«Me regocijo de ser imperfecta» – Santa Teresita del Niño Jesús

No porque Teresa haya inventado una doctrina nueva, ya que no ha habido un alma más evangélica y más tradicional que la suya, sino porque, con audacia,  entendió maravillosamente que «hay faltas que no causan pesar a Dios», y que, por decirlo así, «no le ofenden»: tales son todas las pequeñas caídas «que sólo sirven para humillarnos-y para hacer más fuerte nuestro amor»[1]. Descubrimiento capital, que trae a la memoria aquella expresión de san Agustín al comentar a san Pablo: «Todo coopera al bien de los que aman a Dios, todo, aun nuestros pecados.» Esta doctrina teresiana revela una psicología en extremo realista. ¿Cuál es el director que no se ha encontrado con estas almas laberínticas, que viven perpetuamente replegadas en sí mismas ante el recuerdo de su miseria, y que, por esta causa, son incapaces de lanzarse hasta Dios, para fijarse definitivamente en Él? El reconocimiento leal de su flaqueza las liberaría para siempre. La espiritualidad teresiana con su «caminito» de infancia nos recuerda muy oportunamente la utilidad de estas caídas y recaídas cotidianas: «Veis cómo los niños «pequeñitos» no cesan de romper, de rasgar, de caer, mientras aman mucho a sus padres. ¿Dejan, por esto, los padres, de colmarlos de caricias? Cuando yo caigo cómo un niño, esto me hace tocar con el dedo mi nada y mi debilidad. Entonces digo: «¿Qué sería de mí, qué haría si me apoyase en mis propias fuerzas?» Comprendo muy bien que san Pedro cayera. ¡Pobre san Pedro! Se apoyaba en sí mismo, en lugar de apoyarse en la fuerza de Dios. Nuestro Señor quiso mostrarle su debilidad, para que, al gobernar a toda la Iglesia llena de pecadores, sintiese por sí mismo lo que puede el hombre sin la ayuda de Dios»[2]. Tocamos aquí una de las enseñanzas más importantes de la espiritualidad cristiana: es necesario saber aceptar la propia miseria y aun encontrar en ella el gozo. «La pena que abate nace del amor propio»[3]. «Cuanto más reconocemos humildemente que somos débiles y miserables, tanto más Dios se inclina hacia nosotros, para colmarnos con magnificencia de sus dones»[4]. Con una delicadeza exquisita, santa Teresa encamina a un alma misionera hacia esta verdad fundamental, con la cual la sierva de Dios se abraza siempre como con uno de los puntos esenciales de su «camino de infancia»: «Soy enteramente de vuestro parecer: al Corazón de Jesús le entristecen más las mil imperfecciones de sus amigos que las faltas más graves que cometen sus enemigos. Pero, hermano mío, me parece que esto ocurre tan sólo cuando los suyos hacen un hábito de sus infidelidades y no le piden perdón. En cuanto a los que le aman y se echan a sus pies, pidiéndole perdón después de cada caída, Jesús salta de gozo. Él dice a sus ángeles lo que el padre del hijo pródigo dijo a sus criados: «Ponedle un anillo en el dedo y alegrémonos.» ¡Ah! ¡Qué poco conocidos son la bondad y el amor misericordioso del Corazón de Jesús! Es verdad que, para gozar de estos tesoros, es menester humillarse, reconocer la propia nada, y he aquí lo que muchas almas no quieren hacer»[5]. «Los mismos santos dejan escapar una multitud de pequeñas faltas, que les recuerdan su culpable fragilidad y su nada. Podría escribirse un libro magnífico y muy consolador sobre las imperfecciones de los santos: en su mayor parte, faltas veniales indeliberadas, a las cuales ninguna criatura ha podido substraerse, excepción hecha de la Madre de Dios y de san José. Un gran doctor, que al mismo tiempo fue un gran santo, hace notar que los más heroicos siervos de Dios no pueden substraerse a esta ley común de la debilidad humana. Todos los santos tienen sus minutos de fragilidad»[6]. Por una intuición excepcional de los dones de sabiduría y de consejo, santa Teresa de Lisieux supo hacer de esta amada visión de su miseria la base de su espiritualidad. «Quisiéramos no caer nunca. ¡Qué ilusión!» Y añade esta exclamación sublime: «Y qué me importa a mí caer a cada instante! Así siento mi debilidad y saco de ello gran provecho»[7]. Tales acentos caracterizan una espiritualidad. En lugar de soñar en una perfección imposible, que, por reacción, produciría desquites terribles en la naturaleza, sumergiéndonos en el desaliento, Teresita prefiere confesar simplemente su fragilidad, para que Dios encuentre ocasión de glorificarse en su nada. «Siento muchas debilidades, pero nunca me admiro de ello. No siempre me sobrepongo tan pronto como quisiera a las nonadas de la tierra. Por ejemplo: estoy tentada de inquietarme por una necedad que haya dicho o hecho. Entonces entro simplemente dentro de mí misma y digo; «¡Ah! Todavía estoy en el primer punto como antes.» Pero lo digo con grande paz, sin tristeza. ¡Es tan dulce sentirse débil y pequeña[8].

El proceso de canonización de sor Teresa del Niño Jesús está lleno de estos rasgos cotidianos, que nos la muestran avanzando siempre hacia la más alta perfección, sin dejarse desalentar ni aun retrasar por las inevitables faltas nacidas de su naturaleza sensible. «En lugar de afligirse por ello —refiere la madre Inés— estaba pronta para reparar sus debilidades. La vi pidiendo perdón con una humildad conmovedora a las hermanas, a quienes creía haber contristado. El 29 de julio de 1897 en la enfermería, se expresó a una de ellas con santa vehemencia: « ¡Ah! Os pido perdón; rogad por mí», dijo con lágrimas. En seguida su rostro apareció tranquilo, y añadió: «Siento un gozo muy vivo, no sólo de saber que soy imperfecta, sino particularmente de sentirlo y de tener tanta necesidad de la misericordia de Dios en el momento de la muerte«»[9].

Un día en que sor Teresa del Niño Jesús padecía un fuerte acceso de fiebre, una de las hermanas fue a pedirle su ayuda inmediata para un trabajo de pintura difícil de realizar. Una ligera emoción se traslució en su rostro, dejando entrever el combate interior. La madre Inés de Jesús, que estaba presente, lo advirtió. Por la noche, Teresa le escribió esta carta: «Muy amada Madre: En seguida vuestra hija ha derramado dulces lágrimas: lágrimas de arrepentimiento, pero más aún de gratitud y de amor. ¡Hoy te he mostrado mi virtud y mis tesoros de paciencia!. ¡Yo que también predico a los demás! Estoy contenta de que hayáis visto mi imperfección. No me habéis reprendido…, sin embargo, lo merecía. Pero en cualquier circunstancia, me habla más hondo vuestra mansedumbre que si fueran palabras severas. Sois para mí como la imagen de la misericordia divina. Al entrar en mi celda, me he preguntado lo que Jesús pensaba de mí. En seguida me he acordado de lo que dijo un día a la mujer adúltera:   «¿Alguien te ha condenado?» Y también, con las lágrimas en los ojos, le he respondido: «Nadie, Señor, y sé muy bien que puedo retirarme en paz, porque tampoco Vos me condenaréis.» Os lo confieso: soy mucho más feliz por haber sido imperfecta, que si, sostenida por la gracia, hubiese sido un modelo de paciencia. ¡Me hace tanto bien ver que Jesús es siempre tan dulce y tan tierno conmigo! Verdaderamente hay para morir de agradecimiento y de amor. Comprenderéis que el vaso de la misericordia divina ha rebosado esta noche sobre vuestra hija»[10].

Se siente uno feliz al oír sobre este punto capital de espiritualidad las confidencias de una santa tan grande. La Iglesia, al canonizarla, ha canonizado su doctrina. La infancia espiritual va dirigida a todas las «almas débiles e imperfectas». Les enseña a no afligirse por las flaquezas cotidianas, sino a utilizarlas para elevarse siempre más alto hacia la santidad.

 

 

SANTA TERESA DE LISIEUX » UN CAMINO ENTERAMENTE NUEVO»
M. M. PHILIPON

 

[1] Carta a la madre Inés de Jesús, 1890.

[2] Novissima Verba, 7 de agosto de 1897.

[3] Proceso Apostólico, 1.403, Sor María de la Trinidad.

[4] Proceso Apostólico, 1.403, Sor MaHa de la Trinidad.

[5] Carta del 13 de julio de 1897.

[6] Santo Tomás, III p. 79, art 4, ad 2.

[7] Carta a Celina, 12 de marzo de 1889.

[8] Novissima Verba, 5 de julio de 1897.

[9] Proceso Apostólico, 758, madre Inés de Jesús.

[10] Carta a la madre Inés, 28 de mayo de 1897.

3 Comentarios
  1. Jeronimo Ortiz Dice

    Quiero aprender más de la vida Espíritua

    1. Ricardo Díaz Z Dice

      Estar en la búsqueda del amor para amar, reconociendo nuestra penas, pecados y saber de nuestra conciencia sucia por tantos errores; con humildad me acercó a ti señor para decirte que tarde te amé…

  2. Effie Carrión Dice

    Esta lectura es profunda, me pone a pensar rápidamente que diferente se pueden sentir nuestras debilidades, cuando lo enfocamos desde esté punto tan interesante que vivía la Santa.
    Señor ayúdanos a discernir en nuestro día a día, nuestras faltas , hacer más humildes para doblar rodillas e inclinar cabezas para pedirte perdón de corazón ♥️. Amén 🙏

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