José A. Marcone, I.V.E.
Los primeros discípulos de Jesús
Jesús ya había establecido los primeros contactos con algunos de sus futuros discípulos (cf. Jn.1,35-51). Incluso había formado una incipiente comunidad con la que se hace presente en las bodas de Caná. Con Él en esa boda se encuentran sin duda Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Felipe y Bartolomé. Sin embargo, el llamado definitivo no había sido todavía proferido por Jesús. Esta llamada definitiva la hará precisamente al comienzo de esta segunda etapa de su vida pública y estando ya en Galilea. El acontecimiento sucedió en febrero o marzo del 780 U.c. y está narrado en Mc.1,16-20 y Mt.4,12-17.(1)
Jesús va caminando por la orilla del Mar de Galilea y ve Simón y Andrés, hermanos entre sí, y a Santiago y a Juan, hermanos entre sí. Y allí les lanza la llamada para que lo sigan, es decir, para que sean sus discípulos de una manera definitiva y perpetua. Se acabó ya el tiempo de la preparación; llegó el tiempo de la acción. Desde hacía casi un año que ellos habían conocido a Jesús y que habían decidido ser sus discípulos. Pero todavía no estaban concentrados en un 100 % en la actividad de discípulos. Ese primer año fue como un postulantado. Ahora llegó el momento de entrar al Noviciado y al Seminario abandonando la familia y el mundo.
Lo primero que llama la atención al leer los textos evangélicos es que se mencionan los nombres de los que han sido llamados, dado que en el evangelio raramente sucede esto. De esta manera se indica que la llamada no es colectiva sino sólo personal.(2)
La frase con que Jesús los llama es ‘venid detrás de mí’ (en griego: deûte opíso mou). Pero en realidad ese deûte puede también traducirse como un imperativo: ‘¡vamos!’. Entonces Jesús les dijo más bien: “¡Vamos! ¡Detrás de mí!”. Es una voz de orden, de mando. Nos hace acordar a la Contemplación del Rey Temporal de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Allí a Jesús se lo presenta como un general que pasa llamando al combate contra los enemigos de la civilización cristiana.
Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta que Jesús y estos discípulos, como dijimos, ya se conocían bastante bien y desde hacía un año. En efecto, se habían encontrado junto al Jordán, Jesús ya había anunciado que Simón se llamaría ‘Piedra’, habían estado juntos en las Bodas de Caná y ellos ya habían visto la gloria de Jesús y habían creído en él. Habían hecho ya alguna experiencia de convivencia juntos (“Señor, ¿dónde vives? Venid y veréis”, cf. Jn.1,38.39); habían viajado juntos desde Judea a Galilea; habían estado juntos en las Bodas de Caná. Pero todavía no había empezado la vida comunitaria propiamente dicha. Habían sido discípulos ‘part time’; ahora lo serían ‘full time’. Es en este momento cuando Jesús decide ya empezar a formar la comunidad tal como Él quiere que quede formada y empezar el apostolado de una manera formal. Por eso esa llamada lacónica: “¡Vamos! ¡Detrás de mí!”, que quiere decir: “Ahora sí llegó el momento de predicar el Reino de Dios con toda la fuerza y la potencia de nuestro ser. Durante un año, de a poco, fueron aprendiendo las cosas fundamentales acerca de mí y del Reino de Dios. Ahora llegó el momento de abandonar todo definitivamente y consagrarse exclusivamente a la predicación del reino. ¡Vamos! ¡Detrás de mí! Se acabó el tiempo del reconocimiento y tanteo del terreno. Ahora llegó el tiempo de la conquista y ocupación del terreno”.
A Santiago y a Juan se los presenta ligados todavía a sus padres, cosa que no sucede con Pedro y Andrés. De esta manera se está diciendo que Santiago y Juan eran jóvenes y los dos todavía dependían de su padre; es un modo delicado de sugerir la juventud de Juan, el discípulo virgen y amado de Jesús. En la llamada de Pedro y Andrés, en cambio, no se dice eso porque Pedro ya se había independizado con anterioridad; como dice el mismo evangelio de Marcos, Pedro estaba casado y se menciona a su suegra (Mc.1,29-31).
Pero antes de llamarlos dice el evangelio que Jesús ‘vio’ a Pedro y Andrés y ‘vio’ a Santiago y a Juan (en griego: eîden). El eîden de Jesús aparece cinco veces en San Marcos: dos veces en el trozo que estamos comentando (Mc.1,16.19); una vez en la vocación de Leví (Mc.2,14); una vez en Mc.1,10 y una vez en Mc.6,34. Se usa, entonces, tres veces para expresar que ‘vio’ a hombres con vocación sacerdotal y que serán sus apóstoles. Y además en el momento de su bautismo (1,10): “En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu Santo, en forma de paloma, descendía sobre Él”. Y finalmente se usa el verbo eîden para expresar que Jesús ‘vio’ a la muchedumbre de hombres abatidos y por esa razón se pone a enseñarles y hará el milagro de la multiplicación de los panes para ellos. Dice el texto: “Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc.6,34).
El ver de Jesús no es un ver superficial y exterior sino un ver profundo que se dirige al alma del que es visto. Además el ver de Jesús no se limita a ver sino que transforma a la persona que es vista, ya sean personas particulares o sean grupo de personas. En efecto, a los primeros discípulos (Mc.1,16-20) y a Leví (Mc.2,14), los transforma en pescadores de hombres. Y a la muchedumbre les enseña y les da de comer (Mc.6,34ss). “En todos estos sucesos el ver de Jesús se revela como el inicio de una viva y profunda comunión en la cual Jesús hace participar a cada uno de los que son llamados, aunque también a la gran muchedumbre que representa al pueblo, a su comunión con Dios (1,10-11)”.(3)
Pero esto es posible porque antes los ojos de Jesús han visto al Espíritu Santo durante su bautismo. El hecho que los ojos de Jesús hayan visto primero el cielo abierto y el Espíritu Santo bajando sobre Él significa que los ojos de Jesús, antes de empezar a ver las almas elegidas de sus futuros apóstoles y las maravillas que Dios obró en esas almas, antes de ver las almas fatigadas de la multitud, esos ojos de Jesús atravesaron todos los velos sensibles y penetraron en los cielos hasta el seno de la misma Trinidad, hasta las profundidades de Dios. ¿Y quién conoce las profundidades de Dios sino el Espíritu de Dios? “El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. (…) Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1Cor.2,10-11). Los ojos de Jesús primero se saciaron con la visión de la Trinidad, se saciaron viendo al Espíritu Santo y de esa manera quedaron llenos de una virtud especial para identificar todas las maravillas que ese Espíritu obra en el alma de los elegidos.
Por eso, nosotros podríamos decirle al Señor: “Señor, mírame con esa mirada llena de Espíritu Santo, con esa mirada saciada de Espíritu Santo, para que descubras en mí todo lo bueno que ese Espíritu ha hecho en mí, y así se renueve mi llamado. Vuélveme a mirar como me miraste el día que me llamaste, vuelve a mirarme con tu mirada enamorada, llena de la Persona-Amor que es el Espíritu Santo, y vuelve a llamarme de una manera taxativa, urgente e insoslayable. Yo, ‘al instante’, lo dejaré todo por seguirte”.
Y también podemos pedirle: “Señor, dame esa mirada llena de Espíritu Santo. Haz que yo tenga esa mirada saciada del Espíritu Santo. Haz que mi mirada, antes de mirar a los hombres, se sacie con la contemplación de la Trinidad y, sobre todo, con la contemplación de la Persona-Amor. Que cuando mire al alma de los hombres lo haga solamente con la perspectiva del Espíritu Santo, que lo haga solamente a través del Espíritu Santo, con el prisma que es el Espíritu Santo. Que sepa descubrir las maravillas que tú haces en las almas. Que no mire a través de mi espíritu humano y mezquino, que se encuentra en las partes bajas de mi ser. Que mire a través de tu Espíritu, que se encuentra en las alturas; que sepa ver a los hombres después de haber elevado mis ojos hacia lo alto, después de haber rasgado los cielos con una mirada penetrante que llegue hasta el seno de tu ser, hasta las entrañas más profundas de la Trinidad”.
Y en un arranque de audacia podemos suplicarle: “Señor, haz que sea descubridor de vocaciones, que me admire al ver almas que tú has llamado, que tenga ojos para ver el sello de tus elegidos a una vida de especial consagración, que pueda experimentar el gozo de descubrir la semilla de la vocación y el sello de tu llamada en muchos hombres y mujeres. Que me goce pensando en la entrega que ellos harán de ti, en el seguimiento inmediato a tu llamada”.
Y finalmente decirle: “Señor, haz que con una mirada llena de Espíritu Santo sepa descubrir las dolencias del alma de los demás; que sepa adivinar los sufrimientos interiores de todos los hombres y mujeres que yo encuentre en mi camino, que sepa discernir cuáles son las necesidades sustanciales de sus almas espirituales. Señor, que sepa sentir compasión y compadecerme de esas almas; que sepa encontrar las palabras adecuadas para llenar sus necesidades espirituales”.
“Maravilloso es el ver de Jesús. Sus ojos ven en estos pescadores desconocidos y en este publicano despreciado a sus futuros compañeros y colaboradores, y ven en esta muchedumbre desorientada al pueblo de Dios y sus necesidades. ¿De qué naturaleza son nuestros ojos? ¿Cómo están programados? ¿Qué vemos en las personas que nos circundan? ¿Enemigos, competidores, gente estúpida y aburrida? Los ojos de Jesús han visto primero la apertura de los cielos y el descenso del Espíritu. Nuestra mirada debe estar siempre dirigida a Dios y tenemos necesidad del Espíritu para ver con justicia a los hombres, para ver y reconocer sus cualidades, para ver sus necesidades y ayudarlos”.(4)
Otra característica de esta llamada de Jesús es que ese “¡detrás de mí!” (1,16.19) y ese “¡sígueme!” (2,14) cambia la vida de los llamados y determina un nuevo estilo de vida para ellos. Así como el ser pescadores de peces requiere comprometer toda la persona y todo el tiempo, lo mismo sucede con el nuevo oficio de ser pescadores de hombres. “Se les requiere comprometer la propia persona con todas las capacidades y con todo el tiempo, y de entrar en la comunidad de vida con Jesús. Y se les requiere de hacerlo según la relación que existe entre el maestro y los discípulos. Jesús será su maestro que los instruirá, y ellos son sus discípulos que tienen tanto que aprender de sus enseñanzas y de su ejemplo” (p. 54).(5)
Pero esto no quiere decir que es sólo el discípulo el que debe ligarse a Jesús. Jesús también se da por entero, se entrega al discípulo, se liga a sus discípulos, como el maestro se liga con los suyos. El maestro se compromete también en la comunidad de vida. La misma cercanía que Jesús pide que los discípulos tengan con Él, la tiene Él con ellos en cuanto Maestro. Él también se compromete a estar muy cerca del que lo sigue atrás de él. Y por esta razón la vocación también es un don, porque es el llamado a una vida íntima con Jesús. Este don debe ser comprendido cada vez mejor por los discípulos para que tengan plena conciencia de su valor.(6)
Sin embargo, hay algo importante que hay que tener en cuenta: el orden en esta relación recíproca es Jesús adelante y el discípulo atrás; esta relación no puede ser cambiada. El discípulo debe seguir al Maestro por dónde Él vaya. No debe seguirlo solamente en las buenas. Algo así pasó con los discípulos y con Pedro. Mientras Jesús mostraba su poder, hacía milagros y predicaba con gran belleza, ellos no ponían objeciones al seguimiento. Pero cuando Jesús anunció que su camino terminaba en la cruz, Pedro quiso cambiar el orden. Se puso él delante y le dijo a Jesús: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!” (Mt.16,22). Entonces Jesús restableció el orden diciéndole: “¡Detrás de mí, satanás!” (hupáge opíso mou satanâ) (Mc.8,33).
La respuesta de los hombres que han sido llamados es inmediata: “Al instante (en griego: euthûs), dejando las redes le siguieron” (Mc.1,18). “Ellos, al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron” (Mt.4,22). A pesar del serio e intenso trabajo los pescadores escuchan la voz de Jesús y aceptan su llamada con la misma urgencia con que son llamados.
La respuesta consiste en dos cosas: en abandonar y en seguir. El abandonar mira al pasado, abandonan el ambiente en el cual han vivido hasta ahora. El seguir mira al futuro, a la relación de intimidad que tendrán con Jesús a partir de ese momento.
“Jesús encuentra a estos hombres no en un ambiente abstracto, en una situación vacía sino en circunstancias muy concretas. No encuentra personas que no saben qué hacer de su vida sino personas que están plenamente ocupadas. Unos están arrojando las redes en el mar, otros las reparan en la barca; Leví está sentado en la mesa de los impuestos. Todos están ejerciendo su oficio, del cual viven con sus familias. Todos pertenecen a un ambiente bien determinado, rico en relaciones y compromisos. Todo esto resulta todavía más concreto en una respuesta posterior de Jesús: “Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio…” (Mc.10,29). Las relaciones mencionadas se refieren a la familia y a la propiedad (…). Se revela aquí el carácter exigente e incisivo de la llamada de Jesús. Las personas que ha interpelado deben salir del ambiente en el cual han vivido hasta ahora y deben llegar a ser libres para el seguimiento de Jesús. Se requiere un verdadero cambio del modo de vivir. Su mirada no debe dirigirse al pasado sino al futuro que queda determinado por la relación con Jesús. Las relaciones y los compromisos que han sido abandonados tienen un gran valor humano. ¡Qué grande debe ser el valor del seguimiento de Jesús desde el momento que debe preferirse ese seguimiento a estas otras relaciones!”.(7)
El abandonar su vida anterior y el seguir a Jesús significará también un profundo cambio en sus propias vidas: se convertirán en pescadores de hombres. Lo mismo que ellos hacían con sus redes materiales recogiendo peces deben hacerlo ahora con instrumentos espirituales recogiendo hombres. Por lo tanto es claro que su misión es recoger y reunir a los hombres. Pero es muy importante saber que la causa de este cambio no son ellos mismos sino que la causa del cambio es Jesús: “Yo haré que vosotros lleguéis a ser pescadores de hombres”, dice literalmente el evangelio.
1 Lc.5,1-11 parece narrar el mismo acontecimiento de una manera más detallada.
2 Cf. Stock, K., Vangelo secondo Marco, Edizioni Messagero Padova, Padova, 2002, p. 50. Para este punto de la vocación de los primeros discípulos he utilizado con libertad este libro. Las ideas principales de este apartado están tomadas de este autor.
3 Stock, K., Vangelo secondo Marco…, p. 54.
4 Stock, K., Vangelo secondo Marco…, p. 59 – 60.
5 Stock, K., Vangelo secondo Marco…, p. 54.
6 Dice el P. Stock: “La orden de Jesús es muy exigente porque requiere el comprometer completamente sus personas, pero es, al mismo tiempo, también muy generosa y constituye un singular don. Ellos deben comprometerse pero Jesús también se compromete completamente. No se trata de una relación unilateral, sino de una relación recíproca, de una verdadera comunión de vida. Uno de sus compromisos principales será el de comprender siempre más y mejor: ¿Quién es Jesús? Cuanto más progresan en este conocimiento tanto mejor se dan cuenta del singular valor de esta llamada y de esta comunión” (Stock, K., Vangelo secondo Marco…, p. 54 – 55).
7 Stock, K., Vangelo secondo Marco…, p. 56.