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El amor propio: segundo obstáculo para la devoción al sagrado corazón

La gran diferencia entre las personas espirituales y las que no lo son es que en estas últimas el amor propio obra sin ningún obstáculo, y en aquéllas es menos perceptible y algo más disfrazado.

Al reflexionar sobre los verdaderos motivos de la mayor parte de nuestras acciones, aun de aquellas que parecen menos imperfectas, descubriremos señales de amor propio que impiden todo el fruto.

¿Cómo es que hay personas que después de rezar y aplicarse a tener una vida interior, se las sigue viendo inquietas, melancólicas, insufribles y de mal humor?

Es porque las luces que reciben en la oración y las inspiraciones que les da Dios no se adecúan con el amor propio del que se ven llenas.

Este amor propio hace que no hallemos gusto en las prácticas piadosas y no aprobemos sino solo aquéllas que nos vienen bien; la mayor parte de las mortificaciones parecen inoportunas o poco proporcionadas a nuestra edad y a nuestro estado. Queremos persuadirnos de que Dios no pide de nosotros tanta santidad.

La razón es que realmente no tomamos por regla de nuestra conducta la voluntad de Dios, sino que queremos que nuestra inclinación y nuestro amor propio sean la regla de la voluntad de Dios.

Queremos hacer buenas obras, pero queremos tener la satisfacción de escoger las que queremos hacer. «Todo lo que obramos es, en su mayoría, según nuestro natural e inclinación: no tenemos dulzura sino con aquellos con quienes tenemos simpatía; no rehusamos nada a los sentidos, y si los mortificamos en alguna cosa, siempre lo hacemos en aquello que nos duele menos, o bien cuando de aquella mortificación se sigue alguna honra.»

Es decir, nos contentamos con un exterior respetable, con las buenas obras de las que sacamos gusto y con las prácticas de alguna devoción en las que nos exigimos.

De este manantial del amor propio nacen los deseos estériles y los designios ilusorios de los que se alimenta un espíritu orgulloso.

Es evidente que Jesucristo no reconocerá jamás por verdaderos amigos de su Corazón a los que son amigos de sus comodidades y que solo se aman a sí mismos. Nos lo ha dicho muy claramente, al explicarnos quiénes son sus verdaderos servidores. “En vano, dice, se preciará ninguno de ser mi discípulo por haber dejado, por amor de mí, sus bienes, a sus parientes y a sus amigos, si no renuncia también a sí mismo”.

Es menester hacerse violencia, plantar batalla a las pasiones, destruir, o al menos mortificar, nuestro amor propio, para llegar a ser sus discípulos y alcanzar un verdadero amor por Jesucristo.

Del libro de Jean Croiset, La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, Parte II, capítulo 2

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