1 Reyes 2 Biblia Straubinger Capítulo 2 de 22

1 Reyes 2

Libros históricos · Antiguo Testamento

Este domingo: Mt 5, 1-12 Índice de libros

Texto de 1 Reyes 2

Ultimas disposiciones de David

1 Estando ya cerca los días de su muerte, dio David a su hijo Salomón estas órdenes: 2 «Yo me voy por el camino de todos los mortales; muéstrate fuerte y sé hombre. 3 Observa las obligaciones para con Yahvé, tu Dios, siguiendo sus caminos y cumpliendo sus mandamientos, sus leyes, sus preceptos y testimonios, como están escritos en la Ley de Moisés, para que aciertes en cuanto hagas y adondequiera que dirijas tus pasos,* 4 a fin de que Yahvé cumpla la palabra que pronunció respecto de mi persona, diciendo: “Si tus hijos observan el recto camino, andando fielmente delante de Mí, con todo su corazón y con toda su alma, nunca te faltará hombre (de tu linaje) sobre el trono de Israel.”* 5 Ya sabes también tú lo que me ha hecho Joab, hijo de Sarvia; lo que hizo a los dos jefes del ejército de Israel: a Abner, hijo de Ner, y a Amasá, hijo de Jéter, cómo los mató, derramando sangre de guerra en tiempo de paz, y echando sangre de guerra sobre el cinturón ceñido a sus lomos, y sobre los zapatos que llevaba en sus pies.* 6 Harás conforme a tu sabiduría, y no permitas que desciendan sus canas en paz al scheol. 7 Con los hijos de Barzillai, el galaadita, usarás de benevolencia, y serán ellos (de) los que comen a tu mesa; porque de la misma manera me atendieron ellos a mí, cuando iba huyendo de Absalón, tu hermano.* 8 Tienes también contigo a Semeí, hijo de Gerá, benjaminita, de Bahurim, el cual me maldijo con maldición horrenda en el día de mí huida a Mahanaim. Pero cuando descendió al Jordán a mi encuentro, yo le juré por Yahvé, diciendo: “No te haré morir a espada”. 9 Ahora, empero, no le dejes impune, ya que eres sabio y entiendes lo que debes hacer con él; harás, pues, que sus canas bajen con sangre al scheol.»

Muerte de David

10 Se durmió entonces David con sus padres y fue sepultado en la ciudad de David.* 11 El tiempo que reinó David sobre Israel fue de cuarenta años. En Hebrón reinó siete años, y en Jerusalén treinta y tres años. 12 Y Salomón se sentó en el trono de su padre David y su reino quedó firmemente establecido.

Muerte de Adonías

13 Adonías, hijo de Hagit, fue a ver a Betsabee, madre de Salomón. Le preguntó ella: «¿Vienes en paz?» «En paz», respondió él. 14 Y dijo: «Tengo una cosa que decirte.» Ella respondió: «Habla.» 15 Dijo pues: «Bien sabes que el reino era mío y que todo Israel tenía puesta en mí la mirada para que yo reinara. Pero el reino ha sido transferido y vino a ser de mi hermano, porque le correspondía por voluntad de Yahvé. 16 Ahora una sola cosa te pido; no me la niegues.» Y ella le dijo: «Habla.» 17 Entonces dijo: «Di por favor al rey Salomón —porque él no te lo negará— que me dé a Abisag, la sunamita, por mujer.» 18 «Bien, respondió Betsabee, yo hablaré por ti con el rey.»

19 Se presentó Betsabee ante el rey Salomón, para hablar con él en favor de Adonías. Y se levantó el rey para salir a su encuentro, y se inclinó ante ella. Luego se sentó en su trono, e hizo poner un trono para la madre del rey, la cual se sentó a su diestra. 20 Y le dijo: «Vengo a pedirte una pequeña cosa, no me la niegues.» «Pide, madre mía, dijo el rey, que no te la negaré.» 21 Dijo ella: «Dese Abisag, la sunamita, por mujer a Adonías, tu hermano.» 22 Entonces respondió el rey Salomón y dijo a su madre: «¿Por qué pides (solamente) a Abisag, la sunamita, para Adonías? Pide también para él el reino —puesto que es mi hermano mayor—, para él, para el sacerdote Abiatar y para Joab, hijo de Sarvia.» 23 Y el rey Salomón juró por Yahvé, diciendo: «Esto haga Dios conmigo, y más aún, si Adonías no ha hablado en daño de su propia vida. 24 Ahora pues, ¡vive Yahvé! que me ha confirmado y sentado sobre el trono de mi padre David y que según su promesa me ha fundado casa, que hoy mismo morirá Adonías.»* 25 Y envió el rey Salomón a Banaías, hijo de Joiadá, el cual se arrojó sobre él; y así murió.

Destierro de Abiatar

26 Al sacerdote Abiatar le dijo el rey: «Vete a Anatot, a tus posesiones, pues eres digno de muerte; pero no te quito hoy la vida, por cuanto llevaste el Arca de Yahvé, el Señor, delante de mi padre David y has tomado parte en todo lo que padeció mi padre.» 27 Y Salomón expulsó a Abiatar para que no fuese sacerdote de Yahvé, cumpliendo así la palabra que Yahvé había dicho contra la casa de Helí en Silo.*

Muerte de Joab

28 Llegó la noticia de esto a Joab, el cual había seguido el partido de Adonías, bien que no se había acogido a Absalón. Huyó, pues, Joab al Tabernáculo de Yahvé, donde se asió de los cuernos del altar.* 29 Se le dijo al rey Salomón: «Joab ha huido al Tabernáculo de Yahvé, y he aquí qué está al lado del altar.» Entonces Salomón envió a Banaías, hijo de Joiadá, diciendo: «Ve y arrójate sobre él.» 30 Fue, pues, Banaías al Tabernáculo de Yahvé, y dijo: «Así ordena el rey: ¡Sal!» Mas él respondió: «No, sino que moriré aquí.» Banaías llevó esta respuesta al rey, diciendo: «Así ha dicho Joab, y así me ha contestado.» 31 Respondióle el rey: «Haz como él ha dicho; acomételo, y después entiérrale; así quitarás de sobre mí y de sobre la casa de mi padre la sangre inocente que Joab ha derramado. 32 Así Yahvé hace recaer su delito de sangre sobre su misma cabeza; puesto que asaltó a dos hombres, más justos y mejores que él, y los mató a espada, sin que mi padre David lo supiese: a Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Israel, y a Amasá, hijo de Jéter, jefe del ejército de Judá. 33 Recaiga, pues, la sangre de ellos sobre la cabeza de Joab y sobre la cabeza de su linaje para siempre; ¡pero sobre David y su linaje, sobre su casa y su trono, haya paz sempiterna de parte de Yahvé!» 34 Subió, pues, Banaías, hijo de Joiadá, y arrojándose sobre él le mató; y fue sepultado en su misma posesión, en el desierto.* 35 En su lugar puso el rey sobre el ejército a Banaías, hijo de Joiadá, y al sacerdote Sadoc lo puso en el lugar de Abiatar.*

Castigo de Semeí

36 El rey hizo llamar a Semeí y le dijo: «Edifícate una casa en Jerusalén y habita en ella, y no salgas de allí a ninguna parte; 37 pues ten bien entendido que morirás sin remedio el día en que salgas y pases el torrente Cedrón. Tu sangre recaerá entonces sobre tu propia cabeza.» 38 Respondió Semeí al rey: «La orden es buena. Como ha dicho mi señor el rey, así lo hará tu siervo.» Y habitó Semeí en Jerusalén largo tiempo.

39 Al cabo de tres años aconteció que dos esclavos de Semeí se escaparon yéndose a Aquís, hijo de Maacá, rey de Gat. Le avisaron a Semeí, diciendo: «He aquí que tus esclavos se hallan en Gat.» 40 Con esto Semeí se levantó y aparejó su asno para dirigirse a Gat, a Aquís, en busca de sus siervos. Así, pues, Semeí marchó y trajo a sus siervos de Gat. 41 Mas fue informado Salomón de que Semeí había ido de Jerusalén a Gat, y estaba de vuelta. 42 Entonces el rey hizo llamar a Semeí y le dijo: «¿No te hice jurar por Yahvé y te advertí, diciendo: Ten bien entendido que el día en que salgas para ir a cualquier parte morirás sin remedio? Y tú mismo me respondiste: “Buena es la orden que acabo de oír”. 43 ¿Por qué pues no has cumplido el juramento de Yahvé, y el precepto que yo te puse?» 44 Dijo también el rey a Semeí: «Tú sabes todo el mal —y tú misma conciencia lo reconoce— que hiciste a mi padre David. Por eso Yahvé hace recaer tu maldad sobre tu propia cabeza. 45 Mas el rey Salomón será bendito, y el trono de David estable ante Yahvé para siempre.» 46 Y el rey mandó a Banaías, hijo de Joiadá, el cual salió y se arrojó sobre él de suerte que murió. Así el reino se afianzó en manos de Salomón.*

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