Proverbios 1 Biblia Straubinger Capítulo 1 de 31

Proverbios 1

Libros sapienciales · Antiguo Testamento

Este domingo: Mt 22, 1-14 Índice de libros

Introducción de la edición

El Libro de los Proverbios no es un código de obligaciones, sino un tratado de felicidad. Dios no habla para ser obedecido como déspota, sino para que le creamos cuando nos entrega, por boca del más sabio de los hombres, los más altos secretos de la Sabiduría (en hebreo jokmah). Se trata de una sabiduría eminentemente práctica, que desciende a veces a los detalles, enseñándonos aún, por ejemplo, a evitar las fianzas imprudentes (cf. 6, 1 y nota; 17, 18 y los pasajes concordantes que allí señalamos); a desconfiar de las fortunas improvisadas (13, 11; 20, 21); del crédito (22, 7) y de los hombres que adulan o prometen grandes cosas (20, 19); a no frecuentar demasiado la casa del amigo, porque es propio de la naturaleza humana que él se harte de nosotros y nos cobre aversión (25, 17). Otras veces nos descubre las más escondidas miserias del corazón humano (verbigracia, 28, 13; 29, 19, etc.), y no vacila en usar expresiones cuya exactitud va acompañada de un exquisito humorismo; verbigracia, el comparar la belleza en una mujer insensata, con un anillo de oro en el hocico de un cerdo (11, 22).

Casi todos los pueblos antiguos han tenido su sabiduría, distinta de la ciencia, y síntesis de la experiencia que enseña a vivir con provecho para ser feliz. Aun hoy se escriben tratados sobre el secreto del triunfo en la vida, del éxito en los negocios, etc. Son sabidurías psicológicas, humanistas, y como tales harto falibles. La sabiduría de la Sagrada Escritura es toda divina, es decir, inspirada por Dios, lo cual implica su inmenso valor. Porque no es ya solo dar fórmulas verdaderas en sí mismas, que pueden hacer del hombre el autor de su propia felicidad, a la manera estoica; sino que es como decir: si tú me crees y te atienes a mis palabras, Yo tu Dios, que soy también tu amantísimo Padre, me obligo a hacerte feliz, comprometiendo en ello toda mi omnipotencia. De ahí el carácter y el valor eminentemente religiosos de este Libro, aun cuando no habla de la vida futura sino de la presente, ni trata de sanciones o premios eternos sino temporales.

El Libro de los Proverbios debe su nombre al versículo 1,1, donde se dice que su contenido constituyen las «parábolas» o «proverbios» de Salomón. Sin embargo, ni el nombre de parábola, ni el de proverbio, corresponde al hebreo «maschal» (plural meschalim). La Sagrada Escritura llama maschal no solo a las parábolas o semejanzas, sino más bien a todos los poemas didácticos, y en particular a las sentencias y máximas que encierran una enseñanza. Muchas veces el maschal se acerca, por su oscuridad, al enigma.

En el título se expresa el objeto del Libro (ver 1, 1-6). Los primeros nueve capítulos se leen como una introducción que contiene avisos y enseñanzas generales, mientras los capítulos 10-22, forman un cuerpo de cortas sentencias de Salomón, que versan sobre temas variadísimos, no teniendo conexión unas con otras. A ellas se añade un apéndice que trae «las palabras de los sabios» (22,17-24, 34). Un segundo cuerpo de sentencias salomónicas, compiladas por los varones de Ezequías, se presenta en los capítulos 25-29, a los cuales se agregan tres colecciones: los proverbios de Agur (30, 1-22), los de la madre de Lamuel (31,1-9) y el elogio de la mujer fuerte (31, 10-31).

El autor del Libro, con excepción de los apéndices, es, según los títulos (1, 1; 10, 1; 25, 1), el rey Salomón, quien en sabiduría no tuvo igual (III Reyes 5, 9 s.), atribuyéndole la Sagrada Escritura «3000 sentencias y 1005 canciones» (III Reyes 4, 32). El presente libro de los Proverbios contiene solamente 550, cuarenta de las cuales repetidas casi textualmente.

Los exégetas creen que la última redacción del libro se hizo en tiempos de Esdras.

Prólogo

Texto de Proverbios 1

1 Proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel:

2 para aprender sabiduría e instrucción, para entender las palabras sensatas;*

3 para instruirse en la sabiduría, en la justicia, equidad y rectitud;

4 para enseñar discernimiento a los sencillos, y a los jóvenes conocimientos y discreción.*

5 Escuche el sabio y acrecerá en saber. El hombre inteligente adquirirá maestría

6 en entender las parábolas y su sentido misterioso, las sentencias de los sabios y sus enigmas.*

7 El temor de Yahvé es el principio de la sabiduría; solo los insensatos desprecian la sabiduría y la doctrina.*

I. Sentencias generales

Las malas compañías

8 Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre; y no deseches las enseñanzas de tu madre.*

9 Serán una corona de gracia para tu cabeza, un collar para tu cuello.

10 Hijo mío, si los malvados quieren seducirte, no les des oído;

11 si te dicen: «Ven con nosotros; pongamos asechanzas a la vida ajena, tendamos por mero antojo celadas al inocente;*

12 traguémoslos vivos, como el sepulcro, enteros, como los que descienden a la fosa;

13 y hallaremos preciosas riquezas, henchiremos de despojos nuestras casas.*

14 Echa tu suerte con nosotros; sea una sola la bolsa de todos nosotros.»

15 Hijo mío, no sigas sus caminos; aparta tu pie de sus senderos;*

16 porque sus pies corren al mal, van presurosos a derramar sangre.

17 En vano se tiende la red ante los ojos de los pájaros;*

18 mas ellos arman asechanzas a su propia sangre, traman maquinaciones contra su propia vida.*

19 Tal es la senda de los codiciosos de ganancia, quita la vida a los propios dueños.

Llamamiento de la sabiduría

20 La sabiduría clama en las calles, en las plazas levanta su voz;*

21 llama donde hay más concurso de gente, en las puertas de la ciudad expone su doctrina:

22 ¿Hasta cuándo, oh necios, amaréis la necedad? ¿Hasta cuándo los burladores se deleitarán en burlas, y odiarán los fatuos la sabiduría?

23 Volveos para (oír) mi instrucción, y derramaré sobre vosotros mi espíritu, quiero enseñaros mis palabras.*

24 Os convidé y no respondisteis, tendí mis manos, y nadie prestó atención;

25 rechazasteis todos mis consejos, y ningún caso hicisteis de mis amonestaciones.

26 Por eso también yo me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os sobrevenga el espanto,*

27 cuando os sobrevenga cual huracán el terror, cuando caiga sobre vosotros, como torbellino, la calamidad, y os acometan la angustia y la tribulación.*

28 Entonces me llamarán, y no les responderé; madrugarán a buscarme, y no me hallarán,*

29 por cuanto aborrecieron la instrucción y abandonaron el temor de Dios,*

30 no amando mi consejo, y desdeñando mis exhortaciones.

31 Comerán los frutos de su conducta, y se saciarán de sus propios consejos.

32 Porque la indocilidad lleva a los necios a la muerte, y la prosperidad de los insensatos es causa de su ruina.

33 Mas el que me escucha, habitará seguro, y vivirá tranquilo sin temer el mal.

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