La «peregrinación de la fe»

Dia 30 de abril

Introducción[1]: 

La «peregrinación de la fe»

«A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe»[2]. Precisamente este fue el camino que siguió María durante toda su vida terrena, y es el camino de la Iglesia peregrinante hasta el fin de los tiempos.

El concilio Vaticano II insistió mucho en la fe de María, misteriosamente compartida por la Iglesia, poniendo de relieve el itinerario de la Virgen desde el momento de la Anunciación hasta el de la Pasión Redentora[3].

En los escritos de san Luis María encontramos el mismo énfasis en la fe que vivió la Madre de Jesús a lo largo de un camino que va desde la Encarnación hasta la Cruz, una fe en la que María es modelo y «tipo» de la Iglesia.

San Luis María lo expresa con una gran riqueza de matices cuando expone a su lector los «efectos maravillosos» de la perfecta devoción mariana:

«Cuanto más ganéis la benevolencia de esta augusta Princesa y Virgen fiel,
más fe verdadera tendréis en toda vuestra conducta;
una fe pura, que hará que no os inquietéis de lo sensible y de lo extraordinario;
una fe viva y animada por la caridad, que hará que no obréis sino por motivos de puro amor;
una fe firme e inquebrantable como una roca, que os mantendrá firmes y constantes en medio de las tempestades y las tormentas;
una fe activa y penetrante que, como un divino salvoconducto, proporcionará entrada en todos los misterios de Jesucristo, en los fines últimos del hombre, y en el corazón de Dios mismo;
una fe animosa que os animará e inducirá a emprender y llevar a cabo, sin titubear, grandes cosas por la gloria de Dios, y para la salud de las almas;
en fin, una fe que será vuestra lumbrera ardiente, vuestra vida divina,
vuestro tesoro escondido y rico de la divina sabiduría,
y vuestra poderosísima arma, de la que os serviréis
para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte,
para abrazar a los tibios y a los que tienen necesidad de la caridad,
para dar vida a los que están muertos por el pecado,
para conmover y convertir por vuestras dulces y poderosas palabras los corazones de mármol y arrancar los cedros del Líbano,
y en fin, para resistir al demonio y a todos los enemigos de la salvación»[4].

Como san Juan de la Cruz, san Luis María insiste sobre todo en la pureza de la fe, y en su esencial y a menudo dolorosa oscuridad[5].Virgen Maria

Es la fe contemplativa la que, renunciando a las cosas sensibles o extraordinarias, penetra en las misteriosas profundidades de Cristo. Así, en su oración, san Luis María se dirige a la Madre del Señor, diciendo:  «No te pido visiones o revelaciones, ni gustos o delicias, aunque fueran espirituales… Aquí en la tierra no quiero para mí otro don, fuera del que tú recibiste, es decir, creer con fe pura, sin gustar ni ver nada»[6].

La cruz es el momento culminante de la fe de María: «Por medio de esta fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento… Es esta tal vez la más profunda kénosis de la fe en la historia de la humanidad»[7].

Signo de esperanza cierta

El Espíritu Santo invita a María a «reproducirse» en sus elegidos, extendiendo en ellos las raíces de su «fe invencible», pero también de su «firme esperanza»[8].

Lo recordó el Concilio Vaticano II:  «La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el pueblo de Dios en marcha como señal de esperanza cierta y de consuelo»[9]

San Luis María contempla esta dimensión escatológica especialmente cuando habla de los «santos de los últimos tiempos», formados por la santísima Virgen para dar a la Iglesia la victoria de Cristo sobre las fuerzas del mal[10].

No se trata, en absoluto, de una forma de «milenarismo», sino del sentido profundo de la índole escatológica de la Iglesia, vinculada a la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo. La Iglesia espera la venida gloriosa de Jesús al final de los tiempos. Como María y con María, los santos están en la Iglesia y para la Iglesia, a fin de hacer resplandecer su santidad y extender hasta los confines del mundo y hasta el final de los tiempos la obra de Cristo, único Salvador.

En la antífona Salve Regina, la Iglesia llama a la Madre de Dios «Esperanza nuestra». San Luis María usa esa misma expresión a partir de un texto de san Juan Damasceno, que aplica a María el símbolo bíblico del ancla[11]:  «Unimos (…) las almas a vuestras esperanzas, como a un ancla firme. Los santos se han salvado porque han sido los más unidos a ella, y han servido a los demás para perseverar en la virtud. Dichosos, pues; mil veces dichosos los cristianos que ahora se unen fiel y enteramente a María como a un ancla firme y segura»[12]. A través de la devoción a María, Jesús mismo «escuda el corazón con una firme confianza en Dios, haciéndole mirar a Dios como su Padre; le inspira un amor tierno y filial»[13]

Junto con la Santísima Virgen, con el mismo corazón de madre, la Iglesia ora, espera e intercede por la salvación de todos los hombres.

Son las últimas palabras de la constitución Lumen Gentium:

«Todos los cristianos han de ofrecer insistentes súplicas a la Madre de Dios
y Madre de los hombres,
para que ella, que estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones,
también ahora en el cielo, exaltada sobre todos los bienaventurados y los ángeles,
en comunión con todos los santos,
interceda ante su Hijo, hasta el momento en que todos los pueblos,
los que se honran con el nombre de cristianos,
así como los que todavía no conocen a su Salvador,
puedan verse felizmente reunidos en paz y concordia
en el único pueblo de Dios para gloria de la santísima e indivisible Trinidad»[14]

Rezar los misterios del Rosario del día correspondiente

Rezar o cantar las letanías a María Santísima

 

NOTAS ————–

[1] San Juan Pablo II, 8 de diciembre de 2003, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

[2] Novo millennio ineunte, n.19

[3] Cf. Lumen gentium, 57 y 67; Redemptoris Mater, 25-27

[4] Tratado de la verdadera devoción, 214, o.c., p. 139

[5] cf. El Secreto de María, 51-52

[6] ib., 69

[7] Encíclica Redemptoris Mater, 18

[8] Cf. Tratado de la verdadera devoción, 34

[9] Lumen gentium, 68

[10] Cf. Tratado de la verdadera devoción, 49-59

[11] Cf. Hom. I in Dorm. B.V.M., 14:  PG 96, 719

[12] Tratado de la verdadera devoción, 175, o.c., p. 116

[13] Ib., 169, o.c., p. 111

[14] Lumen Gentium, n. 69

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