«Prólogo a “El Kahal-Oro”» – Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) (1883-1962)

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Hace 30 años no había antisemitismo en la Argentina. – Primeros antisemitas: los faraones de Egipto. – El antisemitismo no es producto del cristianismo.

Hace muchos años, en mi mocedad, escribí una novelita con el título de El Judío, para no recuerdo qué revista española.

Me la devolvieron sin publicarla, y me dieron como razón de no aceptarla el que la obrilla defendía a los judíos, al presentar como injusto el común recelo de las gentes contra la raza judía.

Es posible que esta explicación no fuese más que un pretexto para devolverme la historieta, que, ciertamente, era muy malucha. Pero es seguro también que tal excusa no se le hubiera ocurrido en aquel tiempo a ninguna revista argentina. Entonces no sabíamos aquí de los judíos más que lo que nos contaban los libros de Europa.

El episodio sólo sirvió para enardecer en mi joven corazón una romántica simpatía hacia el pueblo más perseguido de la historia.

No se me ocurrió pensar que aquella prevención, a mi juicio señal de intolerancia y de atraso, podía tener motivos que aún ignorábamos en la tierra argentina.

El judío era para nosotros uno de los tantos extranjeros, que la excelencia del clima, la fecundidad del suelo, la dulzura de las costumbres y la generosidad de las leyes, atraen a nuestras playas indefensas.

Ni más ni menos que el francés, el alemán, el italiano o el español.

Nos vanagloriábamos de nuestros doscientos o trescientos mil inmigrantes anuales.

Teníamos confianza ilimitada en la poderosa pepsina de esta tierra, capaz de asimilar los alimentos más heterogéneos. Y con pueril satisfacción comprobábamos que nuestra literatura era francesa; nuestra filosofía, alemana; nuestra finanza, inglesa; nuestras costumbres, españolas; nuestra música, italiana; nuestra cocina, de «todos los países de la tierra», como dice la Constitución.

En suma, no se advertía aquí malquerencia al extranjero; más bien lo contrario: una debilidad por las ideas y los gustos de afuera. Y el judío era un extranjero como los demás.

Han pasado treinta años. Seguimos creyendo que aquí no existe un problema inglés, ni francés, ni alemán, ni español, ni italiano. Pero ya no pensamos igual respecto de los judíos.

A nadie se le ocurre fundar periódicos para atacar ni defender, por ejemplo, a los vascos o a los irlandeses.

Pero todos los días vemos diarios y revistas cuyo principal propósito, disimulado o no, es atacar o defender al judío.

¿Qué significa eso? Significa que este país, a pesar de que no tiene prejuicios de raza, ni prevenciones xenófobas, no ha podido comprar la paz interior, ni con su hospitalidad sin tasa, ni con la generosidad hasta el despilfarro de su riqueza y de sus puestos públicos y aun de su ciudadanía, y ha visto nacer el conflicto de que no se ha librado ningún pueblo, en ningún siglo: la cuestión judía.

Efectivamente, releyendo la historia, penetrando hasta en los tiempos más remotos, observamos este hecho singular: en todas partes el judío aparece en lucha con la nación en cuyo seno habita.

Mil novecientos años antes de la era cristiana los israelitas se establecen en Egipto, conducidos por Jacob.

Siglos después, el faraón se alarma y dice: «He aquí que los hijos de Israel forman un pueblo más numeroso y fuerte que nosotros. ¡Vamos! Tomemos precauciones contra él, porque si sobreviene una guerra, se podrían unir con nuestros enemigos y combatirnos»[1].

Ni la hospitalidad de cuatrocientos años, ni la multitud de generaciones nacidas en el propio Egipto, habían convertido a los israelitas en ciudadanos de la nación. Seguían siendo extranjeros, y el faraón temía que, en caso de guerra, se aliasen con los enemigos del suelo donde habían nacido.

Esto desencadenó la primera persecución antisemita de que habla la historia. Se impusieron a los hebreos las más rudas tareas y toda clase de servidumbres, y, como no bastara a disminuirlos, el faraón llamó a las parteras y les ordenó que mataran a los niños recién nacidos, y discurrió otras iniquidades, que provocaron la cólera de Dios.

Sobrevinieron las diez plagas de Egipto, y los hebreos emigraron en masa, conducidos por Moisés, hacia la tierra prometida.

En el quinto siglo antes de nuestra era, los vemos en Persia, bajo el reinado de Jerjes I, que es el Asuero de la Biblia, conforme al Libro de Esther.

El decreto en que el rey manda a los sátrapas y gobernadores de sus ciento veintisiete provincias pasar a degüello a todos los hebreos, hombres y mujeres, viejos y niños, desde la India hasta la Etiopía, se fundó en una acción que honra a Mardoqueo, el judío que no quiso doblar su rodilla delante de Amán, primer ministro.

Pero la terrible carta de Asuero merece transcribirse

«Hay un pueblo malintencionado, mezclado a toda tribus que existen sobre la tierra, en oposición con todos pueblos en virtud de sus leyes, que desprecia continuamente el mandato de los reyes e impide la perfecta armonía del imperio que dirigimos. Habiendo, pues, sabido que este único pueblo, en contradicción completa con todo el género humano, del cual lo aparta el carácter extraño de sus leyes, mal dispuesto hacia nuestros intereses, comete los peores excesos e impide la prosperidad del reino, hemos ordenado… que sean todos, con mujeres e hijos, radicalmente exterminados por la espada de sus enemigos, sin ninguna misericordia, el decimocuarto día del mes de Ader, del presente año»[2].

Es sabido cómo la reina Esther, que era judía, consiguió de su esposo, el rey Asuero, la anulación del espantoso mandato.

Mil años antes de Cristo, bajo el reinado de Salomón, hallamos israelitas hasta en España (Tarsis), encargados de proveerle de oro y de plata[3].

Y Estrabón, en el primer siglo de nuestra era, afirma «que sería difícil señalar un solo sitio en la tierra donde los judíos no se hayan establecido poderosamente».

En todas partes proceden igual, forman un estado dentro del Estado, se infiltran en las leyes y en las costumbres y acaban por provocar el odio y la persecución.

«Los romanos –exclama Séneca– han adoptado el sábado». Y en otro lugar: «Esta nación abominable (Israel) ha llegado a difundir sus costumbres en el mundo entero; los vencidos han dictado la ley a los vencedores».

Y Tácito, por su parte, dice de los judíos: «Entre sí se guardan fidelidad y misericordia, pero contra todos los demás tienen enemistad y odio»[4].

El antisemitismo, o el odio al judío, no es, pues, un producto del cristianismo. Ha existido mucho antes de Cristo y también en pueblos como los árabes, enemigos a muerte de la Cruz.

Si el antisemitismo no es producto cristiano, ¿hemos de pensar que sea anticristiano?

[…]

Para guardar o continuar leyendo puede descargarse AQUÍ el texto completo.

* En «El Kahal Oro», Ediciones Thau, Buenos Aires, 1984, pp. 9-13.

[1] Éxodo, I, 9-10.

[2] Esther, 13, 4-7.

[3] I Reyes, 10-22. Actualmente España, después de treinta siglos de colonización judaica, no tiene sino tres mil israelitas en su territorio; y el gobierno de la Generalidad de Cataluña acaba de negar permiso para instalarse allí a un grupo de judíos expulsados del Saar alemán y no admitidos en Francia. La Argentina, con sólo medio siglo de colonización judaica, ya contiene 600.000 judíos, de los cuales hay 300.000 en Buenos Aires (Nota de 1935).

[4] Historia. V-5.)

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