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Kangeme, Kahama, Tanzania, 15 de marzo de 2026

Estas palabras le gustaba decirlas al P. Segundo Llorente, sobre todo cuando tenía la oportunidad de enseñar el catecismo a algún grupo de niños esquimales en el polo norte, o cuando terminaba de celebrar la misa en alguna aldea, en aquellos parajes inhóspitos. Haber leído nuevamente esa frase en uno de sus escritos, me ayudó ayer a recordarlo, al terminar de celebrar la misa en una de nuestras aldeas más pequeñas.
Para los que no son lectores asiduos de estas crónicas, o que se han sumado hace poco a los que siguen un poco más de cerca estas historias de la misión, les cuento que nuestra Congregación atiende dos parroquias en Tanzania, en la diócesis de Kahama, y entre ambas parroquias tenemos un total de 43 aldeas, o capillas. Nuestras parroquias, Ushetu y Kangeme, hace un poco más de cinco años eran una sola, la parroquia de Ushetu. Esta fue dividida para crear la parroquia nueva de Kangeme, que sigue a cuidado de los misioneros del IVE. Es decir que lo que cambió es que en vez de tener una sola parroquia inmensa, de 43 aldeas, ahora tenemos dos, y eso ayudó pastoralmente, pues teniendo dos parroquias ahora tenemos dos centros, y podemos decir que para la zona de la nueva parroquia fue un gran progreso, poder tener más cerca su iglesia parroquial, su centro parroquia, y sobre todo a los sacerdotes y hermanos.
Por eso verán que muchas veces nuestras crónicas generalmente versan sobre nuestros viajes y visitas a esos pueblos que están diseminados en el gran territorio parroquial; algunos más cerca, y otros bastante lejos; algunos por caminos en buen estado, y otros por camino para motocicletas; algunos con iglesias grandes y muchos feligreses, y otros con pequeñas capillas o sin ellas y con poquitos fieles. Ayer pude ir a la aldea de Bupandwamhuri, de la cual les he contado varias veces, y es una a las que se puede ir en motocicleta nada más, pues los últimos cuatro kilómetros del camino son muy malos. Hay que ir en moto, y por varias razones les pido a ellos que me vengan a buscar y me lleven y me traigan. Primero, porque no tengo una moto aquí en la parroquia luego del accidente de los hermanos Petro y Boniphace; segundo, porque no conozco bien esos miles de senderos y me pierdo fácilmente; tercero, porque no sé manejar bien ese vehículo y no quiero ponerme a practicar ahora… y se me pueden ocurrir algunas razones más. Los otros padres que están conmigo, PP. Francisco y Pablo, sí manejan la moto, y les resulta muy útil. Ellos ayudan especialmente en la parroquia de Ushetu, donde hay muchos más pueblos a los que necesariamente hay que ir en moto, y hay zonas enteras donde se complica mucho llegar en auto. Aquí en Kangeme son sólo tres aldeas, y por lo tanto, por ahora, me manejo de esta manera para ir a esos lugares.
Fui a Bupandwamhuri, sin un motivo especial, sino solamente el poder celebrarles la misa, porque la última vez que estuve allí fue para noviembre del 2025. Tratamos de hacer un recorrido por todas las aldeas, para poder celebrarles al menos tres o cuatro misas al año, y que puedan confesarse, recibir la eucaristía, y en los casos que sea necesario, visitar a los enfermos o ancianos del lugar. El no tener que ir manejando tiene la ventaja de que se puede ir apreciando el paisaje mucho más, sobre todo en este hermoso tiempo de lluvias. La capilla a la que nos dirigimos está en un lugar donde la mayoría de los habitantes son paganos. Ayer recé la misa con unos dieciocho adultos y jóvenes, y un buen grupo de niños, como siempre. Algunos de los adultos vinieron de la aldea vecina.
Sin embargo, me pareció que hubieron pocos niños, y sobre todo que al ser día sábado los que asisten a la escuela podrían haber venido. Cuando en el almuerzo les pregunté a los líderes porqué sería eso, me respondieron que es muy probable que sea por el trabajo del campo, especialmente en este tiempo el cultivo del tabaco, que compromete a toda la familia. Hay muchos campos de tabaco, y la cosecha es un trabajo muy grande, pues deben atar las hojas, y colgarlas en los hornos para secarlas, y en esto deben ayudar todos en la casa.
Pude confesar fuera de la capilla mientras rezaban el rosario, y luego les celebré la misa. La iglesia es pequeña y está muy linda. Sólo le falta que la pintemos y le pongamos los bancos. Para esta capilla me ha ayudado un sacerdote de la Congregación, con varias donaciones que ha recibido de sus feligreses. Esto ayuda mucho a la misión, pues aunque sean pocos católicos, el tener un lugar digno para rezar, ayuda a que se participe mejor, a que se celebre con más respeto, y a que perseveren aquellos que recién se acercan a la iglesia, pues ya tienen dónde rezar. En el sermón aproveché a enseñarles sobre la Cuaresma, los tres actos principales, que según la oración colecta del domingo son “remedio contra el pecado”: ayuno, oración, y limosna. Cada punto explicado y aplicado a la realidad cotidiana de ellos. Escuchan con mucha atención, y hay que hacer el sermón muy catequético. Muchos de ellos son paganos que se han convertido hace muy pocos años.
Tuvimos que terminar el almuerzo dentro de la iglesia, pues se largó a llover, y esperar un poco para poder comenzar el viaje de regreso. Regresar en moto por esos caminos ya no me atrae tanto, pues el viaje para el que se sienta atrás es más incómodo, y a mis años se sienten bastante los casi diez kilómetros con las rodillas flexionadas y haciendo equilibrio, sobre todo en la parte mala del camino, los senderos con arena, las zanjas y los charcos. Se me vino al recuerdo la frase que tanto le gustaba al P. Llorente: “Manifesté tu nombre a los hombres”, palabras que Cristo pronunció en la última cena. Aunque sean pocos, y aunque se trate de una aldea pequeña, alejada y llena de paganos, y que tengamos que pasar por estas pequeñas incomodidades, esto es algo que llena de alegría y satisfacción al misionero.
Antes de terminar les cuento que la semana anterior pude ir a dos aldeas el mismo día: Mkondogwa y Ngilimba.
A estos dos lugares fui para que tengan una misa al menos en tiempo de cuaresma y la posibilidad de confesarse, aunque generalmente no son muchos los que pueden recibir los sacramentos. A estos dos lugares se puede llegar en auto, pero en particular a Ngilimba se puede llegar luego de un gran rodeo. De la aldea de Mkondogwa, cuya capilla se llama “San Judas Tadeo”, ya les he contado en otras oportunidades. Es una aldea pequeña, y generalmente las que rezan son las mujeres, los hombres casi nunca están, y mucho menos en esta época de plena cosecha del tabaco. Siempre es muy lindo ir allí, pues hay un grupito de gente que canta a capela, y participan con mucha atención. Pero como la capilla no tiene paredes, sino que se trata de un techado nomás de chapas, cualquier cosa que pasa por afuera, o si pasa una moto o una bicicleta, o si un pastor pasa con su vacas o chivos, se acapara la atención y hay que hacerles alguna pregunta para poder retomar el sermón. Aquí nuevamente me pidieron las señoras que les ayude a construir su iglesia. Cada vez que voy me lo piden, de muy buena manera, y realmente dan ganas de poder hacerlo. Es por eso que comencé a los pocos días la campaña para reunir fondos para construir una pequeña iglesia allí. Ya está avanzando, y llevamos un cuarto del total que nos hemos propuesto (aquí les copio el link de la campaña https://gofund.me/5d8f4949b). Después del almuerzo debajo de un árbol, fuimos a ver a una enferma que vive muy cerca de la capilla. Una señora muy buena, que siempre estaba en la iglesia cuando iba a Mkondogwa. Me dijeron que tiene “una especie de cáncer al estómago”. Muchas veces sucede aquí que la gente no sabe muy bien lo que tiene, y así lo aceptan de las manos de Dios. Con una gran tranquilidad y una sonrisa nos recibió, se confesó, recibió la unción y la comunión.
Ese día, luego de la misa allí, regresé a la casa para poder descansar un poco antes de ir a Ngilimba, que tenía misa a las tres de la tarde. Sin embargo, cuando llegué a la casa me encuentro con un mensaje del sacerdote encargado de las escuelas de la diócesis, que venía a la escuela que tenemos en Ushetu, Stella Matutina, para una reunión con las hermanas que allí trabajan, y quería que yo también estuviera. Así que inmediatamente fui para allá, y llegué a tiempo. Entre una cosa y otra, tardé casi dos horas, y ya era la hora para ir a Ngilimba. Me imaginaba que podía ser así, y a propósito no había bajado la valija de misa del auto, para poder ir directamente desde Ushetu a Ngilimba. Hacía mucho que no hacía este camino, que hace muchos años lo hacíamos con frecuencia. Es un largo recorrido por cuatro aldeas antes de llegar (Mbika, Shiki, Kipungi, y Mhuge), y puedo decirles que más de la mitad es un camino muy malo para una camioneta, y para el auto ni les cuento. Ya salí desde Ushetu con atraso, así que traté, en lo que me permitía el camino, de in un poco rápido. Aún así llegué una hora tarde, y allí me estaban esperando… los jóvenes católicos del colegio secundario del gobierno que se ha comenzado en ese lugar el año pasado.

Los feligreses de Ngilimba, venían con más atraso que yo. Comenzamos el rosario y las confesiones, como es costumbre, y luego tuvimos la misa en la capilla vieja. En Ngilimba se ha construido una iglesia nueva y grande. Nosotros, los padres, les ayudamos a levantarla, paredes y techo. No pudimos conseguir más dinero para esto, y les quedó el trabajo a ellos de terminar de construir los muros hasta cerrar con el techo, y poder terminar de poner piedras y tierra en el piso, que faltó muy poco para terminar. Bien, ellos no han hecho nada más, pero me imagino que es sobre todo porque desde noviembre el trabajo del campo no ha dejado descanso. Les insistí a que una vez que llegue el tiempo de sequía nos pongamos de vuelta al trabajo. Ahora no teníamos mucha opción, y celebramos en la iglesia antigua, de barro, con pequeñas ventanas, techo bajo, y que siempre obliga a terminar mojados de transpiración, todos sin excepción. La iglesia estaba llena, gracias a la gran cantidad de jóvenes que habían venido desde la escuela.
Un hecho anecdótico fue que al final de la misa el catequista me dijo: “hoy rezamos junto con una víbora”. ¿Cómo es eso?, le pregunto, pensando que era una broma. Me señala una de las cabreadas de madera de la iglesia, como a la mitad de los bancos, bien arriba de donde estaban sentados un grupo de niños, había una víbora, no muy grande, reposando bien tranquilita. La gente no es que no se haya percatado de eso, creo que un buen grupo sabía, pero como estaba tranquila, y no se movía, nadie dijo nada, y así estuvo toda la misa, incluyendo cantos, movimientos, procesiones, etc.

Que Dios los bendiga. ¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE.

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