San Pablo, en la Epístola a los Hebreos, es el gran intérprete de este Salmo y especialmente de este pasaje, al que dedica casi íntegramente seis capítulos (de 4, 14 a 10, 25), citándolo constantemente para armonizarlo con el versículo 1 (Hebreos 5, 5-10; 6, 20; 7, 28; 8, 6; 10, 12 s.) y también con Salmo 2, 7 (Hebreos 5, 5 s.), lo que muestra una vez más la correlación de ambos oráculos. Revela así maravillosamente el celestial sacerdocio de Cristo, que no se arrogó Él, sino que esperó a que el Padre se lo diera con el juramento que aquí vemos (Hebreos 5, 4-6; 7, 17 y 28; 8, 6). Y así «una vez perfeccionado (por su Pasión) vino a ser causa de sempiterna salud para todos los que le obedecen, siendo constituido por Dios sumo sacerdote a la manera de Melquisedec» (Hebreos 5, 9 s.; 6, 20), es decir, con un sacerdocio para siempre porque su vida es indestructible (Hebreos 7, 16), dado que Él, resucitado, ya no puede morir como morían los demás sacerdotes (Hebreos 7, 23). Él permanece para siempre (Hebreos 7, 24; Romanos 6, 9; I Timoteo 6, 16; Apocalipsis 1, 18) y vive para interceder por nosotros (Hebreos 7, 25; 9, 24), «sentado a la diestra del Padre» (versículos 1 y 5; Hebreos 8, 1) como Ministro del Santuario celestial (Hebreos 8, 2; 9, 11 y 24) y Mediador del Testamento nuevo (cf. Hebreos 8, 6-13; 9, 15; 10, 15-18), lo cual exigía la previa muerte del testador (Hebreos 9, 16 s.; cf. Hechos 3, 22 y nota); y como el sacerdocio requiere víctima que ofrecer (Hebreos 8, 3), Él ofrece su Sangre (Hebreos 9, 14), pues «como sumo sacerdote de los bienes venideros... por la virtud de su propia sangre entró una vez para siempre en el Santuario, después de haber obtenido redención eterna» (Hebreos 9, 11-12). Por lo cual «hemos sido santificados una vez para siempre por la oblación del Cuerpo de Jesucristo» (Hebreos 10, 10), quien, «ofreciendo por los pecados un solo sacrificio» (Hebreos 10, 12), a diferencia de los antiguos sacerdotes que sacrificaban víctimas cada día, «para siempre está sentado a la diestra de Dios aguardando lo que resta para que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies» (Hebreos 10, 12-13). Muestra en fin el Apóstol a los Hebreos, cuán grande es la significación de este versículo que él llama «juramento posterior a la Ley» (Hebreos 7, 28) y merced al cual tenemos «confiado acceso al Santuario celestial» (Hebreos 10, 19) para recurrir al «gran Sacerdote establecido sobre la casa de Dios» (Hebreos 10, 21), al cual, dice, «lleguémonos con corazón sincero, en plenitud de fe» (Hebreos 10, 22) y caridad de unos con otros (ibíd. 24) y «confesión de nuestra esperanza» en su gloriosa venida (ibíd. 23 y 25). A la manera de Melquisedec (así también Vaccari, Bover-Cantera, Calès, Wutz, Ubach, Sánchez Ruiz, etc.). Véase sobre esto Hebreos 7, 1 ss., donde San Pablo muestra la admirable figura de Cristo que fue Melquisedec, sacerdote y rey (Génesis 14, 18; cf. Zacarías 6, 12 s.; Ezequiel 44, 3; 45, 15 ss. y 22 ss.; 46, 2 ss.) de Salem o Jerusalén (Salmo 86, 3 y nota), de paz (cf. Salmo 45, 10; Isaías 11, 6-9) y de justicia (cf. Salmo 71, 2 y 7; Isaías 32, 1; Jeremías 23, 5 ss.; 33, 15 ss.). Su sacerdocio fue distinto del de Aarón, no obstante las promesas hechas a este y a sus descendientes (Éxodo 40, 12 s.; Números 25, 13; Eclesiástico 45, 19; cf. Salmos 105, 30; 117, 2), porque ellos murieron, en tanto que Melquisedec «vive» (Hebreos 7, 8) y «permanece sacerdote a perpetuidad» (ibíd. versículo 3). Sobre sacerdocio cf. Eclesiástico 24, 14; Hebreos 8, 4; I Pedro 2, 9; Apocalipsis 1, 6; 5, 10.