Dulce lignum, dulces clavos,
Dulce pondus sustinet.
Suave leña, dulces clavos,
suave peso sostienes.
(Hino Crux fidelis)
Espírito Santo, 12 de mayo de 2026.
Me gustaría compartir algo que me ocurrió la semana pasada, durante una visita al médico. Se trata de uno de esos sencillos acontecimientos de la vida, nada extraordinario, pero que, de alguna manera, marcan nuestra historia y nos hacen reflexionar; de hecho, este suceso tan sencillo y fugaz me hizo pensar mucho en mi vocación religiosa y, especialmente en la vocación contemplativa.
Sucedió que, mientras estaba parada frente al hospital, después de una consulta médica, esperando a que llegara el coche que me llevaría de vuelta al monasterio, se me acercó un joven, con aire de curiosidad, mirándome con cara de asombro y fijando los ojos en mi rostro me dijo:
«Usted me recuerda algo… esa ropa que lleva, me dice que… Y como no sabía cómo expresar lo que quería decirme, le interrumpí y le dije: Soy una religiosa, una monja. Entonces él me respondió: ¡Eso mismo! ¿Entonces eso existe de verdad? ¡Pensaba que solo era cosa de películas!
Una respuesta que me hizo reír, y le confirmé que sí, que existía en la realidad. Siguió haciéndome preguntas, mezcladas con afirmaciones, seguramente cosas que ya había oído sobre la religión; me decía cosas como: «Entonces, ¿no puedes casarte? Perteneces a la Iglesia católica, ¿verdad? ¡Te dedicas a cuidar de las personas que están en los hospitales y de los pobres!», etc.
Hablaba muy rápido, hacía preguntas a una velocidad que no me daba tiempo a responder. A todas ellas respondí afirmativamente y añadí que mi vida también consiste en rezar por las personas, así que rezaría por él también. Entonces me dijo, como concluyendo nuestra conversación: «Puedo decir que tu vida está prácticamente “clavada”». Y después de eso se marchó.
Confieso que esa última frase que me dijo: «¡Tu vida está clavada!», al principio me hizo reír mucho; no esperaba una conclusión así, tan acertada sobre mi vocación. Después de eso, enseguida empecé a reflexionar sobre lo sucedido:
Lo primero que pensé es que no hay mejor definición que esta para mi vocación: «Estoy clavada en la Cruz de Cristo», pues así es exactamente como me siento, clavada en su voluntad y en su Corazón; pero esta crucifixión es una obra de la misericordia de Dios en mi vida, pues en ella reside toda mi gloria y el sentido de mi existencia. Tan fuerte es lo que experimento esto, a diario, una muerte que tarda mucho en completarse, pues es poco a poco como Dios nos va destruyendo; en ella se experimenta un misterio divino: es dolorosa y dulce al mismo tiempo, pues ese clavo, al destruir mi yo, me une al corazón del «Esposo».
Pero esta crucifixión se vuelve cada vez más intensa cuando me decido a morir… ¡pues cuántas resistencias por mi parte no solo oponen resistencia, sino que retrasan la obra de Cristo en mí! Pero Como expresa Santa Teresita: «¡Cristo siempre vuelve a atraer al alma y a hacerla correr tras Él!». Son esos momentos los que nos hacen vivir como: «¡Esposas de Sangre! ¡La mujer que brinda con la sangre del Señor!», como solía decir nuestro querido padre Buela en tantos sermones.
Lo segundo que pensé fue que «ese estar clavada» se da en la libertad. Las palabras que Jesús dijo antes de su muerte: «Nadie me quita la vida, yo la entrego libremente» (Jn 10,18). Son las mismas que Él espera oír de nosotros en cada crucifixión a la que nos somete. Quiere que sean actos de amor hacia Él realizados en «libertad». ¡Qué grande es vivir en esa libertad! Con el paso de los años, voy entendiendo mejor en qué consiste esa libertad, que está presente en cada momento de la vida, que nuestra elección por Cristo es diaria, por mucho que haya profesado mis votos perpetuos hace 13 años, Él me pide que lo elija cada día de nuevo, pero no siempre de la misma manera, cada vez con más amor, más disposición, menos consuelos, más soledad, más humildad, más nada… que Él me baste.
Por último, mi reflexión termina con una súplica: «¡No permitáis que me separe de Ti!». ¡Una oración que repito a diario en cada comunión! Quiero morir así: ¡clavada!, pues cuando se clava algo es para que no se suelte con facilidad; sobre todo las cosas más frágiles necesitan clavarse; así es mi vida, soy fragilidad, llevo un tesoro en un vaso de barro. Tengo además un amor muy débil y que se cansa con facilidad. Por eso necesito y deseo ese: ¡dulce clavo! Que me mantenga unida al Esposo hasta la eternidad.
Que María Santísima conceda siempre a todos los que son llamados a esta vocación la gracia de la perseverancia, hasta el final, y que esos clavos den frutos de amor, pues, para el alma esposa que aprende a amar esa crucifixión, ¡esos clavos son dulces y sostienen un peso ligero!
María Virgo Pulchra.
Monasterio de Nuestra Señora de Luján – Brasil


