María Magdalena alma abrasada por la sed de santidad

P. Alfonso Torres

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Aspiremos a ser de esas almas que el mundo llama exageradas, pero que en realidad no son otra cosa que almas abrasadas por la sed insaciable de santidad. Para animaros a esto puede servir muy bien el evangelio que ahora meditamos, pues lo primero que encontramos en él es un alma que el mundo y aun muchas personas de las que se llaman espirituales considerarían excesiva. Veamos el ejemplo de María Magdalena alma abrasada por la sed de santidad

Ejemplo de un alma abrasada por la sed de santidad

María Magdalena , poseída por el amor de Jesucristo, y por un amor ardorosísimo, se nos presenta aquí, en este capítulo del evangelio de San Juan, como un alma desbordada.

María Magdalena parece preocuparse de un modo excesivo del cuerpo del Señor.

El viernes santo, antes de depositar el sacratísimo cuerpo del Redentor en el sepulcro, le habían ungido con gran cantidad de aromas. Es verdad que esta unción había debido de hacerse con cierto aceleramiento, por el peligro de que empezara el sábado y no se pudiera terminar; pero en sustancia la unción se había hecho.

Además, la unción en este caso era en cierto modo innecesaria, pues no había peligro de que el cuerpo de Nuestro Señor se corrompiera en el sepulcro. Pero María Magdalena no se da por contenta con lo que se había hecho. Ella quiere una unción realizada con toda generosidad y con todo primor.

Para eso se provee de una extraordinaria cantidad de aromas y va de nuevo al sepulcro. Más aún, va con una premura extrema. Puede decirse que estuvo acechando el primer momento posible.

Durante el sábado era inútil intentar lo que ella deseaba. Este exceso pronto se ve sustituido por otro: el exceso de sus temores. No es que María Magdalena tuviese miedo de ir al sepulcro. Más bien hemos de decir que tuvo una audacia excesiva. Cuando el ambiente de Jerusalén era tan temeroso que los mismos apóstoles vivían como huidos, ella no teme atravesar la ciudad santa y llegar a la soledad del sepulcro. En este sentido, la Magdalena no tiene temor ninguno.

Un temor exagerado

Pero hay otro sentido en que su temor es objetivamente exagerado. Apenas vio el sepulcro vacío, temió que le habían robado el cuerpo del Señor; y lo temió de tal manera, que, como si lo hubiera visto, lo creyó, lo anunció a los apóstoles y luego lo repitió a Nuestro Señor, a quien había tomado por hortelano.

Lo discreto—diríamos nosotros—hubiera sido informarse primero, y lo excesivo era correr a los apóstoles, porque había visto el sepulcro vacío, a decirles con toda aseveración que habían robado el cuerpo del Señor y que no sabía dónde lo habían puesto.

Este excesivo temor es una exageración, pero es una exageración hermosísima. Es de esas exageraciones que sólo pueden proceder de un amor que enciende el corazón. Cuando se ama con todo el corazón, como amaba la Magdalena, se vive en continuo sobresalto de todas aquellas cosas que de alguna manera, de lejos o de cerca, pueden dañar al objeto del amor.

Así aman las madres a sus hijos, y por eso no descansan nunca. Viven temerosas de todo, aun de lo que más remotamente puede dañarles. Amar a Jesús así era amarle de una manera muy santa.

Estremecerse ante la posibilidad de que se toque a su honra divina de cualquier manera, será un exceso a los ojos de las almas tibias, pero a los ojos de Dios debe ser algo gratísimo.

Deseos exagerados

Excesivos son también los deseos de Magdalena. No sabe apartarse del sepulcro. Cuando todos se marchan el viernes santo, ella quiere quedarse allí. A pesar de que ha visto el sepulcro vacío, vuelve a él después de anunciar a los apóstoles lo que había visto, y se queda junto al sepulcro llorando. Llora por el deseo de Jesús.

Sus deseos no son veleidades, sino deseos profundos y eficaces. Se siente con fuerzas para ir ella misma y arrebatar el cuerpo del Señor a los que se lo habían robado.

Para ver mejor el exceso de estos deseos que llenaban el corazón de la Magdalena, comparemos su conducta con la de San Pedro y San Juan, que todavía entonces eran quizás demasiado recatados y prudentes. Van al sepulcro, lo ven vacío y lo abandonan. María Magdalena no lo puede abandonar.

Si quieren, comparen además la conducta de ella con los discípulos de Emaús. Se cansan de esperar, y quieren salirse del ambiente en que están: viviendo del recuerdo de Jesús. María Magdalena, en cambio, se abisma en ese recuerdo.

Todavía más: comparad la conducta de María Magdalena con la de Santo Tomás. En Santo Tomás verán la discreción, que corta las alas al alma, y en María Magdalena verán el amor, que arrolla todos los límites en que quiérelo encerrar la vana discreción de la carne.

Pero ¿por qué ponderar todas estas cosas, cuando basta leer el evangelio de San Juan para percibir la vehemencia del corazón de María Magdalena, tan contraria a toda decantada ecuanimidad y mesura de las almas que no saben amar?

No hay exceso de amor que la Magdalena no cometa en aquella mañana eternamente memorable. Había salido de sí. Vivía en Jesús con todo el ímpetu de su corazón, y cerraba los ojos a todo lo demás.

Lo mismo que había hecho el día de su conversión, irrumpiendo atropelladamente en el banquete del fariseo para reconocer sus culpas, para dar muestras de penitencia y para buscar el perdón de nuestro Redentor divino.

Los santos excesos 

Decidme: si a María Magdalena le quitamos estos excesos de amor, ¿qué queda en ella? ¿No son esos excesos los que la han hecho santa, y con una santidad tan característica y tan arrobadora como la suya?

Cuando el amor es el guía— digo el amor verdadero, no el imaginativo —no hay que temer. Por excesivos que parezcan los actos de virtud, llevan el sello de Dios; es el sello que vemos en muchas penitencias de los santos; el mismo que encontramos en los actos con que despreciaron al mundo, y el mismo con que les vemos buscar con locura las humillaciones de la cruz.

¡Dichosos nosotros si una vehemencia semejante nos arrebatara y nos librara para siempre de la prudencia de la carne! ¡Dichosos digo, aunque el mundo entero nos censurara y aunque tuviéramos que padecer la persecución de los buenos! Dios Nuestro Señor se complacería en nosotros, y, en premio de nuestro excesivo amor, nos daría excesos de misericordia.

Para que vean cómo agradan al Señor los excesos de amor de la Magdalena, y, por consiguiente, cómo le han de agradar los excesos parecidos de otras almas fervorosas, vean lo que hace en esa mañana de la resurrección con la antigua pecadora, y podrán comprobar que, ante todo, la distingue con exceso, permitidme esta palabra.

Sólo había un alma que en excesos de amor superara a María Magdalena.

Después de la Virgen Santísima, quien aparece en el evangelio con amor más excesivo a Cristo crucificado es la pobre pecadora.

Pues bien, esa alma es la que merece ser la primera, después de la Virgen Santísima, en ver a Jesucristo resucitado. No fue el primero San Pedro, ni lo fue el predilecto San Juan. La primera fue María Magdalena.

Parece querer enseñarnos el Señor que cuanto más locas por él son las almas, más pronto le encuentran. Parece decirnos que a esas almas exageradas que se entregan sin medida es a las que primero se entrega El.

Mientras María Magdalena, a los ojos de los demás —yo creo que a los ojos de los mismos apóstoles—, parecía una persona alocada, digna, todo lo más, de compasión por su buena fe y por la sinceridad de su corazón, a los ojos de Jesucristo es un alma predilecta.

¡Dichosos los apóstoles si se hubieran dejado llevar de un amor tan exagerado como el que María Magdalena tuvo, y, en vez de vivir tímidamente escondidos, hubieran sabido permanecer llorando junto al sepulcro y buscando al Señor con los deseos del corazón!

¿Qué significa el noli me tangere que pronuncia Jesús?

Las palabras de San Juan cuando nos cuenta cómo se descubrió Jesucristo a María Magdalena llamándola familiarmente por su nombre, y cómo ésta se echó a los pies del Redentor, nos descubre en Magdalena la misma vehemencia de siempre y el mismo exceso.

Parece, según la interpretación que algunos dan a esta parte del evangelio, como si la vehemencia de Magdalena no hubiera sido del todo agradable al Señor. Traducen el texto original del evangelio diciendo que el Señor no permitió a Magdalena que le tocase aquellos pies que ella en otro tiempo había regado con sus lágrimas y que eran tan suyos.

A mí me agrada mucho la interpretación que da a estas palabras un comentarista moderno, y que nos descubre otro exceso de María Magdalena. Según este comentarista, María Magdalena, al ver resucitado al Señor, creyó que ya podía quedarse con Él para siempre. Se echó a sus pies y se abrazó a ellos. El Señor entonces lo que le dijo no fue: «No me toques», sino más bien le dio a entender que todavía no había llegado el tiempo de vivir siempre gozando de su presencia divina, que todavía no era llegada la hora de subir al Padre.

Esta interpretación tiene la ventaja de explicar muy bien las palabras de Cristo cuando dice: Porque todavía no he subido a mi Padre. Si, en cambio, el Señor hubiera dicho: «No me toques, porque todavía no he subido a mi Padre», Magdalena podía haber respondido: «Precisamente por eso te toco. Cuando subas a tu Padre, ¿cómo voy a poder tocar tus pies sacratisimos?»

Si esta interpretación es exacta, verán que hay en el fondo de ella otro exceso de amor de María Magdalena. Aquel encuentro con el Señor quería ella que fuera ya el encuentro definitivo, para siempre, eterno. Pensaba que ya nada ni nadie le iba a poder apartar de su Señor. ¡Cómo debió de complacer a Jesucristo un alma que le amaba así, con ese delirio, y que no tenía más tesoro que El!

Amor que obra

¿Podemos ni siquiera imaginar la lluvia de gracias que el corazón misericordioso de nuestro Redentor derramaría en aquel momento sobre el alma de María Magdalena? Por lo que sigue diciendo el evangelista, parece que María Magdalena debería de haber sufrido una desilusión muy pronto, puesto que el Señor no le permitió que permaneciera allí con Él, sino que inmediatamente la mandó a los apóstoles, diciéndole: Anda, ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

Para una persona que estuviera apegada a las consolaciones espirituales, esto sería una desilusión. Para quien sabe amar de veras, es más bien una ocasión de mostrar su amor. No fue poca la honra que hizo Jesús a María Magdalena convirtiéndola entonces en apóstol de los apóstoles. Esta honra la reconoce la Iglesia cuando hace que se cante el credo en la misa de la Santa.

Mas no es sólo esta honra. Hay mucho más. Piensen lo que es pedirle a un alma que sacrifique, para hacer la voluntad de Jesús, el estar gozando de la consolación de Jesús. Es un acto de generosidad hermosísimo; es amar de veras; es vivir para Jesús y no para sí mismo.

Pues este acto de amor hizo María Magdalena sin titubeo. Apenas oyó la palabra de Cristo, dice el evangelista que fue a dar parte a los discípulos, diciendo: «.He visto al Señor y me ha dicho esto y esto».

El amor de Magdalena no era un amor de vehemencia imaginativa, sino un amor apoyado en obras, un amor pronto para hacer la voluntad de Dios.

Por la manera de hablar que emplea el evangelista, Magdalena no debió de replicar, ni siquiera para decir: «Señor, estuve tres horas contigo al pie de la cruz, y ¿ahora no me vas a dejar estar aquí algún tiempo gozando de tu resurrección?»

Amor que busca complacer al amado

No se buscaba a sí misma, buscaba el complacer a Jesús. A Jesús le place que ella abandone aquella consolación para ir a anunciar la resurrección a los apóstoles, y sin titubear parte en seguida a cumplir este deseo de Cristo.

No parece que pensó que los apóstoles la iban a considerar como una imaginativa; no parece que tuvo en cuenta lo que a ella le debía costar, sintiendo las vehemencias que sentía, tratar con los apóstoles, tan tímidos, tan fríos y tan excesivamente prudentes.

No parece que tuvo en cuenta más que el querer de Cristo, y, en efecto, se presentó a los apóstoles y con unas palabras que parecían una explosión les dijo: He visto al Señor y me ha dicho esto y esto.

Parece que estamos meditando solamente los excesos de amor de María Magdalena, alma abrasada en sed de santidad, pero en realidad estamos meditando un exceso de amor de Cristo Nuestro Señor.

Los grandes excesos de amor de nuestro divino Redentor no son simplemente otorgar unas cuantas consolaciones al alma, sino tomar de la mano a esa alma y ponerla en la cumbre de la virtud, en el ejercicio de los mayores heroísmos del divino amor.

Y esto es precisamente lo que ahora hizo con María Magdalena: enriquecerla con la perfección del amor, ¡Qué contraste entre lo que nos refieren los evangelistas acerca de la conversión de la Magdalena y lo que contemplamos en esta página del evangelio!

Al mentar la conversión, dicen los evangelistas que quienes vieron a Magdalena a los pies de Jesús se escandalizaron. No podían concebir que el Señor permitiera a una mujer pecadora que le regara con lágrimas sus pies benditos. Pues esa mujer a quien la prudencia humana veía con horror a los pies de Jesucristo, ahora recibe estas misericordias de su Maestro divino.

Ahora merece estas predilecciones; predilecciones que son para ella sola, porque no aguarda el Señor a dárselas a conocer cuando se manifieste a los demás en el cenáculo, sino en seguida, a ella sola, como pedía la vehemencia que la abrasaba.

Grandes son las exageraciones de los santos en el amor, pero más grande son las exageraciones del amor de Jesucristo. Cuando las almas, en un exceso de amor, se dan del todo, Jesucristo se da del todo también; pero entre ese todo de las almas y ese otro todo divino de Jesucristo, ¡qué diferencia tan inmensa! Hay una diferencia infinita.

Sirva esta meditación para que aprendamos a amar al Señor con ese amor excesivo con que le amó María Magdalena, sin respetos humanos y sin dejarnos atar por la prudencia de la carne.

Que el pensamiento de los excesos de amor que ha hecho con nosotros nuestro divino Redentor, y de los que hará cuando nosotros le amemos de esa manera, nos sirva de luz y de aliento para que lo arrollemos todo, para que perdamos el temor y para que no descansemos hasta que, buscándole con toda la vehemencia de nuestro corazón, le hayamos encontrado, como El desea que le encontremos.

No haremos poco si sabemos vencer la prudencia de la carne y comenzamos a tomar por norma de nuestra alma la sabiduría de Dios. Esa sabiduría nos enseñará muchas cosas que son exageraciones a los ojos del mundo; pero a nosotros, una vez iluminados por esa sabiduría, todo nos parecerá poco para ofrecérselo al Señor.

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