El beso al leproso – un episodio de la vida de San Francisco de Asís

Ésta era la ocupación de Francisco en los primeros años que siguieron a su separación de los amigos y a su renuncia a la vida de los placeres: «Vivía escondido en la soledad de las grutas, o trabajando en reconstruir iglesias».

La oración en la soledad y el trabajo personal por la gloria de Dios, he ahí el doble medio de que Francisco echó mano, después de abandonar el mundo, para conocer con toda claridad los designios de Dios acerca de él.

A corta distancia de la ciudad y en una de las rocas de la montaña había una gruta, adonde Francisco acostumbraba retirarse a orar, a veces sólo, las más de las veces acompañado de un amigo, el único que parece haberle permanecido fiel después de su conversión. En aquella caverna sombría y solitaria encontró Francisco su oratorio, donde, con toda libertad, y a toda hora, podía interrogar al Padre celestial. El deseo de cumplir la divina voluntad crecía en él de día en día, y no tardó en entender claramente que, mientras no llegase a saber a punto fijo los designios de Dios acerca de él, no tendría paz en su corazón. A cada momento acudían a sus labios estas palabras del Salmista, que expresan la esencia de la verdadera adoración: «Señor, muéstrame tus caminos; enséñame la verdad de tus senderos».

Mientras más avanzaba en su nuevo tenor de vida, más se esclarecía su mente, más tétrica y detestable le parecía su pasada juventud, más amargamente lamentaba el empleo que había hecho de sus años floridos; el recuerdo de sus diversiones y locuras le llenaban el alma de desazón y saludable espanto. Porque ¿qué seguridad podía abrigar de no recaer? ¡Había recibido ya tantos avisos y de ninguno se había querido aprovechar! Ya vendrían sus amigos a sacarle de su retiro; tornarían a halagar sus sentidos el perfume de los banquetes y las armonías de la viola y del laúd, y entonces ¿de dónde iba a sacar fuerzas para resistir y no precipitarse, como antes, en ese mundo regocijado de fiestas y dorados ensueños, que se presentaba a su fantasía cual lisonjero contraste con esa otra vida que él llevaba tan llena de sinsabores y cotidianos trabajos? Francisco no tenía confianza alguna en sí mismo, y Dios parecía negarse a otorgarle el socorro que con tantas ansias le pedía. Llena el alma de angustia y desolación, luchaba en la oscuridad de su retiro por llegar cuanto antes a puerto de salud, y cuando, al rayar el alba, tornaba a él su fiel amigo, trabajo le costaba reconocerle al través de las torturas y ruinas que ostentaba su rostro lloroso y demacrado. Así fue como llegó Francisco a ser hombre de oración. Desde entonces empezó a experimentar la inefable dulzura que produce el trato íntimo del alma con Dios, en tales términos que, cuando se le acercaban en las calles o en las plazas sus compañeros, luego los dejaba y corría a la iglesia más vecina a ponerse en oración arrodillado delante del altar.

Mientras estos cambios se verificaban en el corazón de Francisco, su padre se ausentaba frecuentemente de Asís, y durante estas ausencias, su madre, que según dicen todos los biógrafos le amaba más que a los otros hijos, le daba toda libertad para que hiciera todo lo que le viniese en gana. Por lo demás, parece que por aquel tiempo todavía vivía la misma vida de familia que antes; sólo que en sus festines los pobres habían reemplazado a los amigos: a los pobres buscaba, con ellos tenía sus diversiones y banquetes, para ellos eran todos sus cuidados y regalos. Un día, al ir con él su madre a sentarse a la mesa, observó ella que su hijo había puesto tanta cantidad de pan, que bastaba para numerosa familia; preguntóle qué significaba semejante inusitado lujo, y Francisco le respondió que aquel pan se destinaba a los pobres. Si le acontecía topar por la calle con un mendigo pidiendo limosna, le daba todo el dinero que llevaba consigo; si no tenía dinero a mano, daba el sombrero, el cinto y, en casos extremos y con los debidos miramientos, hasta la ropa interior. También le preocuparon desde entonces las necesidades de los sacerdotes y de las iglesias pobres, y a menudo compraba vasos sagrados que enviaba secretamente a las iglesias que los habían menester, dando así las primeras muestras de esa ferviente solicitud de toda su vida por el decoro de las iglesias y que, andando los años, le impulsaría a enviar «a todas las provincias de la orden hermosos moldes hostieros, para que en todas partes pudiesen hacer lindas hostias para el santo sacrificio». 

Sin embargo, ahora eran los pobres el objeto de todos sus pensamientos y desvelos; su ocupación continua era visitarlos, escuchar sus lamentos, aliviar su mísera condición; deseaba ardientemente estar en lugar de ellos, siquiera una vez, para saber por experiencia propia lo que es ser pobre, lo que pasa en el interior de un pobre cuando, sucio y harapiento, humilde y abatido, sombrero en mano, demanda socorro. Muchas veces, a buen seguro, trató de satisfacer esta curiosidad, quedándose horas enteras a las puertas de los templos, mezclado con los pordioseros. Pero una cosa es ver a los mendigos y otras serlo, practicar la mendicidad, verse forzado a detener a los transeúntes e implorar su compasión

Pero los biógrafos del Santo no nos dicen nada sobre este período de meditación callada y solitaria; en cambio él mismo nos ha dejado en su Testamento, escrito pocos años antes de morir, preciosas confesiones, por ejemplo ésta: «El Señor me dio la gracia de que así comenzase a hacer penitencia; porque, como yo estuviese entonces envuelto en pecados, me era muy amargo ver a los leprosos; pero el Señor me trajo a ellos, y usé de misericordia con ellos». La condición de los leprosos en la Edad Media era mucho mejor que la de todos los demás enfermos y pobres; porque, en vista de cierto pasaje de Isaías, se les consideraba como símbolos vivos del divino Salvador más que a todo el resto de la humanidad paciente. Gregorio el Grande cuenta la historia del monje Martirio, quien, habiendo encontrado por el camino a un leproso agobiado de dolores y falto de fuerzas para continuar su viaje, le envolvió en su propio manto y, tomándole en brazos, se lo llevaba a su convento, cuando he aquí que de repente el leproso se trueca en Jesucristo, quien, antes de desaparecer, da su bendición al monje, añadiendo: «Martirio, tú no te has avergonzado de mí en la tierra; yo tampoco me avergonzaré de ti en el cielo». Análogos casos se cuentan de S. Julián el hospitalario, del Papa IX, del bienaventurado Columbino, etc.

Eran, pues, los leprosos de la Edad Media objeto de una solicitud de todo en todo particular; eran los pobres preferidos por la caridad tanto privada como pública. Había toda una orden de caballería, la de San Lázaro, fundada especialmente para cuidar de ellos. La Europa entera estaba sembrada de lazaretos; a fines del siglo XIII ascendía a 19.000 el número de estos benditos asilos, donde los leprosos vivían en una especie de comunidad conventual. Así y todo, aquellos infelices arrastraban una vida llena de miseria y de tristeza, excluidos como estaban de la sociedad en todos los países, en virtud de leyes severas que les vedaban tener relación alguna con las demás gentes. 

Como en toda Italia, había también en Asís un hospital de leprosos, instalado fuera y a cierta distancia de las murallas, sobre el camino que va a la Porciúncula… Dicho hospital se llamaba de «San Salvador de los Muros» y estaba a cargo de una orden recién fundada, bajo Alejandro III, expresamente para el cuidado de los leprosos. 

Muchas veces había pasado Francisco por delante de esta casa; pero siempre, sólo al verla, experimentaba profundo disgusto. De buen grado daba limosna para los leprosos, pero a condición de que otro se encargara de llevársela. Cuando el viento soplaba del lado del hospital y llegaba hasta San Francisco el hedor repugnante de la fatal enfermedad, él al punto volvía el rostro y echaba a correr, tapándose las narices.

Aquí estaba, pues, su mayor debilidad; aquí era donde iba a librar más recia batalla y a obtener más espléndida victoria. 

Un día, estando en su acostumbrada oración, oyó, por fin, la anhelada respuesta, y fue la siguiente: «Francisco, si quieres conocer mi voluntad, has de despreciar y aborrecer cuanto aman y apetecen tus sentidos. Cuando esto hayas logrado, entonces te será amargo e insufrible lo que antes te era dulce y deleitoso, y hallarás gozo y contentamiento en lo que antes detestabas». Francisco entendió el programa que estas palabras encerraban para él, el tenor de vida que le indicaban con toda claridad. 

Sin duda alguna, en estas palabras iba meditando en uno de esos paseos que solía hacer por el valle de la Umbría, cuando de repente se le espanta el caballo y descubre delante de sí, como a veinte pasos de distancia, a un leproso en el traje que usaban los de su condición y que era muy fácil reconocer. Su primer impulso fue volver grupas y huir más que ligero; pero al instante tornaron a resonar en su conciencia distintas y netas las referidas palabras: «Lo que te era odioso te será en adelante dulce y amable». ¿Y qué cosa más horrible para él en el mundo que un leproso? Llegado era, pues, el momento de que se cumpliera en él la palabra del Señor. Haciendo un extraordinario esfuerzo de reflexión, se apea del caballo, avanza hasta el leproso a despecho del hedor nauseabundo que ya le invade el olfato, le da limosna y le besa la mano cubierta de asquerosas llagas. 

Un momento después se halló sobre su caballo sin saber cómo: tan honda emoción había experimentado. El corazón le latía de modo extraordinario; temblaba de pies a cabeza y no supo el camino que tomó. Pero el Señor había cumplido su palabra: el bienestar y el gozo más inefable inundaba todo su ser; no hallaba cómo contener en su pecho la alegría; iba nadando en un mar de felicidad nunca soñada; linfas y auras de paraíso refrescaban la tierra sedienta de su corazón.

Al día siguiente tomó muy de agrado el camino de «Salvador de los muros», que antes miraba con tan vivo horror; llegado a la puerta golpeó, le abrieron, y entró por primera vez en su vida en el hospital de los leprosos. De todas las celdas acudieron a él los míseros enfermos con sus rostros carcomidos, cegados y sanguinolentos los ojos, los pies hinchados y torcidos, las manos sin dedos… Toda aquella espantable muchedumbre se agrupó en torno del hijo del mercader, exhalando de sus enfermas gargantas tan insufrible fetidez, que Francisco, a pesar de su heroísmo, no pudo menos de taparse un momento las narices para defenderse de la infección. Pero en seguida logró reponerse, metió la mano en el bolsillo, que llevaba repleto de dinero, y se puso a repartir limosna, cubriendo las manos de los enfermos a un mismo tiempo de dinero y de tiernos besos, como había hecho la víspera con el leproso del camino. Sin duda alguna, Francisco había obtenido la victoria más grande a que puede aspirar el hombre: la victoria sobre sí mismo. Ya era dueño, y no (¡ay! como tantos de nosotros) esclavo de sí propio.

Pero en esta lucha interna no hay triunfo tan completo que ahorre toda ulterior vigilancia; porque el enemigo, vencido y todo, siempre queda al acecho del momento oportuno para la represalia. Francisco había ganado una gran batalla; pero debía prepararse para las pequeñas escaramuzas en que aún podía sucumbir. Continuó, pues, frecuentando diariamente su gruta y sus ejercicios de oración.

 «San Francisco de Asís», J. Joergensen

1 comentario
  1. Eliana Ibaceta Dice

    SOY Enfermera y en pleno siglo xxI,sigue habiendo lepra,tanto física, como del alma
    Me imagino,cuando no había tanta medicación como ahora…
    Que misión tan ejemplificadora de San %Francisco de Asis.
    Siguió, con un verdadero amor, el ejemplo de Jesucristo.
    Oh mi buen Jesús ,dame un corazón manzo y humilde…para ser tu esclava.
    Y un amor que sólo tú conoces a nuestra querida madre Vírgen Maria

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