Una vez escuché la historia de dos hermanos que se entendían a la perfección. Uno era sacerdote, el otro tenía una discapacidad que no le permitía entre otras cosas hablar. Sin embargo, el hermano sacerdote de tantos años que había vivido con él lo entendía a la perfección y por eso, su hermano con discapacidad con solo un gesto de la cara lo entendía.
Una vez en una conferencia, este sacerdote contó que cuando su hermano nació, su familia tuvo un gran rechazo a su hermano. Su familia, que eran católicos practicantes, se enojaron con Dios y se alejaron de la Iglesia porque no podían entender cómo Dios les podía haber hecho eso: “si nosotros somos una buena familia”; “si nosotros nos preocupamos por hacer las cosas según la Ley de Dios”; “si nosotros no somos como tantas familias que son cristianas de nombre”; “si nosotros…, si nosotros…, etc.” y entonces “¿por qué Dios nos haces esto?”; “¿por qué Dios nos tratas así?”; “¿por qué Dios nos castigas?”, etc. Eran las preguntas que sus padres hacían a Dios.
Eso hizo que de ser una familia “feliz” y “alegre”, se convirtieran en una familia “triste” e “infeliz”. Sin embargo, contaba este sacerdote que un día sus padres recibieron una gracia, se dieron cuenta que no se tenían que preguntar por qué, sino que la pregunta que tenían que hacer era “para qué”: “¿para qué Dios me envió este hijo?” Y eso les cambió la vida, porque le encontraron sentido a esa realidad que para ellos era insufrible y pasó a ser una cruz que encerraba un montón de gracias que gracias a preguntarse para qué y no por qué empezaron a descubrir. Y la alegría no sólo volvió a ese hogar, sino que volvió sobreabundantemente.
Esa es una de las claves de la fidelidad en las pruebas. Porque si nosotros tenemos fe en que, como dice san Pablo, todo sucede para el bien de los que aman a Dios (Ro 8,28) esas cosas que suceden en nuestra vida que no nos gustan, que no entendemos, que nos producen rechazo, etc. se convierten en un bien si las vemos del modo correcto y si en lugar de quejarnos preguntándonos “¿por qué a mí?” tratamos de entender la Voluntad de Dios que está detrás y el bien que Dios quiere darnos a través de este suceso no agradable en mi vida.
Preguntas como “¿para qué Dios me manda esta cruz?” o “¿cuál es la gracia que Dios me quiere conceder con esta cruz o situación difícil que estoy viviendo? son esenciales para poder ser fieles y alcanzar todas las gracias que Dios quiere derramar en nuestra alma por medios de las cruces cotidianas de la vida.


