera entrevisto que el ángel le anunciaba una concepción y nacimiento virginal, según Is 7,14; pero con su pregunta quiere que el ángel declare plenamente su plan sobrenatural. Marta también entrevió que Jesús iba a resucitar a Lázaro, pero quiso que se declarase mejor (Jn 11,23.24). De nuestra explicación se sigue que la Virgen tenía voluntad de virginidad dentro del matrimonio. Poco interesa que tuviera voto estrictamente tal o simple propósito. También se sigue que hasta ahora José, «su marido» o «su esposo», la había respetado. La seguridad con que María habla sobre el futuro nos autoriza a pensar que José aceptaba el futuro virginal. Esta virginidad de los dos esposos es un misterio, que sólo se explica en su finura espiritual y en la obra de Dios, conforme siempre con su elección y misión. Esta realidad divina no se puede desconocer y pesa más que el Sitz-im-Leben, hoy mejor conocido, y que no era totalmente extraño a la virginidad. La Escritura alaba la castidad de Judit y Ana, viudas sin hijos. Entre los esenios regía el ideal de la virginidad, que mencionan Plinio, Josefo y Filón. Filón habla de conventos de mujeres contiguos a los de los hombres, pero separados por un muro. La mayor parte eran vírgenes ancianas, que habían guardado la virginidad libremente por amor a la sabiduría. Filón, contemporáneo de María, concibe la virginidad por amor a la virtud y a la sabiduría. Los documentos de Qumrán confirman estos testimonios y nos hablan de la abstinencia de Moisés desde que tuvo la visión de la zarza.
35. La respuesta del ángel consta en este verso de un hecho y de una consecuencia. El hecho está expuesto en dos miembros paralelos, donde se corresponden los sujetos (Espíritu Santo-Poder del Altísimo) y los verbos (vendrá-cubrirá). El hecho tiende a subrayar la causa totalmente divina de la concepción, El Espíritu Santo: a) puede ser sinónimo de «el poder del Altísimo», sentido que tiene «Rúah Yahweh» en el AT; es decir, designa a Dios sin distinción de personas, como poderoso y eficiente (cf. Gén 1,2; Sal 103,30 en el orden natural, y Núm 11,25; Ex 31,3; Is 11,1-6 en el orden moral). El Espíritu del Señor es el mismo Yavé presente y operante. b) Puede ser también «el Espíritu Santo», como contradistinto del Padre y del Hijo. Favorece este sentido personal la expresión misma de «Espíritu Santo», que en Lucas y Actos tiene sentido personal aun en I-II. En Act 10,38 tenemos las dos expresiones: Espíritu Santo y Poder = en el poder del Espíritu Santo. El Espíritu Santo se considera como el poder del Altísimo.
Te cubrirá con su sombra: episkiasei es término poco frecuente. Sólo tres veces en los LXX. Mientras que «venir sobre» es frecuente. En Ex 40,32-33 (hebr. 34,35) traduce el verbo shakan, habitó, refiriéndose a la presencia divina bajo la nube del tabernáculo; en Sal 90,4; 139,8 traduce a sakak, protegió. Aquí ciertamente se habla de presencia, como indica el primer verbo: «vendrá sobre ti». La nube divina, símbolo de presencia y de poder divino, pasa ahora a María, nuevo tabernáculo o arca de la alianza. Dios está con María (v.28) y estará (v.35) de una manera eficiente. Esta presencia dinámica es en orden a la concepción y, por consiguiente, se distingue de la presencia del Hijo encarnado, como anterior a ella.
La segunda parte del verbo encierra la consecuencia: por eso, dio kai. Tiene dificultad. En cuanto a la lectura, hay que omitir, con todas las ediciones del NT, el ablativo de origen: de ti, ex te. La construcción varía según que santo sea sujeto o predicado.
1) Santo sujeto: El santo que nacerá será llamado hijo de Dios (Knabenb., Fillion, Durand...). Sentencia clara y fácil.
2) Santo predicado, y «lo que nacerá» sujeto:
a) Lo que nacerá será llamado santo, hijo de Dios (Bover, Médebielle, Power, Plummer, Zahn). La yuxtaposición de «Santo, hijo de Dios» es extraña a Lucas.
b) Lo que nacerá (será) santo (y) se llamará hijo de Dios. Así traducen La Pesch., Sah. Boahír., Taciano, Arm. La siguen: Lagrange, Marchal, Valensin-Huby, Joüon, Baldi, Vosté, Prat. Esta sentencia añade: será, y.
c) Lo que nacerá, santo, será llamado hijo de Dios. Santo se considera como atributo del sujeto, equivalente a una proposición secundaria: lo que nacerá, como santo, puesto que será santo, será llamado hijo de Dios.
La variedad de explicaciones gramaticales hace pensar a algunos que el texto puede haber sufrido algún trabajo redaccional. Pero conviene tener presente que el texto crítico es seguro y contiene «santo» e «hijo de Dios». Tal vez en la fuente originaria sólo existía «santo», y el redactor griego (Lucas) añadió «hijo de Dios» para explicar mejor el sentido de «santo». Nosotros en la traducción hemos adoptado la construcción 2,c.
¿Qué sentido tiene la frase? Ante todo conviene tener presente el sentido de la conjunción que introduce el miembro y lo une con el anterior: dio tiene sentido causal, «por esto, por lo cual», que es reforzado por el kai: Y por eso. La razón de lo que se enuncia ahora se contiene en lo que antecede: Porque la concepción será divina, por eso lo que naciere santo será hijo de Dios. Si la razón de la filiación divina es la concepción divina, estamos aquí en una filiación histórica mesiánica. Lc 3,38 llama a Adán hijo de Dios, porque fue creado directamente por Dios. No se trata, pues, de la filiación natural, metafísica, que a Cristo le corresponde sólo por la unión hipostática, sino de otra menos perfecta, aunque superior a la de todos los demás hombres, la que le corresponde por razón de su concepción singularmente divina. Así Maldonado, Lagrange, Marchal, Vosté, Zerwick. Otros hablan de la filiación estrictamente natural y divina, pero refieren el verbo «será llamado» al orden lógico: La concepción sobrenatural no será causa de la filiación divina, sino medio de conocerla (Dorado, Baldi, Knabenb., Fillion). Otros (Médébielle, Power, Prat) creen que la partícula causal solamente afecta a «Santo»: «porque el Espíritu Santo vendrá sobre ti, por eso lo que nazca de ti será santo». La filiación divina no queda afectada por la partícula, sino que supone un segundo paso explicativo de la santidad.
Para terminar notemos que «Santo» es título mesiánico (Act 3,14), así como «el Santo de Dios» (Mc 5,24; Jn 6,69), y en este sentido hay que interpretar «el hijo de Dios». Esto es lo que da directamente el texto. Lucas ha podido ver más al escribir bajo la plena luz de la revelación (Zerwick).
Lo que nacerá: el griego se puede aplicar a la concepción y al nacimiento. Ambas ideas quedan incluidas.
36-37. En estos versos el ángel ofrece una señal confirmativa. La señal es milagrosa, pues la concepción de una anciana y estéril está sobre la naturaleza. Tu pariente: tal vez en el original arameo se decía «tu hermana», con sentido general de pariente (Taciano). Para este parentesco bastaba que la madre de María fuera de la familia de Aarón, y su padre (Joaquín) de la de David.
38. La respuesta de la Virgen merece considerarse. Se llama a sí misma esclava del Señor, cuando Lucas la ha llamado «virgen»; el ángel, «llena de gracia», y sus padres, «María», exaltada, señora o princesa. Esclava debe tomarse en el sentido antiguo de res o cosa, más que de persona. El esclavo dependía, aun en el ser y vida, de la voluntad del señor. María es esclava del Señor, no de hombres. El fiat, hágase, no es una aceptación resignada de la voluntad de Dios, sino un deseo alegre y ansioso, como expresa el griego genoito, proposición optativa. Literalmente podríamos traducir: suceda a mí. La voluntad de Dios es considerada como cosa deseada, como un feliz acontecimiento. Dios no le ha propuesto solamente su voluntad, se la ha impuesto como un mandamiento: concebirás, darás a luz. Así lo mira la Virgen. La palabra del ángel es una orden, que acepta con deseo y alegría.
Las virtudes de la Virgen son: a) sensibilidad serena y reflexiva (v.29); b) consagración a Dios, elevación de ideales, como se ve en su voluntad de virginidad (v.34); c) conciencia de su pequeñez y deberes para con Dios (esclava); d) disposición alegre y deseosa de obedecer (hágase); e) fe y confianza en Dios y respeto a su enviado (hágase según tu palabra).
Cf. DEL PÁRAMO S., La Sagrada Escritura, Evangelios, BAC Madrid 1964, I, p. 544-50. 552-57