“Ofrezco a los hombres – dijo Jesús a Sor Faustina – un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío” (Diario 327)
Veneración del cuadro de la Divina Misericordia
En el mes de noviembre del año precedente hemos hablado de la historia del cuadro original de la Divina Misericordia que se encuentra en Vilna, Lituania, por eso no queremos detenernos en esta materia pero como estamos siguiendo los elementos que conforman el Culto a la Divina Misericordia, y habiendo visto en primer lugar la institución de la Fiesta de la Divina Misericordia, alguna cosa más acerca del cuadro diremos.
Recordemos, pues, que el 22 de febrero de 1931, el Señor Jesús se apareció a Sor Faustina en su celda del convento de Płock, Polonia, y le encargó que pintara un cuadro mostrando su imagen tal como lo había visto en esta visión. «Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confı́o. Deseo que esta imagen sea venerada primero en vuestra capilla y (luego) en el mundo entero. Prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá. También prometo, ya aquı́ en la tierra, la victoria sobre los enemigos y, sobre todo, a la hora de la muerte. (…) Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia. Deseo que los sacerdotes proclamen esta gran misericordia que tengo para con las almas pecadoras» (Diario, 47-49).
En primer lugar Jesucristo le mostró a la Apóstol de la Divina Misericordia la imagen por medio de la cual había prometido conceder muchas gracias: «ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la forma: Jesús, en Ti confío» (Diario 327).
La imagen, en la devoción a la Divina Misericordia, o de Jesús Misericordioso, es un signo que nos lleva a la realidad que describe, es decir, al misterio de la misericordia, al que Cristo se dio por entero especialmente con su muerte y resurrección. La inscripción que se encuentra en la imagen, “Jesús en ti confío” indica la actitud de confianza que los fieles deben tener en Jesús, lo cual es la esencia de la devoción, expresando la entrega total de sí mismo a Dios.
La veneración a la imagen, exigida por Jesucristo en las visiones de la Hermana Santa Faustina, se inserta en la tradición del culto a las imágenes presente en la Iglesia Católica desde los tiempos del Concilio de Nicea II (787). Como dice ks. Jan Machniak: “La imagen no ha de representar a Dios invisible e incomprensible, sino que, gracias al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, ella expresa el mensaje del Evangelio que la Sagrada Escritura describe con la ayuda de las palabras”. (“La devoción a la Divina Misericordia según Santa Faustina Kowalska”)
La imagen de Jesús misericordioso en la devoción a la Divina misericordia cumple una doble función, siendo una herramienta tanto para Jesús el Señor como para las personas. Es entonces una herramienta para Jesús quien es la fuente verdadera de las gracias de la Divina Misericordia: «por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias, por eso, que cada alma tenga acceso a ella» (Diario 570).
Por otra parte, despierta la actitud de confianza, siendo una ayuda al hombre para abrirse a la realidad de la Divina Misericordia.
Al mismo tiempo la imagen recuerda la necesidad de practicar la misericordia con el prójimo, es decir, indica el otro elemento esencial de la devoción, el cual es el cumplimiento de las obras de misericordia: «a través de esta imagen concederé muchas gracias a las almas; ella ha de recordar a los hombres las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil» (Diario 742). La imagen enseña que la adoración total a la Divina Misericordia se realiza entonces cuando el hombre se dirige hacia Dios en una actitud de confianza confirmando la actitud interior con la obra de misericordia. (Ks. Jan Machniak,“La devoción a la Divina Misericordia según Santa Faustina Kowalska”)
La imagen pintada bajo la influencia de la visión de la Hermana Santa Faustina, fue explicada por Jesucristo en las posteriores apariciones: «…Los dos rayos significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas…» (Diario 299). Los rayos en la imagen de Jesús Misericordioso, por analogía a la Sangre y al Agua, las cuales según la descripción de San Juan Evangelista salieron del costado abierto de Cristo (cfr Jn 19, 34–37), muestran cómo las gracias de la misericordia son derramadas mediante su muerte y resurrección. Estas gracias están a disposición del hombre de un modo especial en los sacramentos del Bautismo, de la Penitencia y de la Eucaristía.
Se puede decir entonces, ahora, según el teólogo I. Różycki, en su obra, “Il culto della Divina Misericordia”, que la imagen por su contenido muestra el objeto propio de la devoción a la Divina Misericordia, es decir, la muerte de Jesús y su valor salvífico, la cual es la fuente de la misericordia.
La imagen de Jesús Misericordioso, según las palabras de Jesucristo, debería de ser venerada públicamente en la capilla del monasterio y en todo el mundo: «Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero» (Diario 47). De este modo la devoción a la Divina Misericordia tiene que abarcar a todas las personas quienes por medio de la imagen se abran a la actuación de la misericordia.
Las revelaciones precisan también que el acto de bendición de la imagen original, tenía que ser en «el primer domingo después de la Pascua de Resurrección» (Diario 49), vinculando la veneración de la imagen con la celebración de la Fiesta de la Misericordia.
La imagen, como subraya el Padre Prof. I. Rozycki, se conoce también como la imagen de la Divina Misericordia porque representa la misericordia de toda la Santísima Trinidad; y se la llama, la imagen de Jesús Misericordioso, porque ha sido Él quien ha revelado al hombre este misterio del modo pleno.
Promesas
La veneración de la imagen de Jesús Misericordioso, consiste en la oración confiada unida a actos de caridad. Jesús asoció al culto de la imagen entendido de este modo, grandes promesas.
Ya en la primera aparición, aseguró: “Prometo que el alma que venera esta imagen no perecerá”(Diario 48), es decir, daba de ese modo la promesa de la salvación eterna.
Prometió también que las almas que veneren su imagen debidamente harían grandes progresos en el camino de la perfección cristiana, obtendrían la gracia de una buena muerte, y todas las gracias y beneficios temporales que las almas pidan a Dios en su misericordia con confianza. “Ofrezco a los hombres – dijo Jesús a Sor Faustina – un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío” (Diario 327); y lo ya citado: “Por medio de esta imagen colmaré a las almas con muchas gracias, por eso, que cada alma tenga acceso a ella “(Diario 570).
Aún en vida de Santa Faustina, Jesús le aseguró que esta imagen atraería muchas almas a Dios, y que a través de la imagen Su misericordia actuaría en las almas. En abril de 1938 escribió en su Diario: “Hoy he visto la gloria de Dios que fluye de esta imagen. Muchas almas reciben gracias, aunque no lo digan abiertamente. Aunque su suerte varia, Dios recibe gloria a través de ella y los esfuerzos de Satanás y de la gente mala se estrellan y vuelven a la nada. A pesar de la maldad de Satanás, la Divina Misericordia triunfará en el mundo entero y recibirá el culto de todas las almas” (Diario 1789).
Coronilla de la Divina Misericordia
A quienes recen esta coronilla, Me complazco en darles lo que Me pidan (Diario 1541)
Sin duda, esta oración es un don especial de Dios para nuestros tiempos, como explica la Hna. M. Elżbieta Siepak.
Fue Jesús mismo quien se la dictó a Sor Faustina en Vilna, entre los días 13 y 14 de septiembre de 1935. El viernes 13 de septiembre, Sor Faustina se encontraba en su celda cuando tuvo la visión de un ángel que venía a la tierra para castigar al mundo por sus pecados. Cuando ella vio este signo de la ira divina, empezó a pedirle al ángel que se abstuviera por algún tiempo de llevar a cabo sus propósitos, asegurándole que el mundo haría penitencia. Sin embargo, cuando ella se halló ante la majestad de la Santísima Trinidad, no se atrevió ya a repetir esta súplica, hasta que sintió el poder de la gracia de Jesús en su alma, y comenzó a rezar con las palabras de una oración que iba oyendo interiormente. Así lo dejó escrito en su Diario: Cuando así rezaba, vi la impotencia del ángel que no podía cumplir el justo castigo que correspondía por los pecados (Diario 475).
Al día siguiente, al llegar a la capilla, el Señor Jesús nuevamente le enseñó a recitar esta oración, que hoy llamamos la Coronilla de la Divina Misericordia: “Esta oración es para aplacar Mi ira, la rezarás durante nueve días con un rosario común, del modo siguiente: primero rezarás una vez el Padre nuestro y el Ave María y el Credo, después, en las cuentas correspondientes al Padre nuestro, dirás las siguientes palabras: Padre Eterno, Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Tu Amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación de nuestros pecados y los del mundo entero; en las cuentas del Ave María, dirás las siguientes palabras: Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Para terminar, dirás tres veces estas palabras: Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros y del mundo entero” (Diario 476).

Cuenta la la Hna. M. Elżbieta Siepak, de la Congregación de la Madre de Dios de la Misericordia, a la cual pertenecía Santa Faustina, que, ya la tradición de la Congregación, practicaba una coronilla consistente en el rezo del Padre nuestro, el Ave María, el acto ¡Señor Jesucristo a quien no hay nada semejante, tan solo compadécete de nosotros que mendigamos tu misericordia, ten piedad de nosotros!, la jaculatoria repetida diez veces ¡Oh Jesús mío!, Misericordia, la oración Gloria al Padre, y al final Padre Nuestro, Ave María y Creo en Dios.
En la oración, al decir, Padre Eterno, la persona que ora se dirige a Dios Padre uniéndose al Sacrificio de Cristo («Te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu Amadísimo Hijo») realizado en la cruz para la salvación del género humano («por nuestros pecados y los del mundo entero»). De este modo se dirige a la Divina Misericordia que es el objeto propio de la devoción.
También en la segunda fórmula de la oración – Por su dolorosa Pasión – la persona que ora se dirige a los méritos de la pasión de Cristo por medio de la cual el hombre llega participar de la misericordia. Una forma parecida a dicha oración es la que surgió en las revelaciones a la Hermana Lucía de Fátima, con la única diferencia de que esta última se dirige a la Santísima Trinidad.
La condición para obtener las gracias en la oración de la Coronilla, igual que en la veneración de la imagen de Jesús Misericordioso y de la celebración de la Fiesta de la Misericordia, es la confianza. El rezo de la Coronilla es una forma especial de adoración a la Divina Misericordia y de propagación del culto a la misericordia, semejante a la oración del rosario.
A partir de la epístola de san Pablo a los Efesios (Ef 5, 2), en la que dice que Cristo, cumpliendo su misión, primero nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma – escribe el Padre Różycki – se desprende que el objeto y la finalidad del sacrificio ofrecido por Cristo a Dios Padre era Él mismo en su totalidad, es decir, toda su humanidad y su Persona Divina. Por lo tanto, cuando rezamos la Coronilla, nos unimos al sacrificio de Cristo en la cruz, en el que Él se ofreció para nuestra salvación. Al recitar las palabras Tu Amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, lo hacemos en virtud del amor que Dios Padre tiene por su Hijo, y en Él, por todos los hombres. Así pues, recurrimos – dice el Padre Różycki – al motivo más fuerte para ser escuchado por Dios.
En la Coronilla, pedimos la misericordia para nosotros y para el mundo entero. El pronombre nosotros se refiere a la persona que está rezando esta oración y a las personas por las que ésta desea y debe rezar. En cambio, al decir para el mundo entero nos referimos a todas las personas que viven en el mundo y a las almas que sufren en el purgatorio. Así, cuando rezamos con fidelidad la Coronilla de la Divina Misericordia, al mismo tiempo estamos llevando a cabo un acto de misericordia para con el prójimo, que es la condición para poder recibir la misericordia de Dios.
Promesas
Jesús asoció grandes promesas a esta oración, siempre y cuando se viva la devoción correctamente, es decir, en un espíritu de confianza hacia Dios y de misericordia hacia el prójimo.
Esta confianza debería expresarse por la perseverancia en la oración; cuanto más confianza haya en la oración, tanto más perseverancia habrá en el rezo de la Coronilla. Jesús dijo a Sor Faustina que a través de la Coronilla se podrá recibir todo lo que se pida, pero nunca afirmó que la respuesta sería inmediata, justo después de haberla rezado una sola vez, a excepción de la gracia de una buena muerte.
En su Diario, Sor Faustina describe situaciones en las que sus peticiones fueron oídas después de haber rezado la Coronilla una sola vez; por ejemplo, después de una gran tormenta (Diario 1731), u otra vez, cuando rezaba la Coronilla sin cesar para suplicar la lluvia (Diario 1128). En otras ocasiones, cuando rezaba acompañando a personas agonizantes en el momento de su muerte, bastaba rezar la Coronilla una sola vez para que fuera concedida la gracia de una muerte feliz y serena; en cambio, en otra ocasión parecida, hubo que rezarla varias veces, porque en aquella ocasión el alma en cuestión necesitaba de una gran ayuda mediante la oración (Diario 1035).
Jesús asoció al rezo confiado de la Coronilla de la Divina Misericordia, la promesa de conseguir cualquier gracia, cuando dijo: A quienes recen esta coronilla, Me complazco en darles lo que Me pidan (Diario 1541), y agregó: si (…) no se pide algo que pueda oponerse a Mi voluntad (Diario 1731). La voluntad de Dios es una expresión de su amor hacia el hombre, y por lo tanto todo lo que pueda ser contrario a su voluntad, significa que es algo malo o perjudicial para el hombre, y por eso el Padre Celestial no puede concederlo, puesto que Él sólo desea el bien para el hombre en la perspectiva de la eternidad. En esta promesa general, no sólo se trata de las gracias sobrenaturales, sino también de los bienes o beneficios temporales.
Hay también unas promesas particulares referentes a la hora de la muerte, o más precisamente hablando, a la gracia de poder morir en estado de gracia, sin miedo ni terror alguno. Estas gracias no sólo están reservadas para las personas que al morir recen la Coronilla de la Divina Misericordia, sino también a aquellas por las que se rece la Coronilla en la hora de su agonía: Defenderé como Mi gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón. Cuando cerca del agonizante es rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi misericordia por la dolorosa Pasión de Mi Hijo (Diario 811). La gracia de una buena muerte, es decir, de la conversión y el perdón de los pecados, Jesús la prometió, incluso con sólo rezar una sola vez la Coronilla en el espíritu de la devoción a la Divina Misericordia, o sea, en un espíritu de confianza hacia Dios (con fe, esperanza, caridad y humildad, así como con un profundo arrepentimiento por los pecados cometidos) y con una disposición para ejercer la misericordia al prójimo. “Hasta el pecador mas empedernido, si reza esta coronilla una sola vez, recibirá la gracia de Mi misericordia infinita” (Diario 687).
La magnitud de las gracias asociadas a esta oración fue expresada por las palabras de Jesús a Sor Faustina: “por el rezo de esta coronilla acercas a Mí la humanidad “(Diario 929). “Los sacerdotes deben recomendarla a los pecadores como la última tabla de salvación” (Cf. Diario 687).
La hora de la Divina Misericordia
En octubre de 1937, en Cracovia, Jesús instó a Sor Faustina a conmemorar la hora de su muerte, (las tres de la tarde) y a unirse con Él en oración, y se refirió al valor y méritos de su pasión. Les facilito los textos del Diario para que los puedan meditar:
«Deseo que conozcas más profundamente el amor que arde en mi Corazón por las almas, y tu comprenderás esto cuando medites Mi Pasión. Acude a mi misericordia para los pecadores, deseo su salvación. Cuando reces esta oración con el corazón contrito y con fe por algún pecador, le conceder la gracia de la conversión. Esta oración es la siguiente: Oh Sangre y Agua que brotaste del Corazón de Jesús como una Fuente de Misericordia para nosotros, en Ti confío» (Diario, 187).
«A las tres de la tarde, ruega suplicando mi misericordia, en especial para los pecadores, y aunque solo sea por un brevı́simo momento, sumérgete en mi Pasió n, especialmente en mi abandono en el momento de mi agonı́a. Esta es la hora de la gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré penetrar en mi tristeza mortal. En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de mi Pasión….» (Diario, 1320).
«Cuántas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete totalmente en mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese momento se abrió de par en par para cada alma. En esa hora puedes obtener todo lo que pidas para ti y para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia.(…) En esa hora procura rezar el Via Crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el Via Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora mi Carazon en el Santı́simo Sacramento, que está lleno de misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en la oracióń allí́ donde estés, aunque sea por un brevísimo instante. Exijo el culto a mi misericordia de cada criatura» (Diario, 1572).
«En la cruz, la Fuente de mi Misericordia fue abierta de par en par por la lanza para todas las almas; no he excluido a ninguna» (Diario, 1182).
Queridos lectores, espero que este material les aproveche para la Semana Santa y para todos los días, ya que no hay nada más provechoso para el alma que meditar una y otra vez en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Hagamos de cuenta que estamos a los pies de Cristo Crucificado con un precioso Cáliz recibiendo su bendita Sangre y con el deseo de nuestro corazón, hagamos que la virtud de esta bendita Sangre llegue al corazón de todos los hombres.
Termino con un texto de Santo Tomás in votando a meditar en la Pasión de Cristo:
“Cristo, con su Pasión, abrió aquella puerta (la del cielo) y volvió a llamar al reino a los desterrados. Pues una vez abierto el costado de Cristo, fue abierta la puerta del paraíso, y una vez derramada su sangre, fue lavada la mancha, aplacado Dios, destruida la enfermedad, expiada la pena y los desterrados llamados al reino. Por eso, se dijo al instante al ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43) Esto no se dijo anteriormente, ni a Adán, ni a Abrahán, ni a David. Pero hoy, es decir, cuando fue abierta la puerta, el ladrón pidió y obtuvo el perdón. Teniendo confianza de entrar en el santuario por la sangre de Cristo” (Hebr 10, 19) In Symb.
Y junto a la Virgen de los Dolores, quien tan íntimamente siguió los pasos de la Pasión de su Hijo, estemos con Ella también nosotros, absortos en estas santas consideraciones y por fin, celebremos la Pascua, verdaderamente renovados.
Hermana María de la Fe, SSVM



