Seguramente habrás oído hablar de Guillermo Tell, y seguramente recordarás que, para demostrar su puntería, Guillermo Tell acertó con un tiro de su ballesta a una manzana que se encontraba a unos cien metros de distancia, colocada sobre la cabeza de su hijo.
Sin embargo, quizá no recuerdes por qué ocurrió esto. Albrecht Gessler, gobernador de Altdorf, en Suiza, erigió un poste en el pueblo, colgó su sombrero en lo alto y exigió que todos los habitantes se inclinaran ante él. Tell no se inclinó y, por ello, fue arrestado. Gessler quería divertirse un poco a su costa. Le ofreció salvarle la vida si conseguía derribar una manzana de la cabeza de su hijo Walter de un solo tiro.
Mientras Tell dudaba sobre si hacerlo, su hijo tomó la manzana y dijo: «Mi padre lo hará». Se alejó cien pasos de su padre y dijo: «Adelante, padre, esperaré tu flecha sin miedo». Además, no permitió que los soldados lo ataran: «No os preocupéis, no tengo miedo, no me moveré». Entonces Guillermo disparó la flecha y partió la manzana.
¿Por qué se comportó Walter de esa manera? Su padre le había dado pruebas suficientes de su buena puntería, de modo que no tenía ninguna duda de que no fallaría el tiro. La confianza, como dice santo Tomás, significa esperar algo «porque se da crédito a las palabras de otro que promete ayuda» (II-II, 129, 6). Esta es precisamente la base de la confianza, que a su vez es la base de toda relación humana: la idea que tenemos de la persona en la que debemos confiar, y si esa persona es digna de mi confianza o no.
Hablando de la confianza sobrenatural, o confianza en Dios, si no confiamos en Dios, el problema está en nosotros, porque Dios es sumamente digno de confianza. En otras palabras: ¿por qué debemos confiar en Dios nuestro Padre? Porque Dios es bueno, infinitamente bueno, y no desea nada más que lo que es bueno para nosotros. La mayor prueba de que Él desea lo que es bueno para nosotros es Jesucristo, como dice san Pablo: «El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Rom 8, 32).
Así, cuando nos encontramos en una situación que nos parece difícil o incluso perjudicial —como que tu padre te dispare una flecha a la cabeza, al igual que a Walter Tell—, debemos estar convencidos, como lo estaba Walter, de que Dios no permitirá ningún mal a menos que sea para obtener un bien mayor de él, como dice san Pablo: «Sabemos que todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Rom 8, 28). Debemos estar convencidos de que ninguna adversidad puede vencer nuestra fortaleza, porque Dios no lo permitirá; y si permite la adversidad, nos da la gracia necesaria para vencerla, como le dijo a san Pablo: «Mi gracia te basta, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Cor 12, 9).


