“Deseo que el primer domingo después de la Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia” (Diario 299).
“Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de Mi misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias”. (Diario 699)
Nuestro Señor Jesucristo, pródigo en Amor, nos ha revelado plenamente la Misericordia del Padre: “Cuando la humanidad merecía el castigo por su pecado, Dios no respondió con rechazo, sino con compasión: entregó a su propio Hijo para redimirnos. El Justo cargó con la culpa de los injustos, el Inocente por los culpables, el Inmortal por los mortales.
Así, la segunda Persona de la Trinidad asumió nuestra condición humana para alcanzarnos la redención. ¡Admirable intercambio!: la impiedad de muchos cubierta por un solo Justo, y la justicia de Uno justificando a tantos”. (De la Carta a Diogneto)
Propagación de la Devoción a la Divina Misericordia
A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas Juez sino Salvador misericordioso (Diario 1075).
Ésta es la promesa que Jesús hizo a todos aquellos que proclamen la Misericordia. A los sacerdotes, el Señor les hizo una promesa adicional: Diles a Mis sacerdotes que los pecadores más empedernidos se ablandarán bajo sus palabras cuando ellos hablen de Mi misericordia insondable, de la compasión que tengo por ellos en Mi Corazón. A los sacerdotes que proclamen y alaben Mi misericordia, les daré una fuerza prodigiosa y ungiré sus palabras y sacudiré los corazones a los cuales hablen (Diario 1521). Estas promesas muestran claramente qué significado tiene el hecho de difundir la devoción a la Divina Misericordia, puesto que Jesús promete a todo aquel que asuma esta tarea su protección maternal, tanto en esta vida como en el momento de la muerte. La difusión del culto de la Misericordia es pues una de las formas de la devoción a la Divina Misericordia, a parte de la imagen de la Misericordia, la Fiesta de la Divina Misericordia, la Coronilla de la Divina Misericordia y la Hora de la Misericordia.
1) Difusión del culto a la Divina Misericordia
Según la Hna. M. Elżbieta Siepak ISMM, la difusión del culto de la Divina Misericordia, consiste en proclamar el misterio de la Misericordia de Dios, el cual nos ha sido revelado del modo más pleno en Cristo crucificado y resucitado; y se lleva a cabo mediante nuestro testimonio de vida, a través de actos, palabras y con la oración. Estas acciones, no sólo deben mostrar el camino que conduce hacia una vida feliz en la tierra, sino que sobre todo deben estar al servicio de la obra de la salvación y santificación del mundo y con el fin de preparar a la humanidad entera para la segunda venida de Cristo en la tierra.
“Secretaria de Mi misericordia – dijo Jesús a Sor Faustina – escribe, habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia (Diario 965). Hija Mía, no dejes de proclamar Mi misericordia (Diario 1521). Hija Mía, habla al mundo entero de la inconcebible Misericordia Mía (Diario 699). Todavía queda tiempo, que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia, se beneficien de la Sangre y del Agua que brotó para ellos (Diario 848). Escribe: Antes de venir como juez justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia” (Diario 1146).
Vemos pues por qué tantas veces aparece en el Diario de Sor Faustina esta exhortación de Jesús que a través de santa Faustina va dirigida al mundo entero y a toda la Iglesia.
La tarea de proclamar el mensaje de la Divina Misericordia se desprende del don que hemos recibido ya en el momento del santo bautismo. Es también un derecho y un deber de la Iglesia, y por lo tanto, de todos los creyentes. “Ha llegado la hora en la que – dijo Juan Pablo II en Cracovia el 17 de agosto de 2002 en Cracovia – el mensaje de la Divina Misericordia derrame en los corazones la esperanza y se transforme en chispa de una nueva civilización: la civilización del amor”.
La tarea de proclamar y de hacer presente en el mundo de hoy, de diferentes maneras, el amor misericordioso de Dios, requiere, en primer lugar, hacer un esfuerzo para ir conociendo mejor este misterio, sobre la base de los textos bíblicos; pero también buscando signos de este amor en nuestra propia vida y en el mundo. Sor Faustina, procuraba reflexionar sobre la bondad de Dios en la obra de la creación, en la obra de la salvación, en la Santa Iglesia, así como en la Palabra de Dios y en los sacramentos. También meditaba sobre cómo se manifiesta la bondad divina en la vocación que el hombre ha recibido para unirse a Dios ya aquí en la vida terrena y por toda la eternidad. Ella trataba también de descubrir, día tras día, en todos los acontecimientos de la vida cotidiana, la mano amorosa de nuestro Padre Celestial. El hecho de ir conociendo así el misterio de la Divina Misericordia, la llevó a concluir que en la vida humana todo lo bueno viene de Dios y es un don suyo, de su amor misericordioso. Así, por ejemplo, escribió en el Diario: “Tu misericordia, como un hilo de oro nos acompaña durante toda la vida y mantiene el contacto entre nuestro ser y Dios en cada aspecto; Dios no necesita nada para ser feliz, pues todo es únicamente la obra de su misericordia. Mis sentidos se paralizan por la alegría cuando Dios me da a conocer más a fondo este gran atributo suyo, es decir su insondable misericordia (Diario 1466). San Juan Pablo II, en la Audiencia General (30/04/1986) dijo: “Dios, como Padre omnipotente y sabio está presente y actúa en el mundo, en la historia de cada una de sus criaturas, para que cada criatura, y específicamente el hombre, su imagen, pueda realizar su vida como un camino guiado por la verdad y el amor hacia la meta de la vida eterna en Él”. Y el Catecismo de la Iglesia Católica n.308, señala que creer en Dios y creer en su Providencia son actos inseparables. Confiados pues en la Providencia misericordiosa de Dios, debemos esforzamos en aprender a mirar todo como venido de Aquel que no se olvida ni de un pajarillo… y tiene contados hasta nuestros cabellos cf. Lc 12,6-7 Porque como enseña San Pablo “todas las cosas se disponen para el bien de los que aman a Dios” Rom 8, 28.
Para poder acercar al mundo el misterio de la misericordia de Dios de un modo más eficaz, tal como nos muestra el testimonio de vida de Sor Faustina, no basta el mero conocimiento intelectual de esta verdad de la fe, sino que hay que vivirla cada día. Por eso el Señor Jesús, al instruir a Sor Faustina tantas veces, la alentaba no sólo a considerar su amor misericordioso y bondad insondables, sino sobre todo a imitarlo en una actitud misericordiosa hacia los demás. “Hija Mía – exhortaba el Señor a Sor Faustina – observa Mi Corazón misericordioso y reproduce su compasión en tu corazón y en tus acciones, de modo que tú misma, que proclamas al mundo Mi misericordia, seas inflamada por ella” (Diario 1688). Ella, obediente a las palabras de Jesús, quería transformarse totalmente en la Misericordia, ser su vivo reflejo. “Oh Jesús mío, cada uno de Tus santos refleja en si una de Tus virtudes, yo deseo reflejar Tu Corazón compasivo y lleno de misericordia, deseo glorificarlo. Que Tu misericordia, oh Jesús, quede impresa sobre mi corazón y mi alma como un sello y éste será mi signo distintivo en esta vida y en la otra. Glorificar Tu misericordia es la tarea exclusiva de mi vida” (Diario 1242).
2). Proclamar el mensaje de la Misericordia
Sor Faustina difundía el culto de la Misericordia, primero mediante el testimonio de su propia vida, vivido en un espíritu de confianza en Dios y con una actitud misericordiosa hacia el prójimo. Una persona con estas disposiciones, que confía en Dios (cumple su voluntad) y lleva a cabo actos de misericordia, se convierte en una imagen viva de la misericordia de Dios, verdaderamente dará testimonio porque los que la vean se convencerán de que es bueno confiar en Él y ser caritativo.
La disposición para ejercer la misericordia al prójimo, tanto en las pequeñas ocasiones como en las grandes, es particularmente elocuente. Es el argumento más potente gracias al cual la proclamación del culto de la Divina Misericordia se vuelve verdaderamente fructífera.
Si embargo, si bien el testimonio de vida es algo excelente se debe añadir, el proclamar la misericordia de Dios con la palabra. Sor Faustina, en los contactos personales que tenía con las personas, aprovechaba cada oportunidad para hablar de la bondad de Dios y para alentar a las personas a confiar en Él. Predicaba el mensaje de la Divina Misericordia, no sólo con la palabra viva, sino también mediante la palabra escrita. A través de su «Diario», ella sigue proclamando al mundo hasta el día de hoy el misterio de la Divina Misericordia: nos habla de lo bueno que es el Señor, cómo se preocupa por cada persona, por su felicidad temporal y eterna, y nos exhorta a confiar en su misericordia. También nos anima a formarnos conforme a este espíritu de la misericordia.
Nosotros podemos proclamar cuan bueno y amable es el Señor, en las situaciones comunes de la vida cotidiana, en nuestros contactos personales con otras personas, por ejemplo cuando, tratamos de interpretar los acontecimientos de nuestra vida en nuestras conversaciones cotidianas, tratando de descubrir la bondad de Dios; cuando somos capaces de trasponer las situaciones cotidianas a la perspectiva que proporciona la fe, para poder ver en ellas la mano amorosa del Padre Celestial; esto lo podemos hacer incluso en las experiencias dolorosas y en medio de grandes sufrimientos. Es entonces cuando el apostolado da grandes frutos en la vida cotidiana.
Otra forma de rendir honor a la Divina Misericordia es la oración. En la práctica de la devoción a la Divina Misericordia esto se realiza en las formas que Jesús trasmitió a Sor Faustina. Cabe destacar la oración diaria siguiendo la liturgia de la Iglesia; podemos rezar también de forma individual, venerando la imagen de Jesús Misericordioso, rezando la Coronilla de la Divina Misericordia, o rezando la oración en la Hora de la Misericordia; también se puede adorar a Dios en el misterio de su misericordia, propagar el culto de la Divina Misericordia e implorarla para el mundo entero.
“Las plegarias, los ayunos, las mortificaciones, las fatigas y todos los sufrimientos, los unirás a la oración, al ayuno, a la mortificación, a la fatiga, al sufrimiento Mío y entonces tendrán valor ante Mi Padre” (Diario 531). El sufrimiento tiene un papel muy importante a la hora de implorar la misericordia para el mundo: “Hay un solo precio – le dijo Jesús a santa Faustina – con el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a Mi sufrimiento en la cruz” (Diario 324). Y en otro lugar: “cada conversión de un alma pecadora exige sacrificio” (Diario 961). Jesús también pidió lo siguiente: “Necesito tus sufrimientos para salvar las almas” (Diario 1612). “Une tus sufrimientos a Mi Pasión y ofrécelos al Padre Celestial por los pecadores” (Diario 1032).
Todos los que acogen en su corazón el mensaje de la Divina Misericordia, deberían implorar gracias, en primer lugar para los pecadores, porque son los que están en una situación de mayor miseria y pobreza y por lo tanto son los que más precisan de la Divina Misericordia. El Señor Jesús a menudo pedía oraciones en esta intención: “La pérdida de cada alma Me sumerge en una tristeza mortal. Tú siempre Me consuelas cuando rezas por los pecadores. Tu oración que más Me agrada es la oración por la conversión de los pecadores. Has de saber, hija Mía, que esta oración es siempre escuchada” (Diario 1397).
Otro grupo privilegiado en la oración de los Apóstoles de la Divina Misericordia son los sacerdotes, los religiosos y religiosas, es decir aquellos que conducen a las almas a Dios por los caminos de la salvación; ellos se hallan en la primera línea del frente de batalla por la conquista de las almas. También ellos, pues, precisan mucho del apoyo de la oración. “Confío a tu cuidado – dijo Jesús a Faustina – dos perlas preciosas para Mi Corazón, que son las almas de los sacerdotes y las almas de los religiosos” (Diario 531).
En el “Diario” de santa Faustina también podemos encontrar una petición de Jesús en la que pide que se rece por los agonizantes: Reza, cuanto puedas, por los agonizantes, impetra para ellos la confianza en Mi misericordia, porque son ellos los que más necesitan la confianza, pues son a quienes más falta les hace. Has de saber que la gracia de la salvación eterna de algunas almas en el último momento dependió de tu oración” (Diario 1777).
Jesús también recomendó a santa Faustina que asistiera a menudo a las almas del purgatorio, porque allí la necesitaban (Cf. Diario 1738), es decir, que rezara por los difuntos, ejerciendo así la misericordia mediante la oración y el sacrificio. A pesar de que el Señor no menciona expresamente otras categorías de personas, está claro que se debe orar por todos, porque el Señor siempre insistía en que hay que implorar la misericordia de Dios para el mundo entero.
Sin embargo, en ningún momento – escribía Juan Pablo II – y en ningún período histórico, especialmente en una época tan crítica como la nuestra, la Iglesia puede olvidar la oración que es un grito a la misericordia de Dios ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan. Precisamente éste es el fundamental derecho-deber de la Iglesia en Jesucristo: es el derecho-deber de la Iglesia para con Dios y para con los hombres (DM 15).
En el Evangelio del Segundo Domingo de Pascua Juan 20, 19-31, la aparición de Jesús mostrando sus manos y su costado a los discípulos y a Tomás no es solo una prueba de su resurrección, sino una invitación a contemplar el precio de nuestra redención.
La iconografía de la Divina Misericordia (el cuadro de Jesús Misericordioso) muestra precisamente a Cristo resucitado con rayos de luz saliendo de su costado, evocando la sangre y el agua que brotaron de su herida.
Tres veces en este pasaje, Jesús saluda con: “La paz esté con ustedes”. Esta paz no es la ausencia de conflicto, sino la reconciliación total del hombre con Dios a través del sacrificio de Cristo, que es el corazón del mensaje de la Divina Misericordia.
En este día, la Iglesia ofrece una indulgencia plenaria a los fieles que se confiesen, comulguen y oren por las intenciones del Papa, reforzando la idea de un “segundo bautismo” o una limpieza total del alma a través de la misericordia.
El Evangelio, trae un gesto muy significativo: Jesús, “Al decirles esto, (“…La paz este con vosotros…”) sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo” (v. 22). En el libro del Génesis se dice que Dios sopló sobre el hombre de barro y éste comenzó a vivir. Aquí también se da el mismo gesto para señalar que Jesús es el autor de una nueva creación al regalarles el Espíritu Santo, gran promesa que les había hecho a los suyos antes de padecer en la cruz. Junto a este nuevo aliento de vida del Resucitado, los discípulos experimentan al Resucitado como fuente de perdón y ellos mismos son puestos como instrumentos del perdón, perpetuando su misericordia en la Iglesia.
Este acto es visto como la institución del Sacramento de la Confesión, que es el canal principal de la Misericordia Divina para el mundo.
“Que nadie se lamente por sus pecados, porque el perdón ha surgido resplandeciente del sepulcro.
Que nadie tema a la muerte, porque la muerte del Salvador nos ha liberado”
(San Juan Crisóstomo)
En este tiempo santo, renovados por la Pascua y sostenidos por la Misericordia que brota del Corazón de Cristo, confiemos plenamente en Aquel que abre para nosotros todas las compuertas de su gracia. Que vivamos este Día de la Divina Misericordia con corazones agradecidos, disponibles y abiertos al don del perdón y de la paz.
Con sincero afecto en Cristo Resucitado, les deseo unas felices Pascuas y un fructífero Domingo de la Misericordia.
Que Nuestro Divino Redentor y su Santísima Madre los bendiga.
Hna Maria de la Fe



