Consagración a la Virgen del Carmen

San Juan Pablo II

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Consagración a la Virgen del Carmen de San Juan Pablo II

Te bendecimos, ¡oh Dios nuestro!, Padre, Hijo y Espíritu
Santo, porque elegiste a María, desde antes de la creación del
mundo, para ser santa e inmaculada ante Ti por el amor.
En previsión de los méritos de Cristo,
la redimiste y constituiste Madre del mismo Redentor.
Por virtud del Espíritu Santo hiciste de Ella para siempre
templo de tu gloria, una nueva criatura,
primicia de la nueva humanidad.
¡Bendito seas por siempre, Señor!

¡Bendita Tú entre las mujeres, Virgen María,
y bendito el fruto de tu seno, Jesús!

En Ti, la llena de gracia, se refleja la bondad de Dios
y el destino de la criatura humana,
para alabanza de la gloria de su gracia
con la que nos enriqueció en su Hijo muy amado,
que es nuestro Hermano e Hijo tuyo, Jesucristo.

Tú, la humilde sierva del Señor,
eres el modelo de los discípulos de Cristo
que consagran su vida a realizar la voluntad del Padre
para la venida de su reino.

¡Santa María, Madre de Cristo,
Madre de Dios y Madre nuestra!

Bajo tu amparo nos acogemos,
a tu intercesión maternal nos confiamos.
Como Tú te consagraste totalmente a Dios,
nosotros, siguiendo tu ejemplo
y en comunión contigo,
nos consagramos a Cristo el Señor;
nos consagramos también a Ti, nuestro modelo,
porque queremos hacer en toda la voluntad del Padre,
y ser como Tú fieles a las inspiraciones del Espíritu.

¡Virgen del Carmen Reina y Patrona nuestra!

A tu corazón de Madre encomiendo la Iglesia
y todos los habitantes de mi país:
los Pastores y los fieles,
todos los hijos de esta nación.
Que bajo tu protección maternal,
sea una familia unida en el hogar común,
una patria reconciliada en el perdón
y en el olvido de las injurias,
en la paz y en el amor de Cristo.
Tú que eres la Madre de la Vida verdadera,
enséñanos a ser testigos del Dios vivo,
del amor que es más fuerte que la muerte,
del perdón que disculpa las ofensas,
de la esperanza que mira hacia el futuro
para construir, con la fuerza del Evangelio,
la civilización del amor en una patria reconciliada y en paz.

¡Santa María de la Esperanza,
Virgen del Carmen y Madre nuestra!

Extiende tu escapulario, como manto de protección,
sobre las ciudades y los pueblos, sobre la montañas y el mar,
sobre hombres y mujeres, jóvenes y niños,
ancianos y enfermos, huérfanos y afligidos,
sobre los hijos fieles y sobre las ovejas descarriadas.
Tú, que en cada hogar tienes un altar familiar,
que en cada corazón tienes un altar vivo,
acoge la plegaria de tu pueblo que se consagra a Ti.
Estrella de los mares y Faro de luz,
consuelo seguro para el pueblo peregrino,
guía nuestros pasos en el peregrinar terreno,
para que recorramos siempre senderos de paz y de concordia,
caminos de Evangelio, de progreso, de justicia y libertad.
Reconcilia a los hermanos en un abrazo fraterno;
que desaparezcan los odios y los rencores,
que se superen las divisiones y las barreras,
que se unan las rupturas y sanen las heridas.
Haz que Cristo sea nuestra Paz,
que su perdón renueve los corazones,
que su Palabra sea esperanza y fermento en la sociedad.

¡Madre de la Iglesia y de todos los hombres!

Inspira y conserva la fidelidad a Cristo
en nuestra patria.
Mantén viva la unidad de la Iglesia bajo la cruz de tu Hijo.
Haz que los hombres de todos los pueblos,
reconozcan su mismo origen y su idéntico destino,
se respeten y amen como hijos del mismo Padre,
en Cristo Jesús, nuestro único Salvador,
en el Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra,
para gloria y alabanza de la Santísima Trinidad.
Amén.

El Escapulario es un signo Mariano

Unas de las devociones recomendadas por San Luis María a los esclavos de María es el uso del Santo Escapulario.

La tradición de la Iglesia, desde hace siete siglos,  recomienda el Santo Escapulario de la Virgen del Carmen. Sus promesas son dos: la asistencia de un sacerdote antes de la muerte para morir en gracia de Dios y el estar el menor tiempo posible en el Purgatorio.

Es un signo aprobado por la Iglesia como manifestación externa de amor a María, de confianza filial en ella y como compromiso de imitar su vida.

La palabra «escapulario» indica un vestido superpuesto, que llevaban los monjes durante el trabajo manual. Con el tiempo se le fue dando un sentido simbólico: el de llevar la cruz de cada día, como discípulos y seguidores de Jesús.

En algunas Órdenes religiosas, como en el Carmelo, el Escapulario se convirtió también en signo de su manera de ser y de vivir.

Para recibir el santo escapulario lo debe bendecir e imponer un sacerdote. El primero debe ser de tela, luego puede ser remplazado por la medalla que tenga de un lado el Sagrado Corazón y del otro lado la Virgen María.

El Escapulario exige un compromiso cristiano auténtico: vivir de acuerdo con las enseñanzas del evangelio, recibir los sacramentos y profesar una devoción especial a la Sma. Virgen que se expresa, al menos, con la recitación cotidiana de tres avemarías.

No es un signo protector mágico, ni una garantía automática de salvación, ni menos aún una dispensa de vivir las exigencias de la vida cristiana.

El que lleva el Santo Escapulario quiere manifestar su compromiso de seguir a Jesús como María:

  • Abiertos a Dios y a su voluntad.
  • Guiados por la fe, la esperanza y la caridad.
  • Cercanos a las necesidades de los demás.
  • Orando en todo momento y descubriendo a Dios presente en todas las circunstancias.

Que aumenta la esperanza del encuentro con Dios en la vida eterna con la ayuda de la protección e intercesión de María.

Fórmula Breve para la imposición del escapulario

Recibe este Escapulario, signo de una relación especial con María, la Madre de Jesús, a quien te comprometes a imitar. Que este Escapulario te recuerde tu dignidad de cristiano, tu dedicación al servicio de los demás y a la imitación de María.

Llévalo como señal de su protección y como signo de tu pertenencia a la familia del Carmelo, dispuesto a cumplir la voluntad de Dios y a empeñarte en el trabajo por la construcción de un mundo que responda a su plan de fraternidad, justicia y paz.

 

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