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Nota del editor: Al publicar el texto de una conferencia pronunciada en el Congreso de Historia del Nacionalismo Argentino —realizado los días 15 y 16 de agosto de 1998—, titulada “El surgimiento del Nacionalismo (1927–1945)”, el autor añade una addenda, es decir, un breve complemento destinado a decir algo que en la conferencia había quedado pendiente: una reflexión sobre la esencia del nacionalismo.

 

 

Terminado el Congreso de Historia del Nacionalismo y tras la operación mediática de la que fue objeto, considero pertinente añadir estas líneas a la Comunicación que leí en el mismo.

Me parece que en mis palabras sobre el nacionalismo faltó una reflexión sobre su esencia. Porque es bien claro que el nacionalismo no es un partido (aunque haya habido partidos nacionalistas), ni un Ateneo (aunque haya habido ateneos nacionalistas) ni una simple corriente de opinión.

Creo que el nacionalismo argentino es, ante todo y por sobre todo, una Hermandad. Creo que esa es la palabra que expresa más ajustadamente su esencia. Porque Hermandad es mucho más que un Ateneo o una corriente de opinión y algo muy distinto de un Partido.

Conste que no quiero reinstalar aquí una vieja polémica sobre la licitud de organizar un Partido Nacionalista. Me parece perfectamente lícito hacerlo, en tanto no se convierta en un fragmento del Régimen. Y una vez dilucidado esto, el nombre que se le ponga me parece secundario. Partido o Movimiento pueden presentar facetas distintas, pero en sustancia ambas son formas en que los hombres del siglo XX se organizan para tomar el poder.

Creo que el nacionalismo es más que eso, como lo prueba el hecho de que en largos períodos no ha habido ni Partidos, ni Movimientos, ni siquiera publicaciones nacionalistas y sin embargo el nacionalismo argentino no ha desaparecido y sigue convocando a mucha gente de todas las edades.

Una Hermandad. De la misma manera que la necia de Marilyn Ferguson definía su tendencia como una «conspiración», un grupo de personas que «respiran juntos», el nacionalismo ha de definirse como el conjunto de las personas cuyos corazones laten juntos. Que no se tome por una mala metáfora. Es más bien una definición: se es hermano de alguien cuando se pone el corazón al unísono.

Tampoco debe interpretarse mal, como si el ser nacionalista fuera una simple cuestión emocional. Hay una visión del mundo que reside en la inteligencia. Pero no basta, si no se complementa con esa actitud cordial que en un tiempo se llamó camaradería y hoy debe llamarse hermandad.

Es muy probable que la batalla de hoy sea más cultural que política, puesto que se trata de reconquistar a la sociedad antes que al Estado. Es un tema a debatir. Pero sea cual sea la tarea concreta que el nacionalismo emprenda, lo primero es recuperar la Hermandad en su sentido más pleno, esa cualidad que, entre otras cosas, nos hace cerrar filas ante el enemigo común.

 

Aníbal Domingo D’Angelo Rodríguez

 

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