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“Parte integranteesencial, de nuestro carisma
es la Pasión de nuestro Señor Jesucristo”

(p. Buela, El Señor es mi Pastor p. 372)

 

Todos conocemos los Dichos de luz y amor del Santo de Fontiveros: esas frases breves en las que San Juan de la Cruz condensa una doctrina entera. Son regalos de su experiencia, nacidas de la oración y probadas en su vida. Entre ellas hay una que llama particularmente la atención, tanto por su sobriedad como por su hondura, porque no se limita a aconsejar una práctica, sino que traza una orientación decisiva para el camino espiritual. En ese breve billete, dirigido a una monja —y, a través de ella, también a nosotros sus lectores—, San Juan escribe: “Tenga fortaleza en el corazón contra todas las cosas que le movieren a lo que no es Dios, y sea amiga de la pasión de Cristo”.

“Sea amiga de la Pasión de Cristo”. Porque uno puede admirar la Pasión, meditarla, incluso compadecerla, y sin embargo no ser amigo. La amistad siempre implica algo más hondo: frecuencia, confianza y permanencia.

Ser amigo de la Pasión de Cristo no es buscar el sufrimiento por el sufrimiento, ni cultivar una espiritualidad amarga. Es no huir de ella cuando aparece, no mirarla desde lejos como algo ajeno, no tratarla como una visita incómoda. El amigo de la Pasión se queda. Permanece cuando el misterio se vuelve oscuro, cuando el camino se estrecha, cuando el amor duele. Así como en la amistad humana uno no abandona al amigo en la hora difícil, así también el alma sanjuanista no abandona a Cristo cuando su amor se manifiesta en forma de cruz.

Por eso nuestro santo une las dos cosas en una sola frase: fortaleza en el corazón y amistad con la Pasión. La fortaleza no es dureza ni estoicismo, sino fidelidad amorosa, bien arduo. Es la capacidad de resistir todo lo que mueve al alma “a lo que no es Dios”, es decir, a los consuelos fáciles, a las salidas rápidas, a las negociaciones con el mundo o con uno mismo. El amigo verdadero no traiciona por comodidad. Tampoco lo hace el alma que se ha hecho amiga de la Pasión.

Ser amigo de la Pasión significa también aprender su lenguaje. La Pasión habla con silencios, con humillaciones, con espera, con aparente fracaso. El amigo no se escandaliza de ese lenguaje; poco a poco lo entiende. Ya no pregunta todo el tiempo “¿por qué?”…Y descubre que en la Pasión no está solo el dolor, sino la forma más alta del amor.

Finalmente, la amistad con la Pasión de Cristo configura el corazón. Uno termina pareciéndose a aquello que ama. El alma que frecuenta la Pasión se vuelve más humilde, más paciente, más compasiva con los sufrimientos ajenos. Deja de juzgar ligero, porque sabe lo que pesa una cruz. Y, sin darse cuenta, comienza a amar como Cristo ama.

Tal vez por eso San Juan de la Cruz no escribió un tratado, sino un billete. Porque la amistad no se explica del todo: se cultiva. Y hacerse amigo de la Pasión es, en el fondo, aceptar que el camino hacia Dios pasa por allí… y decidir no caminarlo como extraños, sino como amigos.

San Juan de la Cruz pensaba de la Pasión de Cristo lo que hoy cuesta mucho pensar: que allí, justamente allí, cuando Cristo estaba más desarmado, más callado, más obediente y más pasivo, fue cuando hizo la mayor obra de toda su vida. Más que predicar el Reino, más que multiplicar panes, más que resucitar muertos. En el árbol de la Cruz, cuando ya no quedaba gesto espectacular ni palabra elocuente, Cristo reconcilió al género humano con Dios. Lo dice así: “Lo cual fue el mayor desamparo sensitivamente que había tenido en su vida. Y así, en él hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obras había hecho, ni en la tierra ni en el cielo, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios”. El mundo admira la eficacia; Dios salva desde la obediencia.

Por eso, en la cabeza y en el corazón de fray Juan, la Pasión lo ocupa todo. No porque desprecie la vida pública de Jesús, sino porque entiende que todo lo anterior camina hacia allí, como los ríos hacia el mar. El Cristo que interesa al místico del Carmelo es el Cristo que calla, que se entrega, que muere voluntariamente. No es casual que sus palabras preferidas del Evangelio sean siempre las del seguimiento radical: negarse a sí mismo, cargar la cruz, perder la vida. Cristo no redime enseñando una doctrina, sino entregando la voluntad.

Aquí está el nervio de su pensamiento: la muerte de Cristo no fue eficaz por la cantidad de sufrimiento, sino por la calidad del amor obediente. No es el dolor el que salva, sino el amor que acepta el dolor por fidelidad al Padre. Y eso cambia todo. Porque entonces nuestras cruces no valen por ser duras, sino por ser ofrecidas; no por aplastar, sino por unir. La purificación de la voluntad, la negación de sí, el vaciamiento interior: eso es lo que nos injerta realmente en la Cruz de Cristo.

Para San Juan de la Cruz, no hay atajos. Cristo es camino y puerta, sí, pero en cuanto crucificado. No hay unión con Él sin pasar por donde Él pasó. Por eso tomó la Cruz hasta en el nombre, y por eso repite —en cartas, avisos y billetes breves— que nadie busque a Cristo sin Cruz. No es un consejo piadoso: es una ley espiritual. Querer un Cristo sin cruz es querer otro Cristo.

Pero atención: la Cruz no es solo cancelación del pecado. En ella sucede algo más alto todavía. En ese madero no solo se levantan las treguas rotas por el pecado original; allí Cristo desposa a la naturaleza humana. La Cruz es altar y es lecho nupcial. Allí el Hijo de Dios se ata irrevocablemente al hombre, y a cada alma en particular, dándole gracia y prendas de amor. Desde ese momento queda sellada una ley que no se puede borrar: dolor y amor caminan juntos en los amores verdaderos.

San Juan de la Cruz no se escandaliza de esa ley; la abraza. Dice: “El más puro padecer trae y acarrea más puro entender”. Quien quiera entrar de veras en el misterio de Cristo deberá internarse más adentro en la espesura de trabajos y tribulaciones así lo dice en el Cántico “el padecer es el medio para entrar más adentro en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios; porque el más puro padecer trae más íntimo y puro entender, y, por consiguiente, más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber”. No hay gloria sin cruz, ni hermosura sin esta opaca oscuridad. Y esto no vale solo para principiantes ni para tiempos de purificación: la cruz acompaña también a los estados más altos, cuando el alma ya goza de Dios.

La ciencia suprema no es otra que esta: la ciencia de la Cruz. Todo lo demás es saber útil, interesante o brillante. Esto es sabiduría. Y San Juan de la Cruz eligió saber esto. Por eso su doctrina no envejece: porque sigue diciendo, contra toda espiritualidad cómoda, que la mayor obra de Dios se hizo cuando parecía que no hacía nada. Y que quien quiera amar como Cristo, deberá aprender a amar allí.

Aquí, a la luz de lo dicho, podemos recogerlo todo y dar un paso más. Porque lo que San Juan de la Cruz vio con claridad luminosa en la Pasión de Cristo —que allí se hizo la mayor obra, que allí se aprendió a amar— no quedó como una intuición privada de un místico genial, sino que pasó a ser carne y nervio de un carisma, el nuestro. No por casualidad, inmediatamente después de hablar de la gracia fundacional, el Padre Buela pone en el Señor es mi Pastor un título: El Carisma. Y allí escribe: «Parte integranteesencial, de nuestro carisma es la Pasión de nuestro Señor Jesucristo».

El Padre se está citando a sí mismo, que en el libro de las Servidoras III, hablando del libro de la Pasión había escrito muy claro: Por eso noten: parte integrante, esencial, de nuestro carisma es la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Y si alguna no está decidida a vivir de corazón la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, decídase cuanto antes, porque así no va a caminar mucho, porque no va a llegar a aprender a amar a Dios. «El fuego del amor de Dios, dice San Alfonso María de Ligorio, sólo se prende con el leño de la Cruz». Quiere decir que cuando uno ama mucho a Dios, ama mucho a Dios porque ese fuego lo fue prendiendo con la meditación, la contemplación y la vivencia de la Pasión de nuestro Señor.

Amar mucho a Dios no es cuestión de temperamento ni de sensibilidad; es fruto de haber frecuentado la Pasión. Meditarla, contemplarla, vivirla. Dejar que ese amor obediente, silencioso, entregado hasta el extremo, vaya modelando el corazón. Así se aprende a amar. Así se entiende por qué San Juan de la Cruz no buscó nunca a Cristo fuera de la Cruz, ni quiso otro camino que ese. Y así se entiende también que un carisma nacido en la Iglesia, si quiere ser fiel, no pueda apoyarse en otra cosa.

Porque, al final, todo converge aquí: la gracia fundacional, el carisma, la vida espiritual concreta, la unión con Dios. Todo pasa por el mismo lugar. Y ese lugar tiene nombre y forma: el árbol de la Cruz. Allí donde Cristo, más aniquilado que nunca, hizo la mayor obra. Allí donde el amor aprendió a decirlo todo sin palabras.

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