San Juan de la Cruz como siempre hace honor a su nombre:
‘Cuando se ofreciere algún sinsabor o disgusto,
acuérdese de Cristo crucificado y calle’
(p. Buela, Mi Parroquia p. 62)
De regreso a la misión, después de las vacaciones, uno puede encontrarse con una sorpresa poco agradable: estar cansado, de mal humor y con pocas ganas de hacer las cosas. Nada demasiado extraordinario, por cierto, pero sí lo suficiente como para advertir que algo no anda bien. Y lo curioso es que muchas veces no encontramos una razón proporcionada para semejante estado de ánimo.
Los primeros días podemos atribuirlo al cansancio del viaje, al cambio de ritmo, a las ocupaciones acumuladas durante nuestra ausencia. Explicaciones todas bastante razonables. Pero pasan los días y la cosa no mejora.
Gracias a Dios, en la vida religiosa contamos con buenas herramientas para estas situaciones. San Ignacio nos ha enseñado a examinarnos, a discernir los movimientos del alma y a practicar el agere contra, es decir, a obrar contra aquello que nos aparta del bien. Pero una cosa es conocer los remedios y otra, bastante distinta, acertar con la enfermedad.
A veces hacen falta varios días de examen para descubrir lo que nos sucede. Y entonces viene la sorpresa: no eran las ocupaciones, ni el cansancio, ni las circunstancias exteriores. Era un apetito que, sin que nos diéramos cuenta, se había ido desordenando.
¡Y qué trabajo cuesta reconocer estas cosas! Sobre todo cuando el apetito se esconde detrás de algo bueno y encuentra razones de sobra para justificar sus exigencias.
Situaciones como esta ayudan a comprender mejor lo que san Juan de la Cruz enseña en los capítulos 6 al 10 del primer libro de la Subida al Monte Carmelo, donde describe los daños que causan los apetitos desordenados. Allí encontramos, expuesto con una precisión desconcertante, el retrato de muchas de nuestras inquietudes y desasosiegos.
Y es que el Santo no se contenta con explicar esos daños. Los pinta. Y los pinta con imágenes tan gráficas que uno termina por reconocerse en ellas, aunque no siempre salga bien parado del retrato.
San Juan de la Cruz comienza distinguiendo dos daños principales. El primero, que llama privativo, consiste en que los apetitos privan al alma del espíritu de Dios. El segundo, que llama positivo, comprende los estragos que producen dentro de ella.
Estos últimos son cinco: cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen.
Cinco verbos. Cinco males del alma. Y cinco buenas razones para comprender por qué a veces nos cuesta tanto encontrar la paz.
San Juan de la Cruz compara los apetitos con unos niños caprichosos: «Son como unos hijuelos inquietos y de mal contento, que siempre están pidiendo a su madre uno y otro, y nunca se contentan».
La imagen es magnífica. Una pobre madre rodeada de hijos que piden a gritos. Uno quiere agua, otro pan, otro que lo alcen, otro que lo bajen. Y cuando finalmente consigue satisfacerlos, empiezan otra vez.
Así son nuestros apetitos.
Pongamos un ejemplo, de esos que podrían sucederle a cualquiera.
Tengo una amistad que aprecio muchísimo. Una persona excelente, a quien quiero sinceramente y con quien me gusta conversar. Hasta aquí no hay ningún problema. La amistad es un bien, y de los grandes.
Pero sucede que un día le escribo un mensaje y no me responde. Miro el teléfono. Nada. Lo vuelvo a mirar a los diez minutos. Nada.
Pienso que quizá está ocupada. Una explicación perfectamente razonable. Pero, al cabo de media hora, vuelvo a mirar. Y después otra vez.
—¿Habrá leído el mensaje? ¿Por qué no contesta? ¿Habré dicho algo inconveniente?
Finalmente llega la respuesta. ¡Magnífico! Recuperamos la paz. ¿La recuperamos?
Por un rato. Porque ahora quisiéramos que nos escribiera algo más, que se interesara por nosotros, que manifestara el mismo afecto. Y mañana volveremos a empezar.
El problema no está en la amistad, sino en el apetito que hemos dejado crecer dentro de ella. Queríamos a una persona y, sin advertirlo, hemos empezado a exigirle que satisfaga nuestra necesidad de ser queridos.
San Juan de la Cruz compara también al alma dominada por sus apetitos con quien busca saciar el hambre tragando viento. Cuanto más abre la boca, menos se alimenta.
Y añade otra imagen todavía más terrible: la del fuego. El fuego ordinario disminuye cuando se acaba la leña; el apetito desordenado, en cambio, puede quedar más encendido después de haber conseguido lo que buscaba.
¡Extraña manera de alimentarse! Cuanto más come, más hambre tiene.
Por eso no basta con satisfacer todos nuestros deseos para alcanzar la paz. A veces sucede precisamente lo contrario: cada satisfacción alimenta una nueva exigencia.
El apetito promete descanso, pero nos obliga a trabajar continuamente para él.
Los otros cuatro daños merecerían una reflexión semejante, pero prefiero dejar al lector el gusto de descubrirlos directamente en las páginas del santo. Sus imágenes forman un verdadero catálogo de tormentos, porque los apetitos no solamente cansan: también atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen.
Atormentan. El santo compara al alma con un hombre desnudo que se acuesta sobre espinas y puntas. Por mucho que se mueva, no encuentra postura para descansar. También la compara con el buey que trabaja bajo el arado, obligado a tirar de una carga que lo fatiga. ¡Y pensar que tantas veces somos nosotros mismos quienes alimentamos aquello que nos atormenta!
Oscurecen. Aquí aparecen los vapores que enturbian el aire, el espejo empañado y el agua mezclada con cieno. Pero quizá la imagen más expresiva sea la de la mariposilla que, encandilada por la hermosura de la luz, termina abrasada en la hoguera. Así sucede cuando un afecto desordenado nos impide juzgar rectamente. Vemos muy bien lo que deseamos, pero dejamos de ver todo lo demás.
Ensucian. «El que tocare a la pez, ensuciarse ha de ella», recuerda el santo. La pez es negra y pegajosa: basta tocarla para quedar manchado. Algo semejante sucede cuando el amor propio se mezcla con nuestras mejores obras. Podemos trabajar por la gloria de Dios y, al mismo tiempo, reservarnos una pequeña parte de esa gloria para nosotros.
Enflaquecen. Finalmente, los apetitos consumen las fuerzas del alma. San Juan de la Cruz emplea una imagen terrible: los hijos de la víbora que, según una antigua creencia, devoran a su madre desde dentro. Así también el apetito vive a costa de quien lo alimenta. Cuanto más crece él, más se debilita el alma para la virtud.
¡Qué bien conocía san Juan de la Cruz el corazón humano! Y qué poco han cambiado nuestros apetitos desde el siglo XVI. Podrán cambiar los objetos que deseamos, pero seguimos siendo atormentados por las mismas espinas, encandilados por las mismas luces y devorados por nuestros propios deseos.
Después de describir estos daños, san Juan de la Cruz hace una observación que debería hacernos pensar, especialmente a quienes vivimos consagrados a Dios.
Se lamenta de aquellos que se cargan de penitencias extraordinarias y multiplican sus ejercicios espirituales, pero no se preocupan por negar sus apetitos. Y afirma que, si emplearan en esta mortificación la mitad de sus esfuerzos, aprovecharían más en un mes que con muchos otros ejercicios durante años.
Podemos levantarnos temprano, ayunar, rezar muchas horas y cumplir fielmente nuestras obligaciones. Todo eso es bueno. Pero quizá nos resulte más fácil privarnos del postre que renunciar a tener la última palabra. Más fácil levantarnos media hora antes para rezar que soportar serenamente que otro no nos tenga en cuenta, que no nos consulte o que no nos pida opinión. Más fácil aceptar una penitencia extraordinaria que abandonar una pequeña satisfacción a la que estamos demasiado apegados.
Y por esas pequeñeces perdemos una paz que no nos habían quitado las grandes renuncias.
La verdadera mortificación consiste, muchas veces, en descubrir cuál es ese pequeño apetito que gobierna nuestra vida y comenzar a negarle obediencia.
No porque aquello que deseamos sea necesariamente malo, sino porque ninguna criatura debe ocupar en nuestro corazón el lugar que corresponde a Dios.
Chesterton escribió en Ortodoxia que la alegría es el gigantesco secreto del cristiano. Y san Juan de la Cruz nos ayuda a comprender por qué.
El hombre sometido a sus apetitos nunca está satisfecho. Siempre le falta algo. Siempre espera una respuesta, una consideración. Y cuando consigue lo que deseaba, ya ha comenzado a desear otra cosa.
El alma desprendida, en cambio, puede amar las criaturas sin quedar prisionera de ellas. Puede recibir sus bienes con gratitud y soportar su ausencia con libertad. No porque sea insensible, sino porque su corazón tiene un centro más alto.
Y quizá la próxima vez que perdamos la paz porque alguien no respondió un mensaje, porque no nos agradecieron un servicio o porque las cosas no salieron a nuestro gusto, convenga recordar a aquella pobre madre rodeada de hijuelos caprichosos.
Tal vez uno de esos niños esté gritando dentro de nosotros.
Y tal vez haya llegado la hora de enseñarle a callar.
Gabriel M Prado, IVE