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«… por eso es que la caridad fraterna y la solidaridad
que se debe aprender cuando uno es joven,
es una de las cosas que nos hacen
conocer a Jesús y nos identifican más con Él».

(P. Buela, Vox Verbi 119 homilía “Decálogo del conocimiento de Jesucristo”)

 

El P. José Vicente recoge una anécdota de San Juan de la Cruz tomada de uno de los testigos del proceso de beatificación del Santo. Es un testimonio breve, pero muy bueno, porque nos deja ver no solamente la santidad de Juan de la Cruz, sino también su delicadísima prudencia como superior y formador de religiosos:

«Cuando salía de la celda, y por donde iba, iba siempre tosiendo. Y me decía lo hacía de propósito, para que si algunos religiosos estaban parlando o haciendo otras cosas, para que antes que los viese, se apartasen; porque aquello bastaba para que entendiesen hacían mal y se apartaban y confundían y enmendaban. Decía también que “regum est dissimulare et pauca castigare” —es propio de los reyes disimular y castigar pocas cosas—, que no todas las cosas se han de reprender ni tampoco disimular. Que cuando el religioso entiende que el prelado le ha visto en la falta que tuvo, no se le ha de disimular, por pequeña que sea, con reprensión conveniente en tiempo y con amor y prudencia. Mas si entendió que el prelado no le vio, aunque lo viese y entendiese, se diese por desentendido y lo disimulase».

Tiene mucha miga este testimonio. Se podría reflexionar sobre la prudencia de gobierno, sobre el modo cristiano de corregir, sobre la paciencia del superior, sobre la pedagogía de la santidad, sobre el valor de una advertencia indirecta, sobre la gravedad de la murmuración o de las conversaciones inútiles. Pero quisiera detenerme solamente en una virtud humilde, escondida, casi olvidada: la disimulación caritativa.

San Juan de la Cruz tosía antes de llegar. No quería sorprender al culpable. No quería cazar al hermano en la falta. No quería que el otro tuviera que avergonzarse delante de él. Le bastaba con que el religioso, al oírlo venir, se corrigiera por sí mismo. Y aquello, dice el testigo, bastaba: entendían que hacían mal, se apartaban, se confundían interiormente y se enmendaban.

¡Cuánta caridad puede haber en un simple tosido!

Porque hay una forma de celo que busca corregir, pero no siempre busca salvar el alma del hermano. Hay una forma de vigilancia que ve mucho, pero ama poco. Hay una manera de decir la verdad que humilla más de lo que cura. San Juan de la Cruz, en cambio, prefiere muchas veces la medicina silenciosa: hacer como que no vio, para que el otro pueda levantarse sin quedar aplastado por la vergüenza.

Pero el Santo no enseña una falsa tolerancia. No dice que haya que disimularlo todo. Dice algo mucho más fino: “no todas las cosas se han de reprender ni tampoco disimular”. Hay faltas que se deben corregir. Hay silencios que serían cobardía. Hay omisiones que terminarían haciendo daño a la comunidad. Si el religioso sabe que el prelado lo ha visto, entonces no conviene hacer como si nada hubiera pasado, porque ese silencio podría interpretarse como aprobación o indiferencia. Pero aun entonces la corrección debe hacerse “en tiempo y con amor y prudencia”.

Ahí está la clave: no se trata de corregir o no corregir, sino de corregir como Cristo corregiría. Y, muchas veces, Cristo corrige esperando, mirando con paciencia, dando tiempo, dejando que el alma se avergüence sanamente delante de Dios antes que delante de los hombres.

Este no es un tema menor en nuestras vidas, ya sea en la comunidad religiosa, en la familia, en el trabajo o en cualquier convivencia humana. Todos hemos hecho sobrada experiencia de esto: a veces lo que más rompe la paz no son los grandes pecados, sino las pequeñas faltas mal llevadas; los defectos ajenos mirados con lupa; las impaciencias repetidas; las correcciones fuera de tiempo; la incapacidad de callar algo que podía haberse cubierto con caridad.

San Marcelino Champagnat lo explica muy bien en una página que seguro todos recordamos. El Hermano Lorenzo se le acercó con una pena: en su comunidad eran seis hermanos observantes, piadosos, deseosos de santificarse; y, sin embargo, la unión no era perfecta. Lo mismo ocurría en una comunidad vecina, formada por religiosos sólidos y fervorosos. ¿Cómo podía suceder que, entre hombres buenos, hubiera roces, desavenencias y cierta falta de unión?

San Marcelino le respondió con esta enseñanza: se puede ser sólidamente virtuoso y, sin embargo, tener mal carácter. Se puede amar a Dios y al prójimo, y todavía carecer de la perfección de la caridad en las cosas pequeñas. Para alterar la paz de una comunidad, decía, basta a veces el mal talante de uno solo. Y añadía que sin la práctica diaria y habitual de las “pequeñas virtudes” no puede haber unión perfecta.

Llamaba “pequeñas virtudes” a esas virtudes escondidas que son como los frutos, el adorno y la corona de la caridad: la indulgencia, la disimulación caritativa, la compasión, la paciencia, la afabilidad, la tolerancia, la alegría santa, la condescendencia, la solicitud por los demás, la ecuanimidad y el buen talante. No son pequeñas porque valgan poco, sino porque se ejercitan en cosas pequeñas: en una palabra que se calla, en una mirada que no acusa, en una respuesta amable, en una molestia soportada, en un defecto ajeno que se cubre con misericordia.

Y quizá por eso son tan importantes. Porque la vida común no se rompe ordinariamente por una gran batalla, sino por mil pequeñas heridas. Y también se edifica por mil pequeños actos de caridad. Una comunidad no vive sólo de grandes propósitos, sino de pequeñas renuncias. Una familia no se sostiene solamente por grandes declaraciones de amor, sino por la paciencia cotidiana de unos con otros.

San Juan de la Cruz, que conocía tan profundamente los caminos del alma, no podía dejar de insistir en esto. En sus Dichos de luz y amor encontramos sentencias brevísimas que golpean directamente nuestra vida diaria:

“Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece”.

“Mejor es vencerse en la lengua que ayunar a pan y agua”.

“Mejor es sufrir por Dios que hacer milagros”.

Son frases fuertes. Nos recuerdan que la santidad no consiste solamente en penitencias visibles, ni en devociones hermosas, ni en grandes obras apostólicas. Consiste también —y quizá primero— en vencerse en la lengua; en no decir aquella palabra que podría herir; en no descubrir aquella falta que podría permanecer cubierta; en sufrir por Dios el defecto del hermano; en dejar a Dios el juicio que tantas veces queremos tomar por nuestra cuenta.

Santa Teresa de Jesús enseña lo mismo. En el Libro de la Vida escribe:

“Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. Es una manera de obrar que, aunque luego no se haga con perfección, se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros, y comiénzase a ganar por aquí con el favor de Dios”.

Tapar sus defectos con nuestros grandes pecados”: he ahí una escuela entera de vida espiritual. Santa Teresa no nos manda cerrar los ojos por ingenuidad, sino abrirlos primero sobre nosotros mismos. Cuando uno se conoce delante de Dios, se vuelve más lento para acusar al prójimo. Cuando uno recuerda sus propias miserias, aprende a cubrir con misericordia las miserias ajenas.

La disimulación caritativa no es complicidad con el mal. No es indiferencia. No es dejar crecer el desorden. Es una forma superior de prudencia y de amor. Es saber cuándo conviene hablar y cuándo conviene callar. Es distinguir entre lo que debe ser corregido y lo que puede ser sanado por el silencio. Es amar tanto al hermano que uno no necesita siempre tener razón, ni demostrar que vio, ni dejar constancia de la falta.

A veces, para hacer el bien, basta toser antes de llegar.

San Juan de la Cruz nos enseña que el verdadero superior, el verdadero hermano, el verdadero padre, el verdadero amigo, no es el que sorprende al otro en su miseria, sino el que le ayuda a salir de ella con la menor humillación posible. Hay almas que se corrigen mejor cuando no se sienten expuestas. Hay defectos que se vencen mejor cuando no se los convierte en espectáculo. Hay enmiendas que nacen más puras cuando sólo Dios y la propia conciencia han sido testigos.

En tiempos en que parece necesario opinar sobre todo, señalar todo, corregir todo y publicar todo, esta pequeña anécdota de San Juan de la Cruz nos devuelve una sabiduría profundamente evangélica: no todo debe ser dicho; no todo debe ser reprendido; no todo debe ser mirado con dureza. Muchas veces la caridad consiste en cubrir, esperar, callar, pasar por alto, hacerse el desentendido.

Y eso no por debilidad, sino por grandeza de alma. “Regum est dissimulare et pauca castigare”: es propio de los reyes disimular y castigar pocas cosas. También es propio de los santos. Porque sólo el alma que reina sobre sí misma puede no reaccionar ante todo. Sólo el que se vence interiormente puede vencer la tentación de corregir sin amor. Sólo el que mira al prójimo desde Dios sabe cuándo una falta necesita reprensión y cuándo necesita misericordia silenciosa.

Pidamos a San Juan de la Cruz esta pequeña gran virtud: la de saber cubrir con caridad los defectos ajenos, sin dejar de amar la verdad; la de corregir cuando sea necesario, pero siempre “en tiempo y con amor y prudencia”; la de vencernos en la lengua más que ayunar a pan y agua; la de mirar primero las virtudes de los otros y tapar sus defectos con el recuerdo humilde de nuestros propios pecados.

Porque quizá muchas veces, en la vida común, la paz depende de algo tan pequeño como esto: saber toser antes de entrar.

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