No puedo dejar de citar aquí
una página admirable de San Juan de la Cruz
que nos recuerda cómo debemos purificar nuestra alma
para llegar a la perfecta unión con Dios…
(p. Buela, Servidoras I p. 39)
«Dios nos quiere bien solos». Este podría ser el título de esta reflexión. El que he puesto arriba corresponde, más bien, a la pequeña historia que dio ocasión a una preciosa carta de san Juan de la Cruz sobre el desprendimiento y la compañía de Dios.
Resulta que, hace un tiempo, un sacerdote amigo me preguntó dónde decía san Juan de la Cruz aquello de que Dios «cuanto más quiere dar, tanto más hace desear, hasta dejarnos vacíos para llenarnos de bienes».
Me acordaba de que estaba en una de sus cartas, pero, mientras le respondía, como por arte de magia, me vino a la memoria un capítulo de un libro del carmelita José Vicente Rodríguez en el que se comentaba precisamente esta sentencia. Se lo reenvié y, unos días después, volví a leerlo con más detenimiento.
Les comparto algunas ideas que me quedaron de aquella lectura. Quizá puedan servirnos en estos días en que la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos nos han dejado el corazón lleno de deseos de irnos prontito al cielo.
La frase de san Juan de la Cruz aparece en una carta del 8 de julio de 1589, dirigida a la madre Leonor de San Gabriel, carmelita descalza que había sido destinada desde Sevilla a la nueva fundación de Córdoba.
La religiosa no había recibido el traslado con demasiado entusiasmo. Había dejado en Sevilla su convento, sus hermanas, sus afectos y, probablemente, no pocas de esas pequeñas cosas que hacen agradable la vida cotidiana. En Córdoba la esperaba una fundación nueva, con las incomodidades propias de todo comienzo. Y la pobre monja la estaba pasando mal.
San Juan de la Cruz, que conocía muy bien el corazón humano y todavía mejor los caminos de Dios, le escribe una carta admirable. Comienza agradeciéndole su participación en la nueva fundación, en la que ve una ocasión providencial para su mayor aprovechamiento espiritual. Sabe que a la religiosa le ha costado dejar Sevilla, con sus hermanas y sus afectos, pero no se limita a consolarla con buenas palabras. Va derecho al fondo de la cuestión.
Le dice que Dios «cuanto más quiere dar, tanto más hace desear, hasta dejarnos vacíos para llenarnos de bienes». Y añade que esos bienes divinos «no caben ni caen sino en corazón vacío y solitario».
La monja sufría por haber dejado la compañía de sus hermanas. San Juan de la Cruz le responde, en sustancia, que Dios quiere hacerle compañía Él mismo. Y que, precisamente porque la quiere mucho, la quiere «bien sola, con gana de hacerle él toda compañía».
¡Singular manera de consolar a una persona afligida! Nosotros probablemente le habríamos dicho que tuviera paciencia, que pronto se acostumbraría, que las hermanas de Córdoba serían tan buenas como las de Sevilla. Nuestro santo no desprecia esas razones, pero levanta la mirada mucho más arriba. Le enseña a descubrir, detrás de aquella privación, la voluntad de Dios que quiere darle algo mejor.
La carta es breve, apenas unos párrafos, pero contiene una doctrina espiritual de extraordinaria profundidad. Vale la pena leerla entera, porque también en el modo de escribir de san Juan de la Cruz hay mucho que aprender: sabe consolar sin halagar y exigir sin perder la ternura de padre.
Lo primero que llama la atención en la sentencia es que todo comienza en Dios. Es Dios quien quiere dar, quien hace desear, quien vacía y quien finalmente llena. La iniciativa es enteramente suya.
A veces pensamos que nuestros deseos de santidad son una especie de generosidad que tenemos con Dios. Como si le hiciéramos un favor al querer ser santos. Y resulta que hasta ese deseo es ya un regalo suyo.
Cuando Dios quiere dar mucho, hace desear mucho. Y cuando quiere dar más, hace desear más todavía.
Por eso, cuando el Señor enciende en un alma grandes deseos de santidad, de oración, de unión con Él, de cielo, no conviene despreciarlos ni rebajarlos a la medida de nuestra miseria. Conviene secundarlos.
Es verdad que somos poca cosa. Pero precisamente porque somos poca cosa necesitamos que Dios nos lo dé todo.
Ahora bien, hay una segunda parte de la sentencia que suele gustarnos bastante menos. Hasta dejarnos vacíos…
Queremos que Dios nos llene de bienes. Eso está muy bien. Lo que no siempre queremos es que antes nos vacíe.
Nos gustaría recibir las gracias de Dios sin perder ninguno de nuestros pequeños tesoros. Ser santos, pero conservando nuestras comodidades. Amar a Dios sobre todas las cosas, pero sin que nos quite aquellas a las que tenemos particular afición. Llegar a la perfecta unión, pero sin pasar por la desnudez. Y eso no puede ser.
San Juan de la Cruz explica que la verdadera desnudez no consiste simplemente en carecer de las cosas, sino en estar libre de su apetito:
«No tratamos aquí del carecer de las cosas, porque eso no desnuda al alma si tiene apetito de ellas, sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga» (1S 3, 4).
Uno puede no tener nada y estar lleno de apetitos. Y otro puede tener muchas cosas y no estar asido a ninguna. El problema no son las cosas, sino el corazón que se pega a ellas.
En otra carta, dirigida a las carmelitas de Beas, el santo lo explica con una imagen magnífica: «Hasta el cielo se ha de abrir la boca del deseo, vacía de cualquiera otra llenura». Y añade que quien busca su gusto en alguna cosa «lleva las manos embarazadas y no puede tomar lo que Dios le daba» (carta del 18 de noviembre de 1586).
La imagen es clarísima. Dios quiere regalarnos sus tesoros y nosotros nos presentamos con las manos llenas de cosas. Y como no queremos soltarlas, tampoco podemos recibir lo que Él nos ofrece.
Pensemos en nuestras pequeñas impaciencias, en la necesidad de que se haga nuestra voluntad, en el disgusto cuando no se nos tiene en cuenta, en las comodidades que consideramos indispensables, en el apego a una ocupación, a un lugar, a una persona, a una determinada manera de hacer las cosas.
No hace falta que se trate de grandes pecados. A veces basta una pequeña afición desordenada para tener el corazón ocupado.
La madre Leonor no estaba haciendo nada malo por querer a sus hermanas de Sevilla. Pero aquel afecto, bueno en sí mismo, podía convertirse en un impedimento para abrazar con libertad la voluntad de Dios.
Hay algo que no debemos perder de vista: Dios no vacía por vaciar. Vacía para llenar. Por eso el santo explica que las virtudes teologales tienen un doble oficio: apartar al alma de todo lo que es menos que Dios y juntarla con Dios (2N 21, 11).
San Juan de la Cruz advierte a la madre Leonor que debe poner ánimo en contentarse con la sola compañía del Señor, «para que en ella halle todo contento». Y añade una observación extraordinaria: «aunque el alma esté en el cielo, si no acomoda la voluntad a quererlo, no estará contenta».
¡Hasta en el cielo! Naturalmente, el santo no está afirmando que los bienaventurados puedan estar descontentos, sino mostrando, mediante una hipótesis imposible, que ninguna posesión puede hacernos felices si nuestra voluntad permanece desordenada.
La felicidad no consiste simplemente en estar donde nos gustaría, tener lo que deseamos o ver cumplidos nuestros planes. Consiste en tener la voluntad enteramente conforme con la de Dios.
Y esto vale para una monja destinada de Sevilla a Córdoba, para un sacerdote trasladado de una misión a otra y para cualquiera que vea contrariados sus pequeños proyectos.
Me gusta volver, para terminar, a aquellas palabras con las que san Juan de la Cruz consuela a la madre Leonor: Dios la quiere «bien sola, con gana de hacerle él toda compañía». ¡Qué manera tan hermosa de explicar las privaciones que el Señor permite en nuestra vida! A veces nos afligimos porque nos falta una cosa, porque perdemos un consuelo o porque las cosas no salen como habíamos pensado. Y quizá no advertimos que Dios se está sirviendo precisamente de aquello para desprendernos de lo que nos tiene ocupados y atraernos más hacia Él. No siempre comprendemos sus caminos, pero sabemos que, cuando nos pide dejar algo por su amor, nunca pretende empobrecernos.
Al final, el consejo que san Juan da a aquella religiosa es bien sencillo y bien difícil: «poner ánimo en contentarse» con la sola compañía de Dios. No le promete que en Córdoba encontrará los mismos consuelos que había dejado en Sevilla, ni que pronto desaparecerán las dificultades de la nueva fundación. Le enseña algo mucho mejor: a no poner su contento en esas cosas. Y acaso sea ésta una buena enseñanza para nosotros: aprender a estar contentos con Dios, aun cuando nos falten otras cosas; dejarle que disponga de nuestros pequeños planes y afectos, y convencernos, de una vez por todas, de que quien tiene a Dios no necesita buscar en otra parte lo que sólo Él puede darle.
p. Gabriel M Prado, IVE